El cardenal Angelo Scola en el Sacro Cuore de Milán.

«La educación es el verdadero motor de la historia»

Loris Cantarelli

«Todos hablan de derechos, todos quieren derechos y es necesario que los que tienen una sensibilidad humana integral, sea cristiano o no, sigan luchando para que el derecho a la libertad de educación también sea confirmando íntegramente». Son palabras del arzobispo de Milán, cardenal Angelo Scola, en su encuentro con alumnos y profesores del Instituto Sacro Cuore, durante su visita con motivo del trigésimo aniversario de la presencia de esta fundación en la ciudad milanesa.

Fue recibido en un ambiente festivo por los niños de infantil y primaria en el gran patio que hay delante del edificio. Luego el cardenal se reunió con los alumnos de secundaria (liceos artístico, clásico y científico), y respondió a algunas de sus preguntas. En la primera ronda: Irene preguntó al arzobispo cómo puede la fe cristiana cambiar el mundo en este momento histórico; Marta, cómo se puede ser fiel a Cristo; y Pedro, cómo se puede entender la propia vocación. En sus observaciones, Scola destacó el vínculo entre los cambios del yo y los de la sociedad en el contexto actual: «Desde la concepción hasta el término de nuestra vida, estamos inmersos en relaciones, y por tanto debemos profundizar en la autoconciencia del yo, teniendo en cuenta esas relaciones en las que vivimos».

En su reflexión, el arzobispo admitió que «mirar al hombre entero y a todos los hombres es difícil para el europeo de nuestros días. La fragmentación está venciendo a todos los niveles. Por eso, creo que vuestra escuela es un fenómeno importante e imponente de civilización, porque al menos vosotros resistís al riesgo de la fragmentación del sujeto». Para añadir justo después: «Al peligro de la fragmentación de los objetos del saber es difícil resistir en la cultura actual, pero lamentablemente la fragmentación también ha afectado al sujeto: vivimos en compartimentos estancos porque falta un principio existencial sintético que permita una mirada hacia el hombre entero y hacia todos los hombres». La indicación del cardenal era por tanto la de la fe de «aquellos que se abandonan totalmente a Cristo, que llegan hasta el pensamiento de Cristo, que juzgan la realidad según a frase de Pablo: “recapitular en Cristo todas las cosas”». Por lo demás, «la vida se vive como vocación porque toda la vida es respuesta a una llamada».

En el segundo turno de preguntas, Chiara planteó cómo tener la mirada de Jesús en la Cruz; Michele le pidió a Scola una valoración sobre la mentalidad común laicista, según la cual el hombre es el único árbitro de su vida; y Alice le invitó a explicar mejor una afirmación que había hecho en su último discurso a la ciudad, con motivo de la Expo: «Milán debe recuperar su alma». El arzobispo recordó ante todo que las palabras de Jesús sobre el bien de la vida –«Solo Dios es bueno»– muestran bien que él vino a liberarnos del mal, hasta del más tremendo, y de la banalidad radical («pensad en Juan el Bautista, un profeta de tal estatura asesinado por el caprichito de una chavala que baila bien, manipulada por una madre llena de lujuria y ansia de poder...») e involuntaria («alguien que interpreta mal lo que tú dices, o a quien le llega por cotilleos o murmuraciones una opinión tuya injusta, o que cuenta cosas que tú has dicho...»). También por esto dijo en su calvario: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». Esa es la misericordia «de la que tantas veces habla el Papa Francisco: intentar cambiar el corazón y reorientarlo desde el escándalo por el mal hacia una acogida que acompaña». El mal no es invencible, ha sido vencido, «aunque no derrotado totalmente, porque espera nuestra conversión, nuestra libertad, nuestro sí a Cristo mediante la invocación del perdón y la conciencia de que me toca a mí ponerme en juego en primera persona». Sobre la Expo, el cardenal insistió en la necesidad de recuperar «el alma, principio de unidad», que Milán siempre tuvo en torno a la «familia, el trabajo, la apertura generosa, que contaban con un potente adhesivo como la fe y la gran tradición de san Ambrosio y san Carlos», y que «con mucho esfuerzo está recuperando» después de haberla ignorado por «el individualismo narcisista dominante que ha invadido también a los milaneses».

Para terminar, el cardenal se reunió con todos los alumnos, padre y profesores en las escaleras de entrada para escuchar el Regina caeli y otros dos cantos propuestos por el coro del instituto, y para rezar juntos el Angelus. Al terminar, deseó a todos unos buenos exámenes y unas buenas vacaciones.