Monseñor Giuliano Frigeni

Giuliano Frigeni. «Nuestro grito»

¿Por qué la vida en Amazonía está en el centro de la atención de la Iglesia? La entrevista de Huellas al obispo de Parintins que, antes de participar en el Sínodo dedicado a la gran selva
Alessandra Stoppa

Treinta y cuatro millones de personas, 390 pueblos, de los que más de ciento treinta aún no tienen contacto con la “civilización" o viven voluntariamente aislados. Un territorio de 7,8 millones de kilómetros cuadrados donde se hablan 240 lenguas. A lo largo de ríos y bosques tiene lugar la vida indígena, con toda la grandiosa pluralidad de sus culturas, pero también con la violencia brutal, a menudo inmune, de intereses multimillonarios. El papa Francisco, que ha convocado el Sínodo de los obispos del 6 al 27 de octubre, dice que comprendió la importancia de la Amazonía en la Conferencia de Aparecida, en 2007. Hasta entonces, para él era una realidad distante, un mundo fantástico. Para nosotros también puede ser así.

Huellas ha preguntado a monseñor Giuliano Frigeni, misionero del PIME en Brasil desde hace cuarenta años y obispo de Parintins desde hace veinte, cómo el grito de esa tierra y esos pueblos nos afecta a todos. Los documentos preparatorios del Sínodo hablan de hecho de una zona en que «las grandes cuestiones de la humanidad salen a la luz». La crisis socio-ambiental de la Amazonía interpela al mundo entero, a los modelos de desarrollo y producción, pero sobre todo interpela a la Iglesia, le pide una conversión; y es «la posibilidad de presentar a Cristo en toda su potencia liberadora» para el hombre. La gran perspectiva que abrió la Laudato si’ se verificará en el método del Sínodo. «Encontrar “nuevos caminos" para la Iglesia y para una ecología integral. Y encontrarlos con y para el pueblo de Dios que habita en esa región».

El cardenal Claudio Hummes, relator general del Sínodo, cita a menudo una canción brasileña: tudo está interligado, como se fosemos um, todo está interconectado, como si fuéramos una sola cosa. No solo porque la Amazonía es fuente (amenazada) de oxígeno y biodiversidad para todo el planeta, y ya eso requiere «cambios estructurales y personales: de los hombres, de los Estados, de la Iglesia», sino también porque «puede aportar nuevos puntos de luz a la Iglesia europea y mundial».



¿Por qué la Amazonía es importante para la Iglesia?
El primero en darse cuenta de su importancia fue Pablo VI, después del Concilio. En 1972, en un encuentro con todos los obispos de la región en Santarém -después de la Conferencia de Medellín del 68 y a la que seguiría la de Puebla en el 79-, comprendió que se trataba de un asunto muy serio, desde el punto de vista eclesial y mundial. Ante todo, la Amazonía es el primer capítulo del Génesis: el Señor hizo el cielo, la tierra, el agua, los animales... Es la belleza de la creación. Luego está el tercer capítulo: Dios creó al hombre.
Y el hombre, si es humilde y acepta la tarea que Dios le confía de cuidar de la creación, descubre que se le ha confiado porque está a su servicio. Aquí la llamamos “madre tierra", madre: la que te da la vida, la que te alimenta. Es una relación de amor.

¿Cómo es esa relación?
Acabo de decir a los seminaristas que han venido a pasar unos días en la misión: «Tenéis que aprender que aquí las cosas van despacio». No es así por pereza, ¡sino porque el río avanza lento! Si el agua del río corriera, nos arrastraría a todos al océano, no podríamos cruzarlo. En cambio va despacio, y es fecundo. A veces el río se desborda, sube y llega a las casas, pero lo hace tan despacio que se han inventado el maromba: elevan el pavimento un metro, o metro y medio, y viven a lo mejor dos meses agachando la cabeza para no golpearse en el techo, esperando a que el río baje. Plantas de trescientos años caen y, al caer, dan paso a otras decenas de plantas nuevas que crecen con el tiempo. Esta lentitud constituye el equilibrio del ecosistema. ¡Qué maravilla es la gran selva! Pero solo la descubres cuando vives dentro de ella. La acompaña el canto del uirapuru, cuyo gorjeo se ha llegado a comparar con la música de Bach. Cuando canta, los demás pájaros callan.

¿Por qué la Amazonía nos afecta a todos?
La Amazonía nos enseña que la economía no debe ser el comandante de la humanidad. Hoy la vida viene determinada por los que tienen dinero, poder, la voz más fuerte. Mirar esta realidad nos ofrece la posibilidad de ponernos a la escucha y ganar una vida más sencilla, lo que no significa ir en bicicleta sino ¡descubrir la defensa de la vida! La vida humana, la vida que hay aquí como en cualquier otra parte del planeta, que no puede quedar subyugada al lucro y al beneficio.

