El Papa saludo a los fieles en la Plaza de San Pedro.

La mayor revolución de la historia

Zenit
Marco Montrasi

«Confirmata est super nos misericordia eius»: el designio del padre es la misericordia, la palabra imposible. Debería ser la primera en eliminar del vocabulario, pues la alegría -otra palabra imposible- depende de ella: no depende del estado de ánimo, sino de la misericordia. Como decía don Giussani, la misericordia es una palabra que no se entiende, no se puede clasificar, no es de izquierdas ni de derechas, parece huir de nuestra idea de justicia. La misericordia es una mirada que lo trastorna todo, es lo más escandaloso que hay. Nos deja atónitos cuando somos objeto de ella y nos hace rebelarnos cuando la vemos actuar en otros.

No la comprendemos. De hecho, cuando vemos a un hombre que transparenta la misericordia, perturba, no entendemos nada. Cuando uno consigue interceptar una chispa de esa mirada, no puede evitar sorprender en sí la presencia de un perfume pacificador, aun dentro del desorden en que viva.

Una vida nueva, algo nuevo, un ser nuevo cuando entra en otra vida genera como una ruptura, una distancia, algo se dilata. Igual que cuando una vida nueva es concebida en el vientre de una mujer. Del mismo modo, cuando entra la semilla de la misericordia, uno ya no es igual que antes, se convierte en otra cosa. Cambia su naturaleza, el yo muta. Sucede una mutación.

Como dijo el Papa Francisco en su audiencia con la diócesis de Roma, «las revoluciones de la historia han cambiado la vida política, económica, pero ninguna de ellas ha cambiado realmente el corazón del hombre. La verdadera revolución, la que transforma la vida, la cumplió Jesucristo por medio de su Resurrección: la Cruz y la Resurrección. Y Benedicto XVI, de esta revolución, decía que "es la mutación más grande en la historia humana"».

Un acontecimiento de este tipo puede resultar incómodo, absurdo, intolerable. Es cambiar de piel. Hemos de admitir que no estamos dispuestos a este cambio radical. Hacemos todo lo posible para resistir, y de ahí nacen nuestras conspiraciones para restablecer el orden. Vivimos como en una extraña contradicción: estamos hechos para el desorden de la misericordia que lo trastorna todo pero tendemos a permanecer en el orden de lo ya conocido, de las cosas bajo control.

Estamos llamados a un cambio profundo, un cambio de mentalidad que no sucede más que abandonando lo que ya conocemos, nuestras seguridades. Debemos estar dispuestos a dejarnos transportar a territorios desconocidos y entrar en otra dimensión. Por eso, la propuesta parece absurda, imposible.

«Es verdad, nosotros siempre tenemos la costumbre de medir las situaciones, las cosas, con las medidas que tenemos: y nuestras medidas son pequeñas. Nos hará bien pedir al Espíritu Santo la gracia, rezar al Espíritu Santo, la gracia de acercarnos por lo menos un poco para comprender este amor y desear ser abrazados, besados con esa medida sin límites», dijo el Papa durante la homilía de la misa en Santa Marta el 20 de octubre.

Creo que este trabajo propuesto por Francisco es lo más sencillo y, al mismo tiempo, lo más difícil de hacer: pedir, pedir abrirse a esta medida nueva, no para disminuir sino para crecer. Para sentirse objeto de esa Misericordia, besados con esta medida sin límites.