El “Pinocho” de la Little Prince de Kibera.

Donde las palabras adquieren carne

Riccardo Bonacina

Había que oír a Anthony Maina, el elegantísimo director con su chaqueta blanca, contando la historia de la Little Prince: la escuela para 300 niños de 4 a 14 años que se erige «como un castillo», según la redacción de una de sus alumnas más pequeñas, al llegar al mayor slum de Nairobi y de toda África, Kibera. Aquí viven, según las agencias internacionales, unas 800.000 personas en condiciones inaceptables, en chozas de chapa y barro, sin alcantarillado, entre la basura, y donde los niños tienen que dormir muchas veces de pie o encorvados, en un rincón de pocos metros cuadrados a disposición de 8-10 personas.

Anthony lo cuenta así: empezó en el año 2000 como una actividad de apoyo escolar para siete niños y se levantó «como un castillo» en 2005, hoy imparte el ciclo entero de la escuela primaria. Ante una platea de padres, alumnos y personalidades, como el embajador italiano en Kenia, Mauro Massoni, enumera con orgullo hechos y números (como el que señala que en una de las zonas más difíciles del país hay una tasa de abandono escolar del 8%, frente al 35% del resto de Kenia), que se desarrollan en torno a dos palabras. Dos palabras que en el relato de Anthony sostienen y dan sentido a muchos de los pasos dados en estos quince años: amistad y teatro.

Amistad.
. En la Little Prince saben, como decía Saint-Exupéry en el libro que da nombre a la escuela, que no existen «mercaderes de amigos»: los amigos no se compran, y por eso normalmente los hombres están solos. La amistad entre profesores, la amistad con las familias, creyentes o no, islámicas o de alguna de las muchas sectas cristianas del país. Amistad con los niños, a los que se ofrece una mirada atenta y adulta: una mirada de la que tienen gran necesidad. Amistad con los trabajadores y educadores de AVSI, la ONG que sostiene la escuela, permitiendo asistir a ella a muchos niños de familias sin ingreso alguno. La amistad con tantos amigos que da la vuelta al mundo.

Una escuela hermosa, cuya belleza consiste en que es obra de muchos amigos. Dos edificios de dos plantas de ladrillo gris, tuberías amarillas, ventanas y cornisas azules, un patio con los setos recién cortados. Un oasis de belleza dentro del bidonville. «¿Cuál es la mayor necesidad del hombre?», se pregunta Porzia Esposito, coordinadora de las actividades artísticas en la Little Prince. «Ni el alimento, ni el vestido, sino la belleza. Queremos que la belleza se haga visible incluso en medio de los barracones. Eso es lo que atrae a la gente». Y los niños se dan cuenta de ello. «Alguno ha llegado a
decirnos: "Esta es mi casa"
. Algunos viven al otro lado del slum y tienen que levantarse a las cinco, pero quieren venir hasta aquí».

Anthony continúa su relato: «En una clase de quinto de primaria se les mandó como tarea: "Describe tu escuela". Purity escribió: "Mi escuela es hermosa como un castillo que domina la colina y su puerta, que es como un gigante, tiene largos brazos que se abren y se cierran para abrazar a todos los que quieren entrar. (...) El nombre de la escuela es "El pequeño príncipe", y yo en esta escuela me siento como una princesa».

Teatro. Aparte de las asignaturas habituales en el currículum escolar, en la Little Prince se dedica un gran espacio a la lectura de textos literarios y a la realización de trabajos teatrales. Se trata de un trabajo que implica, a varios niveles, a todos los niños de la escuela, desde la guardería hasta las enseñanzas medias, y a todos los profesores. Cada uno colabora en la construcción de una "obra" común: los más pequeños, con los trabajos manuales, construyen la escenografía, e interpretan a los personajes más sencillos (las flores, los árboles, los animales...). Los demás cantan, danzan, interpretan partes más complejas. El objetivo de la actividad teatral no es solo realizar un espectáculo, para el que sería obvio asignar los personajes a los alumnos más inteligentes y brillantes, sino valorar a cada niño para que pueda dar lo mejor de sí. Muchas veces los personajes se asignan a niños muy tímidos para que aprendan a relacionarse con los demás y a abrirse, como sucedió con el protagonista de la primera obra que hicieron, El pequeño príncipe.

