Restaurante ''Le Petit Cambodge'', uno de los lugares <br>atacados el 13 de noviembre.

Nunca hemos estado tan apegados a la vida

Los atentados de París han despertado en nosotros consternación, rabia, horror ante el vacío que ha generado la incredulidad por lo sucedido. Nos «hace preguntarnos cómo el corazón del hombre puede idear y realizar actos tan horribles» (Papa Francisco, Angelus, 15 de noviembre de 2015).

Nosotros estamos acostumbrados a otra cosa: a una afirmación incondicional de la humanidad, herederos de una cultural que ha custodiado durante siglos una ternura hacia uno mismo y hacia todos.

A pesar de que no comprendemos totalmente la situación geopolítica ni los equilibrios de poder que están detrás de estos acontecimientos, nos hemos sentido llamados en causa inmediatamente: o todo lo que hacemos cada día tiene que ver con lo que ha pasado en París, o se desvela entonces falso en último término, como una anestesia diaria frente a la amarga realidad.

La violencia a la que asistimos nos hace desear dedicarnos a una tarea más grande que valore profundamente mi humanidad y la de los demás, sin distinción. Una tarea que se encarna en nuestra forma de estar en clase y que se hace criterio para la decisión de nuestro futuro universitario o laboral.

«No tendréis mi odio», ha escrito en Facebook Antoine Leiris, que ha perdido a su mujer en los atentados. «Cada bala en el cuerpo de mi mujer será una herida en el corazón de Dios. Obviamente, estoy destrozado de dolor, os concedo esta pequeña victoria, pero será de corta duración. Quedamos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo. No tengo tiempo que dedicaros, debo ir a atender a Mervil que se despierta de su siesta. Apenas tiene 17 meses y merendará como todos los días, y luego jugaremos juntos como todos los días, y durante toda su vida este petit garçon os hará frente siendo libre y feliz. Porque no, vosotros tampoco tendréis nunca su odio».
GS Bolonia

Es una Presencia misteriosa lo que, apoyada en el presente, nos hace amar la vida y nos arranca del miedo a la muerte, dándonos la certeza de una esperanza que va más allá de todo lo que pueda suceder.