¿Qué es la Amazonia para usted?
Para mí es escuela, escuela, escuela. Me enseña la riqueza que el Señor ha puesto en esta tierra. Y que el hombre, con su inteligencia y libertad, por amor a sí mismo, a su mujer, a sus hijos, a los que vengan después de él, tiene que cuidar. Como dije en 2002, en un encuentro con el entonces cardenal Ratzinger, los indios, los caboclos, los riberirinhos son hombres como yo, se equivocan, se enfadan. ¿Qué puede ayudarles? Que entre el Evangelio, para acompañarles a la hora de vivir la responsabilidad que Dios les ha dado. Como dice Juan Pablo II en la Redemptor hominis, quien no encuentra a Cristo no sabe todo lo que hay “dentro" del hombre. Estos pueblos también necesitan conocer a Cristo para poder amarse, para poder protegerse y ser como Iglesia un espectáculo: igual que lo fueron los primeros cristianos. La Amazonía me devuelve este origen.

En el Sínodo será central la violencia con el medio ambiente y con las poblaciones nativas: deforestación, expulsión de pueblos, ocupaciones abusivas, extracciones depredadoras, residuos químicos, criminalidad, tráfico de seres humanos... Los informes de las Iglesias locales denuncian la «violación sistemática de los derechos humanos fundamentales».
Hoy más que nunca resulta evidente la presencia de proyectos que son fruto de la codicia y la especulación, de una visión puramente económica. Usurpan, invaden, destruyen, contaminan los ríos. Ayer vi más de treinta camiones cargados de troncos altísimos, quién sabe dónde los llevan y con qué permiso. Hay problemas muy graves, pero es importante no ser engullidos por los que solo quieren salvar la naturaleza y no tienen interés alguno por el hombre. La Iglesia no está llamada a “bautizarlo" todo. El grito de la Amazonía debe ser escuchado e insertado dentro de la visión humana e inteligente de la Laudato si’.

¿Se corre el riesgo de mitificar la naturaleza o al "buen salvaje”?
La Amazonía necesita el Evangelio. No podemos limitarnos a ser defensores de la naturaleza o de la cultura, sería un fracaso para el Sínodo. Se trata en cambio de un camino de encarnación. No es cierto que las culturas no necesitan nada, que son “puras". El primer milagro de Jesús fue devolver la alegría a una pareja de esposos. Porque ni siquiera el amor entre hombre y mujer se cumple sin Su presencia. El mal es la decisión del hombre de querer ser igual que Dios. Pero el hombre no es Dios, ni en la Amazonía, ni en El Cairo, ni en Tokio o Nueva York. Evangelizar es recordar esto y decir que a Dios no le da igual que el hombre sea herido o hiera a otros. El Sínodo debe suscitar la responsabilidad que tiene la Iglesia de evangelizar, no solo para salvar la selva y la cultura aborigen sino para que la luz de Cristo haga más grande, verdadera y hermosa la vocación de estos hombres y de esta tierra.

¿Qué aprende usted de "su” gente?
Cuando un misionero nuestro, que fundó una escuela para los indios, tuvo que regresar a Italia, me planteé qué hacer con la escuela. Así que convoqué a los padres y vinieron seiscientos indios. Compré cinco vacas para darles de comer y estuvimos hablando durante cuatro días. Llegado a cierto punto, tenía la sensación de que estaban repitiendo siempre lo mismo, pero un antiguo alumno me dijo: «en cada intervención hay un adjetivo, un verbo, un matiz distinto.». Entonces le pregunté: «¿Y cuándo vamos a terminar?». Me respondió: «Cuando todos queden convencidos por la discusión y por su capacidad para escucharse unos a otros». No es una votación, donde quien gana manda. Su método es la escucha.

La misma palabra clave del Sínodo.
Sí. Y yo la aprendo de ellos. Creo que Jesús durante treinta años escuchó. Escuchó a María, a José, a la gente, a los escribas y fariseos. Y añadió la novedad que era él mismo. Una mirada más profunda, capaz de vencer al mal. Porque incluso en las relaciones y en el intento de escucharse puede colarse el mal, mi idea que quiere prevalecer. Un seminarista de la etnia sateré-mawé escribió: «En el seminario, a diferencia de mi tribu, hay demasiado ruido. La gente no se escucha. Me falta el silencio. En el silencio entiendes mejor qué es lo importante».



