El pequeño Jawlamoo.

«Tan sencillo como seguir a Jesús»

Queridos amigos:
Os deseo un buen comienzo del Jubileo de la Misericordia y una buena preparación para la Santa Natividad de Jesús. Cuántos dones nos da el Señor, cuánto consuelo nos llega de él en un momento en que todavía demasiadas personas en el mundo sufren a causa de la violencia, la persecución, la injusticia, la explotación, y otras muchas son víctimas de la fuerza del mal, que les empuja a cometer estos actos mortales.

Cuando Jesús nació, la situación no era tan diferente. Cada época, cada generación tiene que luchar contra el mal y debe encontrar el camino que Dios traza en la vida de cada uno como un sendero humilde recién forjado, como el camino que recorrió el buen samaritano. Un sendero que corre el riesgo de desaparecer frente a las autopistas por las que todos corren a toda velocidad, sin darse cuenta de los mendigos heridos al borde de la carretera.

Este año nuestro Niño Jesús en la Casa de los Ángeles se llama Jawlamoo. Es el último en llegar, acaba de cumplir dos años y tiene un diagnóstico duro y grave: parálisis cerebral con problemas respiratorios y de deglución. Mientras escribo estas líneas está en el hospital con crisis asmáticas y pulmonares, y estamos valorando la posibilidad de volver a operarle para ponerle una sonda, tanto para nutrirlo como para evitar sus habituales infecciones causadas por la aspiración de alimento.

La mamá de Jawlamoo era una niña birmana de 15 años, sin documentación legal para permanecer en Tailandia. Vivía entre los refugiados, en la frontera noroeste con Birmania. Abandonó al pequeño después del parto, se lo dejó a una familia de refugiados, ellos también birmanos sin papeles. Cuando se dieron cuenta de que el niño estaba enfermo, pues no crecía normalmente, lo abandonaron a su vez a una familia de voluntarios suecos que ayudan a niños birmanos en la frontera para que reciban una mínima educación escolar. Estos voluntarios acogieron al niño, pero pronto se dieron cuenta de que no sabían qué hacer con él: llora toda la noche, es muy irritable, no come. Entonces hablaron con una monja que nos conoce y ella, por teléfono, me pidió "un consejo" sobre qué hacer.

No hay entidades que yo conozca en Tailandia que se hagan cargo de niños así, excepto orfanatos donde reciben la mínima asistencia con muy poco personal. Así que le propuse que viniera a vernos con el pequeño para ver juntas qué podíamos hacer. Una decisión así no se puede tomar por teléfono. Llegaron la semana siguiente, después de viajar durante toda la noche. Venían la monja, la "mamá" sueca con su hija, y el pequeño Jawlamoo. Escuché su historia y se la traduje a nuestras madres para pedirles también a ellas su parecer, pues a ellas les tocaría la mayor parte de su cuidado. Mientras tanto, pensaba para mí: «¿Qué consejo se puede dar aquí? No es cuestión de consejos, sino de abrir la puerta, de acoger a este Jesús al que ya le han cerrado la puerta tres veces. Tampoco quiero forzar la decisión de nuestras madres. Señor, haz tú en nuestros corazones lo que sea necesario».

Después de un momento de silencio y algunos susurros entre ellas, las madres dijeron: «Sister, ¿no pensará mandarlo de vuelta? ¡Nos lo quedamos nosotras! ¡Ya nos apañaremos!». Me quedé conmovida. Si hubiera llevado este "regalito" a una de las familias acomodadas que vienen a la parroquia, quién sabe cuántas razones me habrían dado para no quedárselo. Pero estas madres, que conocen la pobreza, la fatiga, la humillación de tener un niño con discapacidad, las noches de insomnio para atender a sus pequeños, abrieron la puerta de su corazón sin pensarlo demasiado; vieron y oyeron la historia de abandono de este pequeñín y eso fue suficiente para dejar que la compasión superara todos sus cálculos. Dios mismo abría la Puerta Santa de su corazón, que se abrió de par en par. Jesús ha podido entrar y ha venido a vivir entre nosotros. «Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre a mí me acoge». ¡Qué sencillo es el Evangelio! Exige sacrificio y dedicación, pero es sencillo y claro, no hace falta haber estudiado mucho, no pone obstáculos a nuestra comprensión, nos hace acogedores, y nos da el fruto más hermoso de nuestro sí: Jesús con nosotros, el Emmanuel.

