Refugiados venezolanos encima de un Panamericano en Santander de Quilichao, Colombia (© Luis Robayo/Getty Images)

Vivir en Venezuela

La situación del país es muy penosa. Hay quien, como Gabriela, lo dejó todo para salvar a su hijo. Pero también aquí es posible construir. Hoy «la política debe contar con la amistad, porque de lo contrario no interesa a nadie» De Huellas de mayo
Alessandra Stoppa

Crisber es una joven que recientemente ha conocido a la comunidad de Caracas. Lleva 48 horas encerrada en su casa a causa del apagón que ha dejado a oscuras su ciudad y gran parte del país sin gas, transportes ni agua durante días enteros, luego a intervalos intermitentes. En un momento dado, les pregunta a sus padres qué están esperando. «A que vuelva la luz», contesta su madre. «En ese instante caí en la cuenta de que yo estaba esperando algo más».

Es un flash, pero ilumina una humanidad despierta, que el poder no ha logrado atrofiar. Ni el poder político que lleva años reduciendo al pueblo a sufrir hambre, ni el de los prolongados apagones que han golpeado a Venezuela desde comienzos de marzo, seguidos por el racionamiento de la electricidad y del agua con consecuencias tremendas para la economía, pero sobre todo para la vida de la gente. La imposibilidad de comunicarse y desplazarse, de conservar la comida, ya muy escasa, las colas de gente sedienta al lado de las auto-cisternas o cerca del alcantarillado para recoger las gotas de agua que se escapan de las tuberías. La mayoría de los hospitales están paralizados y hay decenas de fallecidos, en un clima que empeora y cada vez más corre el riesgo de precipitarse.

Tras largos días de oscuridad, sin saber nada unos de otros, «los amigos del movimiento, entre mil peripecias, volvimos a vernos, compartiendo la comida que teníamos. Ha sido una de las comidas más bonitas que hemos tenido», cuenta el padre Leonardo, responsable de la comunidad. «Me impresionó mirar a las personas, ver el entusiasmo que tenían por la gracia de volver a vernos. Y, sobre todo, que no hubiera ninguna queja ante una realidad tan dura e injusta. La gente que acudía a la parroquia esos días estaba desesperada. ¿Por qué estos amigos no?».



Para los venezolanos participar en la Asamblea de responsables en Brasil a finales de marzo no es nada obvio, dadas las dificultades del viaje y las condiciones en las que viven sus familias. Pero relatando esas condiciones, Alejandro, de Caracas, aclara los pensamientos de todos: «Para nosotros, ahora es más fácil comprobar si la fe responde realmente a la necesidad que tenemos. No podemos contentarnos con el bienestar».

Ernesto, universitario, ha llegado sin maleta, al cabo de una verdadera odisea. «Lo volvería a hacer mil veces, porque he encontrado un tesoro: este camino humano en el que también el dolor se convierte en amigo». Luego añade: «La camiseta que llevo no es mía». No lo explica, pero revela todo el peso de la comunión que experimenta concretamente. En febrero, Carrón envió un mensaje para mostrarles la cercanía de todo el movimiento: «Dad a Cristo la oportunidad de sorprenderos dejándolo entrar en vuestras vidas tan desafiadas en este momento. Estoy seguro de que Él no dejará de maravillaros una vez más».

«Dejé la universidad y todo lo demás. No sabía dónde acabaríamos. Solo sabía que allí donde fuéramos lo que necesitaba era la experiencia del movimiento»

