El congreso “Hacer crecer lo humano: la necesidad educativa hoy” en la Universidad Cattolica de Milán

El riesgo de educar «de verdad»

Última etapa en un trabajo que empezó hace tres años para profundizar en un tema muy valioso para don Giussani, la educación. Cinco testimonios del mundo educativo en diálogo con el cardenal Angelo Scola
Paolo Perego

El Aula Magna de la Universidad Católica de Milán, casi abarrotada. Desde dentro y fuera de Italia, 40 puntos de conexión. El sábado 8 de febrero, el trabajo del congreso promovido por un grupo de asociaciones vinculadas con el mundo educativo empezaron a las diez en punto. Era la última etapa de un camino comenzado hace tres años, con motivo del 40º aniversario de la primera edición del libro Educar es un riesgo de don Giussani, con el título “Hacer crecer lo humano: la necesidad educativa hoy”.

El encargado de guiar el trabajo es Carlo Di Michele, director escolar y presidente de la asociación de profesores Diesse. En el aula, el rector de la Católica, Franco Anelli, «no solo hace de anfitrión», dice Di Michele, «muestra la gran atención que una institución universitaria tan importante sigue prestando al ámbito escolar».

«Nos encontramos en medio de una gran reflexión sobre el mundo educativo también en el ámbito católico», explica Anelli. «Los estudiantes han cambiado. ¿Cómo se pueden reajustar los procesos educativos?». Hay que innovar, pero no solo en términos de tecnología, añade, con mayor razón en un mundo globalizado donde prevalecen modelos educativos que llevan a una competitividad extrema.

El rector Franco Anelli y el cardenal Scola

Entonces, ¿qué quiere decir “hacer crecer lo humano”? Francesco Valenti, decano y responsable de la asociación “El riesgo educativo”, cita ciertos comentarios despiadados publicados en algunos periódicos junto a los datos del informe OCDE-Pisa sobre el sistema escolar en 2018. «Los estudiantes ya no saben leer», «buenos en matemáticas, pésimos en ciencias…». Una retahíla de titulares para mostrar la “falta” de «ese nexo inseparable entre educación y formación, para lo que tantas de las soluciones propuestas se han revelado inadecuadas y confusas», afirma Valenti. «Nos interesa hacer crecer lo humano ante todo en nosotros y ayudar a que esta experiencia también la puedan vivir los jóvenes». Hacen falta lugares, que ya existen en muchos casos, donde la libertad de educación –«y en este sentido los conciertos escolares no pueden reducirse a una cuestión puramente organizativa»– permita a un adulto apostar por ese nexo con sus alumnos.

Luego llegó el turno del cardenal Angelo Scola, protagonista del congreso con una “lección magistral” sobre el tema. «La responsabilidad educativa muestra hoy su carácter decisivo», empezó diciendo el cardenal, partiendo del concepto de laicidad en la educación, un término con diversos significados, a menudo contradictorios, usado muchas veces por su acepción de “acrítico”, sobre todo en la relación entre el individuo y el Estado. «En este contexto, la religión, y muchas otras visiones del mundo, sería un tercero incómodo, tolerada como un asunto privado del individuo, dentro de su ámbito de influencia». En el campo escolar, se habla de “neutralidad”, una solución que «renuncia a una propuesta clara y lo reduce todo a adiestramiento y aprendizaje de competencias», afirmó Scola.

La educación, reducida a transmisión de nociones, técnicas y competencias, es indicador de una laicidad reducida a indiferencia hacia el sentido del vivir. «En cambio, educar es hacer posible una experiencia común para todos, integral, inteligible y elemental». El corazón de la educación, añadió citando a Maritain, es la experiencia, no la educación misma ni la enseñanza. «Una paradoja de la que todo educador debe ser consciente. La experiencia garantiza todos los aspectos del desarrollo del individuo, y la formación garantiza las conexiones entre esas dimensiones de la persona y la realidad». Es decir, ayuda a estar en el mundo de manera adecuada.

Este juicio implica una serie de elementos: desde la necesidad de una relación positiva con la realidad –«lo real es un bien, responde a las preguntas del hombre e interpela a su libertad»– hasta la relación entre autoridad y tradición, sobre la que no puede «dejar de apoyarse una comunidad educadora». Pero, añadió Scola, hace falta una tradición que esté viva, es decir, «abierta a las preguntas del presente, lugar de práctica y experiencia, vivida en primera persona por el educador o la comunidad, y propuesta a la libertad del educando». Porque si la libertad no se pone en juego, insistió, no se puede llegar a la verdad. Es justamente en la relación, «en el diálogo entre dos libertades» donde tiene lugar este “riesgo”, como lo llama don Giussani. «Hace falta el compromiso de ambos. De otro modo, el diálogo sería un monólogo cuando no está la libertad del educando, el educando no hace experiencia si no hay libertad en la propuesta». Por eso, hay que replantear la relación entre laicidad y educación. «La escuela neutra no existe precisamente por esta naturaleza de la relación educativa», apuntó el arzobispo emérito de Milán.

