Huellas

Huellas n.6 junio

Sin reservas
El Jubileo de 2025 estará dedicado a un problema de todos, y de todos los días, cada vez más: la esperanza. En la Bula de convocación, el papa Francisco plantea algunas preguntas: ¿dónde se apoya nuestra certeza?, ¿cuál es el fundamento de nuestra espera?, ¿qué es la felicidad?, ¿qué felicidad esperamos y deseamos? Y nos muestra la experiencia de san Pablo, que no era precisamente –dice– un ingenio o un iluso, sino alguien «muy realista». Es sorprendente la seguridad del apóstol: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?». Si puede decir algo así, continúa el Papa, es porque «la esperanza cristiana no engaña ni defrauda», puede decirlo en virtud de su experiencia real de ese amor, que llena de certeza su deseo.

En este sentido, Charles Péguy dice que la esperanza «no marcha sola», que para esperar «hace falta ser feliz de verdad. Hace falta haber obtenido, recibido una gran gracia». Es el autor ha dado título y ha acompañado el recorrido de los Ejercicios espirituales de la Fraternidad de CL y esta revista recoge algunos testimonios que ilustran las palabras de esos días, como la confianza que se reaviva en el corazón del hombre, contra todo pronóstico, por la novedad de vida que nace del encuentro con Cristo. Esa confianza que llevó al misionero Matteo Ricci, del que nos hablaban en los Ejercicios, a entregarse sin reservas, sin esperar ningún fruto. Sucedía hace cuatro siglos en China igual que sucede hoy, en Cuba, en Chile, o entre las paredes de una casa.
«La esperanza, dice Dios, sí que me asombra». Péguy se identifica con el asombro de Dios por el hombre que espera, por esa «pequeña esperanza que parece nada». Ese es el método de Dios, así es su comportamiento, «discreto», como lo definió Benedicto XVI: «Solo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. (…) No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de “ver”». Y de asombrarnos, y de esperar.