Ellos se han dejado maravillar por la potencia de la compañía de Cristo. Se ve en sus rostros, en sus relatos, incluso en los más duros. Gabriela es una estudiante universitaria de Mérida, viene de una familia acomodada. Pero esto no bastó cuando, hace dos años, su hijo Agustín nació con serios problema de salud. Con su marido, en Venezuela no podían asegurarle los cuidados necesarios. Tuvieron que emigrar. «Dejé la universidad y todo lo demás. No sabía dónde acabaríamos. Solo sabía que allí donde fuéramos lo que necesitaba era la experiencia del movimiento». El 27 de enero de 2018 se encuentran refugiados en Colombia. «No teníamos nada. Solo una maleta. Fue duro, muy duro. Pero estaría dispuesta a perder otra vez todo». Habla de la mesa, en la que ahora cenan cada noche, como del «signo de la presencia de Jesús». Se la regaló su amigo Julián de la Morena. «Antes para mí no tenía importancia sentarme todas las noches para cenar. Hoy sí». Cuando les llegó esa mesa, le dijo a su marido: «Recibimos esta mesa a través de Julián, pero es de Cristo. Cada vez que la miremos haremos memoria de Él. De lo contrario, el camino recorrido hasta aquí sería inútil». El camino recorrido antes de tener un techo, algunas noches sin tener comida, interrogándose cada día: «Señor, ¿qué quieres de mí?».

«No quería perderme a mí misma en todo lo que estaba pasando», prosigue Gabriela. Lo más difícil fue buscar trabajo. «Te piden referencias y no hay nadie que pueda darlas, porque no te conocen». Empezó de cero y aceptó un trabajo como camarera. «Trabajaba doce horas al día. Estaba agotada y me arrastraba como un autómata. Hasta que llamé a una amiga: "Ayúdame a ver lo que no veo". Ella solo me dijo que ofreciera el trabajo por la santidad de mi hijo. Fue tan decisivo que al día siguiente en el restaurante, con el mismo agotamiento, todo era distinto». Vuelven a emprender la búsqueda de una casa, pero descubren que Agustín tiene un grave retraso en su desarrollo. «Quisimos ir hasta el fondo, es decir, amarlo de veras tal como es». Apostaron a tope por Agustín. «Decía solo siete palabras. En unos meses decía ciento cincuenta». Luego el espectáculo de los amigos, vecinos y lejanos, que se movilizaron para que tuvieran acceso a los cuidados, la comida, la lavadora. «Ya no tengo miedo de estar muy necesitada, porque esto me permite conocer el rostro de Cristo en tantos rostros concretos. Solo Él me ayuda a afrontar la vida con todas sus dificultades».



Gabriela es una de los más de tres millones y medio de venezolanos que han salido del país en estos últimos dos años. Así lo comenta Julián de la Morena: «Nos dimos cuenta enseguida de lo que estaba pasando. En los Ejercicios espirituales de los universitarios, en 2017, dos de nuestros chicos se despidieron sin saber si volveríamos a vernos. Salían hacia la frontera con sus familias, dejaban el país. Registramos las primeras señales del fenómeno que hoy ha adquirido dimensiones devastadoras, afectando al continente entero».

La vida del movimiento en Venezuela habla de esta convicción, que la política hoy debe contar con la amistad

Ellos han tomado la iniciativa para responder a este desafío descomunal, haciéndose cargo de necesidades y personas concretas. Sin perderse en abstracciones ideológicas, sino implicándose con la gente, buscando trabajo, creando oportunidades, compartiendo el día a día con sus necesidades. No se han quedado simplemente con la ayuda económica del movimiento: «Había un riesgo, el de considerarla como un derecho adquirido. Nos interrogamos al respecto: ¿en qué nos estamos educando? ¿En qué se distingue del asistencialismo que ha arruinado el país?». Han arrancado de lo que cada uno sabía hacer en la vida, han puesto en marcha nuevos proyectos, han sumado fuerzas, establecido colaboraciones con otros y, al cabo de dos años, han redactado un manifiesto: Amistad con el pueblo venezolano. Una palabra sorprendente, amistad, en la dura situación que atraviesan, pero ellos creen en lo que están viendo suceder. «Puede cambiar el gobierno pero nuestra esperanza no depende de un poder u otro», dice Alejandro. Dirigiéndose a un grupo de la Comisión Pontificia para América Latina, ha dicho recientemente el Papa: «La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia y así se evita que las así llamadas "clases dirigentes" crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo». La vida del movimiento en Venezuela habla de esta convicción, que la política hoy debe contar con la amistad entre la gente, porque «o nace de ahí o dejará de interesar a cualquier hombre de verdad», apostilla Julián de la Morena. En medio del derrumbe general a su alrededor, son conscientes de que la única fuerza verdadera es la persona cuya conciencia se despierta, de modo que asume su responsabilidad.