¿Qué significa vivir la misión allí?
Lo primero es que un misionero nunca va solo a las comunidades. Siempre hay un pequeño “equipo" para que quede claro que nadie es dueño del Evangelio, sino que el
Evangelio es una experiencia de relación entre los que son enviados. «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Jesús venía de una experiencia de comunión con el Padre y el Espíritu Santo, y creció en la comunión entre María y José. La misión no sucede porque uno sea hábil. San Pablo era inteligentísimo, pero siempre iba acompañado. Yo fui enviado aquí sin saber siquiera qué era la Amazonía, pero llegué con un amigo, el querido padre Massimo Cenci. Él fue rector del seminario. Yo siempre le escuchaba y hoy sigo pensando en lo que me decía hace ya treinta años: aquí los chicos viven la relación con su familia exactamente igual que con la naturaleza, es decir, la madre es la referencia total. Es una cosa muy seria. De hecho, el padre Massimo, cuando veía que se pegaban a él como a la madre, les animaba a reflexionar, a juzgar en primera persona, acompañándoles para ser fieles a lo que de verdad necesitan. Es una lucha continua contra la imagen del cura como “jefe del pueblo", para que no nos obedezcan a nosotros sino a Aquel que se hizo hombre por nosotros.

El Papa -ante el peligro de un "colonialismo” espiritual, de "exportación” de modelos occidentales- recuerda que «una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo». ¿El Sínodo replanteará la cuestión de la inculturación?
El Evangelio no es una supercultura. Es la presencia de Dios que viene a salvar todo lo verdadero, bello y justo que hay en cualquier cultura. Y a corregir lo que no está bien. Creo que hay que apostar por la formación de hombres y mujeres que, por su encuentro con el Evangelio, toman conciencia de la vida humana, de la economía, de la ecología... Otra cosa son los líderes de los sindicatos, las asociaciones en defensa de la lengua, las plumas, la manera de pintarse.

En el Sínodo se hablará también del crecimiento de los grupos evangélicos, neopentecostales.
Es muy grande. Y muchos católicos, no lo suficientemente seguros de su propia fe, los han seguido. Pero yo siempre miro lo que nos dijo Benedicto XVI sobre este tema. Nos invitó a no discutir sobre ellos sino a hacer un trabajo más profundo, porque el problema es el debilitamiento de nuestra conciencia de ser católicos. El problema no es el proselitismo, sino el testimonio que da nuestra vida. Por eso nos dijo que no habláramos mal de ellos sino de nosotros mismos, que acabamos defendiendo la selva y olvidándonos del Evangelio, del camino verdaderamente humano de la Laudato si’.

Usted ha ordenado a veinte sacerdotes en veinte años. ¿Qué piensa de la necesidad de un clero autóctono, de una Iglesia de "rostro amazónico”? El cardenal Hummes ha dicho: «La Iglesia indígena no se hace por decreto. El Sínodo debe abrir el camino para que sea posible provocar un proceso que tenga la suficiente libertad y que reconozca la dignidad propia de todo cristiano y de todo hijo de Dios. Esa es la grandeza de este Sínodo. El Papa sabe que puede resultar histórico para toda la Iglesia».
Voy a contarle una cosa. Entre mis fieles hay un hombre casado, padre de siete hijos varones y una hija. Dos de sus hijos están en el seminario porque tienen delante unos padres que agarran la canoa durante ocho horas, van a un encuentro de catequesis y vuelven. Así durante décadas. Él y su mujer han aprendido de los misioneros a ser misioneros. Y yo llevo a los seminaristas a casa de este hombre y les digo: ¡miradlo! No es cura, es padre. Tenemos que mostrar a los jóvenes presencias así.

Para responder a la falta de sacerdotes y a la necesidad de los sacramentos, se habla de temas que generan debate: el papel de los laicos, las nuevas formas posibles de ministerio, la ordenación de hombres casados, cuando no incluso de las mujeres... Y se dice que hay que tener en cuenta que en la cultura indígena no existe el celibato...
¡Los indígenas saben perfectamente qué quiere decir no casarse por amor! El celibato ha entrado en la historia por imitación de Cristo. No nace por ley canónica. La Iglesia es la que optó por vivirlo para imitar a Cristo. Sabemos muy bien que, en otros ritos católicos, hay sacerdotes casados. Pero, dicho esto, el problema que se plantea no es encontrar “la solución". El primer problema es la conciencia, como con ese padre del que hablaba antes.

El Papa insiste en que no hay que tener miedo a la novedad e invita a los obispos a ser valientes.
Si la Iglesia decide que en la Amazonía será posible valorar la ordenación de un hombre casado, yo obedeceré. La misión puede llevar a la Iglesia a “salir de sí misma" para ir al encuentro de necesidades y exigencias particulares. Pero eso no tiene nada que ver con pensar: «¡Hombre, por fin los curas se pueden casar! ¡Por fin las mujeres pueden ser curas!». No. Aquí estamos hablando de otra cosa: hombres casados, padres de familia, que tienen una conciencia y una experiencia de Iglesia extraordinarias. Delante de los cuales puede nacer la propuesta de que se ordenen diáconos permanentes. Yo voy al Sínodo para obedecer lo que vamos a escuchar. La Amazonía habla con su silencio y con la voz de quien ama la tierra y a los hombres, no de quien ama sus ideas y sus planes. Ya sean estos destruir la foresta o la Iglesia.