La entrada a la iglesia de San Francisco en Alepo <br>poco antes de la apertura de la Puerta Santa.

En Alepo la esperanza se abre de par en par

Andrea Avveduto

La iglesia todavía tenía los daños causados por los bombardeos del pasado 25 de octubre. La luz de un pálido sol invernal se filtraba por las grietas que un misil dejó en el ábside, testigo de una guerra de la que nadie se salva, ni siquiera los lugares de culto.

Durante la vigilia se sentía cierta aprensión, se respiraba el miedo a un nuevo ataque que pudiera arruinar la celebración. Sin embargo, el 12 de diciembre en la parroquia de San Francisco, en Alepo, «había una paz celestial, un silencio nunca visto». Nadie se dejó vencer por la angustia. Por teléfono, el padre Ibrahim Alsabagh, párroco de Alepo, suena claramente conmovido. Monseñor George Abou Khazen, el obispo latino, acababa de abrir allí la Puerta Santa. Justo en esa iglesia, símbolo de una ciudad lacerada, atacada durante una misa dominical y todavía en ruinas. De nuevo todos sus fieles estaban allí, dispuestos a celebrar la gran misa de apertura jubilar.

«Aunque Alepo vive días difíciles debido al continuo lanzamiento de misiles, la misa de hoy ha consolado los corazones», dice el padre Ibrahim, que estuvo observándolo todo atentamente, a los obispos y a los fieles: «Sus ojos brillaban de conmoción». El Jubileo de la Misericordia convocado por el Papa Francisco ha llegado así por fin a Siria. Para inaugurar el Año Santo, todos los obispos de rito oriental y cientos de fieles «apretados, en una iglesia abarrotada de manera inverosímil». Y entre ellos, también varios musulmanes. Atentos, en silencio, absortos en la oración. No es motivo de sorpresa este pequeño gesto de unidad públicamente expresada, a pesar de los que solo quieren ver división, pues como dice el padre Ibrahim, «todos tienen necesidad de la misericordia».

Alepo era la ciudad donde, antes de la guerra, vivía el mayor número de cristianos, y no es ningún misterio que esta pequeña, exigua minoría sienta como "propio" este Año Santo extraordinario. Así lo confirmó también monseñor Antoine Audo, presidente de Cáritas Siria, en Radio Vaticana: «Creemos que este Año Santo se ha hecho especialmente para nosotros, y que el Papa, cuando lo decidió, pensaba en nosotros, en Oriente Medio, en Siria, en Iraq y Tierra Santa».

Hasta el logo del Jubileo, que se colgó en lo alto de la iglesia justo después de la celebración presidida por Abou Khazen, recuerda mucho al sufrimiento de los cristianos perseguidos. «Solo falta una cosa», continúa Audo: «Una actitud de fe y confianza en el futuro, cuando sea posible reanudar la vida y seguir viviendo en paz. Es nuestro único deseo, que nace de la fe, de la paciencia y del corazón de Dios. Tenemos muchas dudas, pero al mismo tiempo también el deseo de ponerlo todo en manos de Dios, el único capaz de hacer un milagro y transformar el corazón de los hombres».

Por eso el logo oficial del Jubileo «es un signo muy especial», dice el padre Ibrahim: «Simboliza a Cristo que toma sobre sus espaldas al hombre herido, cansado, inerme». ¿Cómo no pensar en ellos, en los cristianos de Siria y Tierra Santa? Heridos, cansados, inermes ante toda esa violencia. Pero desde hoy una nueva imagen iluminará los corazones de cuantos pasen, aunque sea por equivocación, delante de la Puerta Santa de Alepo: la imagen del buen Jesús, que no deja solo al hombre. «Nuestra fiesta es grande y también lo es nuestra alegría, porque el nuestro es un Padre misericordioso que hace llegar su perdón a todos», concluye el párroco de Alepo. «Por eso alabamos al Señor, porque es realmente bueno. Eterna es su misericordia». Que alguien pueda repetir esto, hoy y en voz alta, en la Siria destruida por la guerra, es tal vez el primer milagro del Jubileo del Papa Francisco.