Teodoro

Amazonía 4. El tesoro de un hombre sabio

En Venezuela, en las pendientes del Monte Roraima, Teodoro y su pueblo llevaban mucho tiempo sin ver un sacerdote. El relato de un encuentro casual y del inicio de una amistad
Julián de la Morena

Parai-Tepui es una aldea situada en el suroeste venezolano donde vive Teodoro, que trabaja como campesino y guía del monte Roraima, considerada la montaña más antigua de la tierra y que está protegida en el parque nacional de Canaima. Esa región, llamada también Gran Sabana, está habitada por la etnia pemona que habla la lengua de sus ancestros, el taurepan, junto con el castellano.

En un viaje reciente a Venezuela con un grupo de amigos, tuvimos la fortuna de encontrar a Teodoro y a su pueblo del que no sabíamos nada, mientras caminábamos por sus tierras y a los que pedimos que nos guiaran por esta región de Tepui, donde se levantan torres de piedra en medio de una gran planicie.

En la tarde del primer día de camino a pie, al llegar al lugar donde montamos el campamento y desde el que se veía un espectacular atardecer, me acerqué a nuestro guía y le dije que queríamos celebrar la misa y que los invitábamos a participar, aunque imaginé que no serían católicos y que declinarían por lo tanto la invitación.

Julián de la Morena y Teodoro

Cuando Teodoro escuchó la palabra “misa” vi que se conmovió, pero no dijo nada y se dirigió al resto de sus compañeros con los que conversó en su lengua nativa algo que no entendimos y que tuvo como resultado que participaran en la liturgia. Cuando terminó la Eucaristía, comenzaron a cantar en teurepan cánticos religiosos muy bien entonados y nos dijeron que también ellos eran católicos y que su pueblo había sido evangelizado por los benedictinos a principios del siglo XX, pero que hacía mucho tiempo que no los visitaba un sacerdote ni se encontraban con un grupo de católicos amigos, que eran –como ellos– una tribu.

A partir de aquel momento, se despertó una simpatía mutua que fue creciendo a medida que nos íbamos conociendo más, pues parecía que nada ya nos separaba.

Desde entonces, Teodoro comenzó a pedirme cada día algo que yo no podía imaginar. El primer día me pidió si podía confesar a todo el grupo de pemones que nos acompañaban; el segundo día me propuso que terminásemos nuestra caminata a pie de cuatro días en su aldea celebrando una Eucaristía para todo su pueblo, pues hacía mucho tiempo que no veían un sacerdote. Y, por último, si yo podía confesar a todo su pueblo ya que de un modo inimaginable para nosotros (pues no había cobertura telefónica) se habían enterado de nuestra presencia en toda la comarca y querían confesarse.

La última noche, para llegar con tiempo a la aldea y poder confesar al grupo numeroso que me esperaba, Teodoro y yo nos adelantamos al grupo que nos había acompañado durante cinco días. Y caminamos a la luz de la luna durante varias horas en medio de una gran soledad, donde pude dialogar con este hombre sabio que me contó cómo el cristianismo había supuesto una gran riqueza para su pueblo, que los diferenciaba de otras comunidades próximas, sometidas todavía a una mentalidad esclava de las fuerzas de la naturaleza. Cuando llegamos a Parai-Tepui estaba amaneciendo y, en torno a la capilla, hacía fila un grupo nutrido de gente que esperaba para confesarse mientras mi compañero rebosaba de satisfacción por su gente, el tesoro que más apreciaba.