Julián De La Morena en Chiapas (México)

Amazonía 1. Un viajero moderno, entre los indígenas

«Estamos aquí para contemplar a estos pueblos», dijo el Papa al inaugurar el Sínodo. Misionero en América Latina, Julián de la Morena cuenta, en una serie de artículos, algunos encuentros con indígenas cristianos
Julián de la Morena

Los pueblos originarios que aún hoy habitan América Latina conservan su identidad en un continente mayoritariamente mestizo. Durante 18 años de viajes por Latinoamérica –que han ido desde las sierras de Chihuahua en el norte de México, hasta la Tierra de Fuego en el sur del continente– he podido conocer comunidades indígenas que cambiaron la idea que yo tenía de estos pueblos.

Bajo indumentarias de apariencia pobre o folclórica, se esconden personas sabias y con un sentido de la vida que es una gran riqueza para la humanidad. El sentido que los pueblos originarios conservan de la realidad es sagrado y asombra a quien se acerca a ellos; su mentalidad unifica todo lo que está vinculado con la vida. Esto sorprende mucho al viajero moderno cuya vida, por lo general, está dividida en esferas inconexas. Es notable la relación que estos hombres tienen con la naturaleza que es vivida como un don creado. El interés por el origen de todo y el respeto por las tradiciones de sus pueblos despiertan nostalgia de algo perdido en los occidentales que entran en contacto con ellos.
La relación que estas etnias han tenido con los europeos a lo largo de la historia ha pasado en muchos casos por la opresión y el abuso, ha generado contaminación y vicios en sus costumbres, y hasta ha llegado a ser una colonización ideológica que desnaturaliza. Pero aquellos pueblos que no han sido influidos por el pensamiento ilustrado reconocen en el encuentro con el cristianismo una riqueza maravillosa para su cultura.

El encuentro del Papa con los pueblos amazónicos en Puerto Maldonado

Generalmente se escucha que la Iglesia, al convertir a los pueblos de América, ha incurrido en una violencia por la que tiene que pedir perdón. Sin duda se han cometido abusos y por ello la Iglesia, en el jubileo del año 2000, pidió perdón. Pero la conciencia con la que viven la mayoría de los indígenas cristianos es otra, como pude comprobar por primera vez hace años, en una aldea guaraní cerca de Asunción, en Paraguay.

Iba acompañado por un amigo cuando me presentaron a un anciano guaraní, patriarca de una gran familia, que vivía en una choza de barro y cañas con el fuego siempre encendido para preparar la comida. Los jóvenes y adultos que entraban y salían de la cabaña pedían la bendición del patriarca y él, medio soñoliento, asentía con una bendición. Mi amigo me presentó como un sacerdote español; cuando el anciano escuchó esto, se levantó de inmediato y se dirigió a mí con gran respeto pensando que yo sería un jesuita, e inmediatamente me dijo que su pueblo había sido agraciado con la llegada de la compañía de Jesús que les había traído la fe cristiana y conseguido un momento de gran desarrollo pero que, desgraciadamente, hacía más de 200 años que las misiones habían sido destruidas.

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El sínodo convocado por el papa Francisco sobre la Amazonía pone en el centro de la Iglesia a estos pueblos originarios que despiertan una gran curiosidad en todo el mundo. Quiero contribuir a este momento que vive la Iglesia contando tres historias de encuentro que he tenido con personas de diversas etnias indígenas en América Latina.
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