Alejandro es ingeniero, casado y padre de cuatro hijos. Hace diez años dejó una carrera como directivo para iniciar una obra social, Trabajo y Persona, que forma laboralmente a aquellos que tienen menos oportunidades. Es una pequeña realidad que va creciendo y en la crisis que sufre Venezuela se potencia. Hoy colaboran con gigantes como Ford o L'Oreal, formando a hombres, mujeres y jóvenes en seis Estados del país, con cursos de formación y programas para emprendedores, que van desde la producción de chocolate a la peluquería y la estética, del taller de muebles al taller mecánico. Una de las emergencias de estos años de migración, por ejemplo, es la de los ancianos que se han quedado solos. "Trabajo y Persona" ha creado un curso que culmina con la entrega del único diploma para educadores en ese ámbito.

El primer día de apagón, parado en la calle tratando de conectarse a la red con el móvil, entre escuelas, oficinas, universidades, todas cerradas, Alejandro ve a uno de sus chicos que corre con la mochila colgada en la espada: «Carlos, ¿dónde vas?». «¡Al trabajo!». Está yendo a un evento de la asociación que está previsto en la embajada francesa. A pesar de los problemas de seguridad y de transporte, también Janette se presenta, llegando a pie con los dulces que se había encargado de traer. Ella se extraña de que Alejandro se sorprenda: «Nos lo habéis enseñado vosotros, que cada cual tiene una responsabilidad». Así glosa Alejandro: «Un yo que se convierte en protagonista del metro cuadrado que le toca, tiene el principio de la fuerza que puede cambiar no solo Venezuela, sino el mundo».

«Lo que necesito no es el abismo en el que todo acaba. Es un punto de partida. Ahora estoy trabajando en algo que nunca hubiera imaginado»

En marzo, Huellas contó la historia de José Francisco, 29 años, de Mérida, cuya pasión por la música estaba destinada a perderse y, en cambio, desembocó en una colaboración con Aquiles Báez, uno de los mejores guitarristas del país. Y lo mejor es lo que está pasando en el ámbito de ese trabajo. Al comienzo surge una diferencia de posición con el guitarrista, dificultades con otros profesionales implicados. Pero a él le llama mucho la atención la amistad que hay entre ellos. Entonces se abre, presta atención, cambia su actitud, se apasiona, hasta asumir también tareas que a él no le tocaban: escribe una pieza musical pensada adrede por la calidad de los demás músicos. José Francisco identifica lo que está aprendiendo: «Lo que necesito no es el abismo en el que todo acaba. Es un punto de partida. Ahora estoy trabajando en algo que nunca hubiera imaginado».

En el manifiesto se lee: «Una transición pacífica necesita semillas de reconciliación que unan a todos los venezolanos como pueblo (...). Partir siempre del encuentro con la persona, con su historia particular, deseos y sufrimientos, gozos y esperanzas, permite comprender qué es lo que cambia a la persona y a toda una sociedad». Es una propuesta que se dirige a cualquier persona, en todo el mundo, la propuesta de una «amistad operativa», de gestos sencillos y concretos, como invitar a comer a una familia de emigrantes venezolanos o sostener de mil maneras a los que se quedan en el país. Quien quiera colaborar puede escribir un correo a (amistadconvenezuela@ gmail.com). En Europa hay quien, estando en paro o en apuros diversos, les escribe para darles las gracias por su testimonio: «Pensar en vosotros me ayuda a tomar conciencia de lo que realmente me interesa en la vida». «Nuestras necesidades seguirán acuciando durante tiempo», sonríe Alejandro. «Por lo tanto, distribuid bien vuestra caridad y vuestras ganas de ayudar. Y tened paciencia. Si no respondemos enseguida, puede ser que no haya luz o conexión a internet...».