Continuó explicando que en Italia existen dos modelos de escuela laica. «Uno es el que persigue un pluralismo en la escuela única, que es el dominante. El otro es un pluralismo de escuelas». En el primer caso, según Scola, la propuesta educativa se confía a una mezcla de ideas y valores en manos del azar, imaginando qué contrastes e ideas diversas pudieran formar milagrosamente principios unificadores «cuando lo más habitual es que lleven a conflictos reales». El otro modelo, practicado generalmente en las instituciones paritarias, «tiende a garantizar en una sociedad compleja y diferenciada la posibilidad de sumarse a una propuesta educativa que reconozca cierta coherencia con una idea precisa de la vida», conscientes y conformes al sistema escolar donde se insertan. Aparte del hecho de que para una paridad real también es necesaria una paridad económica y no solo legal, al cardenal se le queda estrecha la palabra “paritaria”. «“Escuela”, y basta. Nadie condena, subestima ni infravalora la escuela estatal. Pero esos dos modelos están llamados a confrontarse actualmente con un contexto cultural que el Papa define como “un cambio de época”, marcado también por eso que yo llamo mestizaje de civilizaciones y culturas. Todo eso marca inevitablemente el declive de la ilusión y de la uniformidad». Por tanto, la tarea del Estado en una sociedad laica ya no podrá limitarse a defender el derecho a gestionar un único modelo educativo, sino garantizar la educación apoyando las diversas iniciativas y condiciones objetivas para que puedan existir, respetando la Constitución, siendo así factor «unificador y garante de la diversidad en los límites de una cultura civil común».

Luigi Figini e Isabel Almeida Brito.

Una escuela así, que responda a esta “necesidad de hacer crecer lo humano”, es posible. Y funciona, afirmaba Di Michele al presentar los siguientes cinco testimonios, «independientemente del lugar y la cultura» en que se produzcan. Rápidamente volamos en video hacia un slum de Kampala, en Uganda, para escuchar el relato de Matteo Severgnini, director de la Luigi Giussani High School, una escuela querida y “construida” mediante la venta de collares de papel por parte de un grupo de mujeres enfermas de Sida que han renacido gracias a su encuentro con Rose Busingye. «Deseábamos un lugar donde sus hijos pudieran experimentar el descubrimiento del valor de sí mismos igual que les ha pasado a ellas». Y ese es uno de los pilares de esta escuela, junto al descubrimiento del “otro”, el hecho de que la realidad es maestra y que estamos hechos para la felicidad. Del relato de la chica que dice que ella nació el día en que, por una sonrisa recibida, se sintió acogida en clase a otra que descubre en Leopardi a un amigo, leyendo el canto del pastor errante de Asia, «porque tiene las mismas preguntas que yo». Severgnini contó que todo esto es posible porque «igual que esa chica con Leopardi, el corazón y las estrellas son las mismas para todos».

Hace falta una compañía, reiteró Ramzia Saleeva a miles de kilómetros de distancia, profesora de italiano en la Universidad de Astaná, en Kazajistán. «Las preguntas de mis alumnos son las mismas que me hago yo. En eso nos hacemos compañeros, amigos». Es un crecimiento mutuo que hace cambiar incluso a los padres cuando se dan cuenta. «No hay estrategias, lo único que intento es vivir junto a ellos la fatiga del estudio, el cansancio, la alegría. Y lo hago buscando un punto “humano” en mi vida al que mirar y seguir en mi descubrimiento de un significado de las cosas. Solo esto tiene que ver con la educación. Con mis hijas en casa sucede lo mismo: ante todo, ellas miran cómo vivo».

Saltamos a Florencia, al Mandela Forum, palacete de la capital toscana que desde hace unos años alberga los llamados Coloquios Florentinos. «En la última edición había cuatro mil personas, entre estudiantes y profesores, de dentro y fuera de Italia», cuenta su director, el profesor Pietro Baroni. Tres días de lecturas, trabajo común y diálogos con “expertos” para profundizar en un autor, como epílogo a meses de trabajo en clase con los inscritos. «El año pasado el protagonista fue Leopardi». La fórmula es sencilla. Aquí no se apuesta por un esquema tipo “Leopardi, poeta del pesimismo”, sino por sus palabras: misterio, belleza, amor… Y así los chavales las reconocen como suyas».

Paramos en Lisboa, capital de Portugal, con Isabel Almeida Brito y la historia de cómo nació el Colégio de Sao Tomás que dirige, una de las mejores escuelas del país según los ranking, que hoy roza los 2.200 inscritos en sus tres sedes. «Todo nació de la lectura de Educar es un riesgo, de don Giussani, cuando yo me dedicaba a la abogacía». Le impactó tanto que, años después, volvió a Portugal con su marido y sus hijos después de un paréntesis americano y aquella idea volvió a salir a flote. «Mi vida, como mujer y madre, podía ser una hermosa aventura privada, pero me sentía desafiada, por mí misma y por la fe, a vivir plenamente haciendo algo para todos. La idea volvió a surgir y, con la ayuda de muchos amigos, arrancó».

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La mañana concluyó con el relato de Giovanni Figini, director del liceo artesanal de la asociación Cometa de Como, «una escuela que no nace de una idea, sino de la acogida». Mejor dicho, «de ese primer hijo acogido por mis padres, mi hermano», apunta Figini. Desde entonces han pasado y siguen pasando muchos chavales por Cometa. «Darse cuenta de que aquel primer “extraño” era amado… ¿Cómo no iba a serlo la multitud de chavales que venían por la tarde a estudiar con nosotros?». Una historia donde él ha crecido, afirma Figini, «pero que también he tenido que volver a hacer mía por entero». Así, con el tiempo, entre otras diversas realidades, nació también este liceo, «ante todo un lugar para muchos chavales que nadie quiere y que se perderían». Recordó especialmente a uno, “incontenible”, que en sus primeras prácticas en un bar se ganó la felicitación de la dueña. «Decía que el trabajo se hacía “de verdad” y ahora es médico». Hace falta partir de ahí, de ese deseo de ser “de verdad”. Habría que incluirlo en los programas para llevarlo a las aulas, a los cursos de carpintería, bar y catering, sastrería. «Hoy la escuela lleva a las aulas pedidos auténticos, trabajos “de verdad”, y ves una especie de resurrección en su humanidad, los chicos se hacen protagonistas».

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