Este trabajo es también la posibilidad de mostrar en acto un método de enseñanza innovador respecto al keniata, mecánico y repetitivo, y que se ha revelado fascinante tanto para los niños como para los profesores. Estos últimos, gracias al trabajo constante de formación durante las reuniones semanales y los seminarios de profundización en las temáticas educativas específicas, proponen ahora de una forma nueva todas las demás materias. Por eso en la Little Prince el teatro no es una extraescolar, explica Anthony: «Es un método. Y los niños lo aprenden, y luego lo llevan a las demás materias, a las matemáticas, a la gramática… Es un lugar privilegiado, donde se forma la personalidad y el carácter de cada uno de ellos». Así aprenden a expresarse, sacan fuera lo que llevan dentro. «El teatro es una forma de educar. Con la experiencia teatral los niños cambian, se sienten protagonistas, y también cambie su forma de estar en clase». Como Alex, nueve años, introvertido y tímido, con una situación familiar complicada. Cuando le pidieron hacer de Peter Pan, floreció. Nos lo cuenta Porzia, que lleva años coordinando las tareas creativas y los espectáculos:
«Empezó a sacar buenas notas, a estar más atento en clase… otra persona».

El taller de teatro se ha convertido en el símbolo de la escuela, y la reconocen por ello en todo el slum. «También gracias al open day», añade
Porzia: «Los padres de los niños, pero también sus hermanos y amigos, todos pueden venir a verlo y participar. Con el teatro, todos los niños tienen la posibilidad de expresar su potencial y construir algo hermoso juntos».

El pasado 30 de octubre fue un día especial. Hubo una explosión de colores, música, baile tradicional para celebrar el 15 aniversario de la escuela con un open day extraordinario. Para festejarlo viajaron hasta allí muchos amigos italianos que también siguen el camino de la amistad y del teatro gracias a su relación con Emanuele Banterle, fundador de la compañía teatral de los Incamminati, que trabajó con Giovanni Testori. Y es que la nueva sala teatral de la Little Price llevará el nombre de Emanuele. Ellos han decidido implicarse en la construcción de esta nueva sala, que quieren dotar con un techo más alto, trampillas, sistema de luces, micrófonos, un telón nuevo.

Con el dinero que han conseguido recaudar, casi 12.000 euros, han conseguido la mitad de la obra: el escenario ya está preparado y han comprado el telón, por eso han decidido inaugurarla ya. En la placa, diseñada por Matteo Negri, un artista que se añade a la cadena de arte y belleza que hace de la Little Prince una escuela tan especial, una frase de Emanuele: «Si el teatro no habla al hombre, no comunica, resulta absurdo o inútil. Para comunicar debe ponerse en sintonía con el camino del hombre, debe correr el riesgo de enfrentarse al hombre concreto y medirse con él». Hoy el teatro se mide con el hombre aquí más que en cualquier otra parte.

Como ha dicho Gabriele Allevi, director del Festival Desidera en Bérgamo, que también ha recogido fondos para este fin al término de cada uno de sus espectáculos, hablar del teatro para los niños de Kibera nos hace descubrir qué es realmente el gesto teatral: «Cuando nuestros amigos nos hablaron de la obra educativa que estáis llevando a cabo en Nairobi y de la intención de dar una casa más digna a vuestra actividad teatral, inmediatamente nos entusiasmó la idea de implicar a nuestra gente en este pequeños gesto de apoyo. No tanto por hacer una obra buena sino por aprovechar la oportunidad de participar en la difusión del teatro como experiencia educativa para niños y adultos. Es algo que creemos firmemente: el teatro pone a prueba las palabras que decimos, las pone en común, verifica el peso que tienen y les da una carne. En teatro la palabra pierde su abstracción y se convierte en experiencia compartida. Durante los espectáculos de nuestro festival, durante años, se reúne mucha gente de diversas culturas, edades, clase social, religión. Pero todos esperan oír algo verdadero y volver a casa un poco cambiados. Nos hemos dirigido a ellos para hablarles de vosotros, de vuestro trabajo con niños menos afortunados que los nuestros en cuanto a bienes pero no en cuanto a Bien. Ese es gratis, basta con saber verlo y pedirlo. A veces es “invisible a nuestros ojos”, como dice el principito al que habéis dedicado vuestra escuela, pero al corazón no se le escapa nunca. Nosotros también lo buscamos y solo tenemos posibilidad de encontrarlo compartiendo este intento con compañeros de viaje. Hablar de vosotros, antes y después de los espectáculos, ha sido ocasión de compartir esto y por eso os damos las gracias, aunque solo os conozcamos por intermediarios».