Guillermina

Amazonía 2. El barro y algo que Nietzsche no podría imaginar

Guillermina vive en Ocotlán de Morelos, México. Es una artesana con diez hijos. «El barro es tierra, agua, fuego y aire, pero sin mí es nada. Cuando tengo la masa del barro, rezo y no uso moldes». Así enseña su trabajo… y la responsabilidad
Julián de la Morena

Nietzsche, en el final de su vida y muy enfermo, soñaba con irse a vivir a Oaxaca para recuperar su salud porque le habían mostrado unas fotos de esta región de México y le había encantado.
Un día de lluvia tropical un grupo de mujeres con vestidos multicolores seguían caminando por la calle y no se protegían del agua porque –como dijo Guillermina– «hay que dejar que las cosas nos afecten: pisar la tierra, pasar hambre, mojarse con la lluvia, llorar con el dolor, hablar con los amigos…». Y luego: «mi madre me enseñó a no secarme el agua de las manos».

Estas fueron palabras que escuché por primera vez en boca de Guillermina, una alfarera zapoteca que vive en Ocotlán de Morelos en el estado de Oaxaca, México; es madre de 10 hijos que, como ella, trabajan en la agricultura y amasan el barro.
Para esta mujer, la realidad es sagrada casi de un modo natural. Y cuando habla de cualquier cosa, lo hace con propiedad y sabiduría, sin haber tenido formación universitaria. Una relación religiosa con todo define su conciencia.

Ruinas de la civilización zapoteca

Verla trabajar en su sencillo horno artesano invita a preguntar sobre su oficio. Un día, compartiendo un café, le pregunté qué era el barro. No lo dudó un instante y respondió: «El barro es tierra, agua, fuego y aire, pero sin mí es nada. Cuando tengo la masa del barro, rezo y no uso moldes. Cada figura es siempre nueva».
Que una mujer críe a 10 hijos y trabaje con alegría y creatividad no es común. Sin embargo, para ella no es un problema trabajar y ser madre y acostumbra a decir: «Yo he llevado a mis espaldas a mis hijos hasta los cinco años de edad, mientras amasaba el barro o cuidaba la tierra. A poco que no es bonito cuidar a los hijos». Distinto de lo que muchos piensan de su raza, ella está convencida de que «el trabajo es energía para la vida y también es una bendición para la persona».

Sin duda, el cielo intensamente azul de Oaxaca estimula a sus artistas y artesanos a realizar obras de gran belleza, pero hay más que eso: detrás de personas como Guillermina, existe la historia de un pueblo religioso que educa en la responsabilidad desde la infancia. Todo ello está lejos de la imagen de indolencia que se tiene de ciertas etnias indígenas.
Guillermina cuenta que aprendió qué es la responsabilidad a los 10 años, «cuando mi madre me mandaba llevar el café a mi padre que trabajaba en el campo desde las cinco de la mañana para mantenernos».
Lo que Nietzsche no podría imaginar es que en esta bella tierra encontraría interlocutores sabios como Guillermina con los que podría aprender mucho.
2. Continúa