Mientras Jawlamoo está en el hospital, las madres hacen turnos para atenderle, como si fuera hijo suyo. Algunas personas que hemos conocido valoran mucho esta caridad para con un niño abandonado e incluso nos hacen alguna ofrenda; otros quedan indiferentes. Incluso nos hemos encontrado con una enfermera que, con arrogancia, nos regañó por preguntar la posibilidad de que los gastos del ingreso corrieran a cargo de la asistencia social, y la tomó con Taem, una de nuestras madres que estaba de turno en ese momento: «Vosotras tenéis dinero, ¿por qué pedís asistencia pública?».

Jawlamoo, al ser extranjero, no tiene derechos ante el estado tailandés. La Casa de los Ángeles lo pagaría todo si las instituciones se negaran a hacerlo, pero otras veces nos han ayudado con los gastos hospitalarios. Gracias a Dios y a las leyes, es uno de los procedimientos posibles, y una forma de hacer a las instituciones públicas conscientes y partícipes de estos dramas silenciosos de "refugiados" indeseables y pequeños abandonados. Mientras tanto, nosotros seguimos haciendo nuestra tarea evangélica: cubrir la falta de asistencia a las familias con hijos con discapacidad (thai) y a estas personas que han quedado reducidas a seres "casi" sencillamente inexistentes o ignorados. Ante la dureza de aquella enfermera (otras muchas, por el contrario, son muy gentiles y disponibles), mamá Taem, que estaba cuidando a nuestro Niño Jesús, tuvo el coraje de afirmar que ella no era en absoluto rica, que era madre de una niña con discapacidad y que se había ofrecido voluntaria para cuidar del pequeño Jawlamoo. De este modo, hizo entender a la enfermera que el problema no era el dinero sino responder con amor a un niño necesitado e indefenso. Taem, mientras nos contaba lo sucedido, estaba disgustada y se preguntaba por qué la enfermera no le había dicho estas cosas directamente a la sister y no a ella, que no tenía tanta capacidad para responder a tales insinuaciones. Pero, por lo que parece, el Señor da don de lenguas también a quien se siente incapaz y Él mismo prepara la defensa de sus amigos.

Un día de este mes recibimos la visita de veinte monjes budistas que escucharon el testimonio de estas madres. Estaban visiblemente conmovidos tras ver realizada esa misericordia de la que ellos hablan pero que nunca habían experimentado de un modo tan concreto, como dijo uno de ellos. También vino a vernos un grupo de altos funcionarios estatales de la asistencia social a personas con discapacidad. Les había invitado a hacerlo una de sus jefas, que nos conoce, para pedir a nuestras madres que les expresaran sus necesidades y preocupaciones, de cara a una futura reforma de la asistencia a la discapacidad. También en este caso las madres vencieron su timidez y abrieron su corazón, proponiendo cosas que serían un bien para todos. En especial, subrayaron que lo que esperan no es tanto ayuda financiera sino ser comprendidas y apoyadas en la búsqueda de ayuda mutua para crear una familia para estos niños.

Luego han ido llegando también muchos voluntarios que estarán con nosotros este tiempo de Navidad. Todos ellos son como los pastores y los reyes magos, que visitan la gruta. Todos llevan un don, el don de sí. Todos son un signo del amor de Dios por nuestros angelitos y sus mamás, signo de Su con-vivencia con los hombres, de Su com-pasión, de Su Misericordia, que todo lo hace renacer, que todo lo perdona, y que quiere unir a Sí en el tierno abrazo del Padre celestial, como le gusta decir al Papa Francisco.

El Misterio de Dios, Amor todavía desconocido para muchos, «el Dios cuya alegría es el perdón», se revela en gestos cotidianos sencillísimos. Es como el nacimiento de un nuevo brote cuya raíz se abre camino entre las grietas de la roca del egoísmo y, creciendo poco a poco, por fin la rompe, abriendo paso a la Misericordia, abriendo la Puerta Santa del corazón del hombre. María tuvo el coraje de arriesgarlo todo en la llamada de Dios y así nos regaló a Jesús.

Gracias a este Dios que siempre nos sorprende y renueva las ocasiones de encuentro con Él.
Gracias a Jesús, que en su humildad se identifica con los pobres y los últimos de la tierra para que nadie se sienta abandonado.
Gracias de nuevo a cada uno de vosotros -que nos ayudáis de tantas formas- por este testimonio de bien que vence la oscuridad de las tinieblas del mal, que devuelve la esperanza, que hace la Navidad de Cristo más experimentable.
Que sea realmente la Santa Navidad de la Misericordia de Dios hecha carne: ¡Jesús con nosotros! De parte de todos nosotros, nuestro deseo de una Feliz Santa Navidad en Jesús Nuestro Señor.
Sor Maria Angela Bertelli, Bangkok