Un momento del concierto.

Las voces negras del Va, pensiero

Nino Giuseppe Valerio

Todo empezó por el enamoramiento de Riccardo y Cristina Muti de los niños del slum de Kibera, uno de los más grandes de África, donde el padre comboniano Renato Kizito Sesana ha construido casas de acogida para niños de la calle. De él nació la propuesta de llevar la belleza de la música clásica a este inmenso mar de pobreza. El maestro Muti acogió el desafío y decidió dedicar su concierto anual “Los caminos de la amistad” al África subsahariana, y en particular a Nairobi.
Cristina Muti, una mujer de gran corazón, aprovechó la ocasión para implicarme también a mí en la aventura, y conmigo a la escuela fundada por Avsi, Avaid y los sacerdotes de la Fraternidad de San Carlos Borromeo, que llevan años trabajando en este slum y en otras zonas de la capital. Así fue como más de 200 niños de las escuelas Little Prince y Caravana Urafiki empezaron a estudiar el Va, pensiero (de memoria y en italiano) para cantarlo bajo la dirección del Maestro, junto al coro profesional de la orquesta. Intentad imaginarlo: una marea de niños, acostumbrados a la música y a los bailes de origen tribal, inmersos en la melodía dulce y majestuosa del Nabucco. Una belleza así hace olvidar las mil complicaciones logísticas, como el traslado en autobús de una punta a otra en una megaciudad con tres millones de habitantes cada vez que había ensayo.
Sábado 9 de julio. El día del gran concierto, una jornada muy especial. Los niños llegan a Uhuru Park con gran puntualidad, algo ya de por sí excepcional. Entran en fila, todos con la camiseta con el lema y el nombre de su escuela y el logo de Avsi. Cristina Muti, al darse cuenta de que un centenar de niños de nuestras escuelas se quedaron fuera, movilizó a toda la organización de seguridad para dejarles entrar, incluso sin entrada. Allí entendí por qué a los tornados les ponen nombre de mujer...
Después de la prueba de sonido de la orquesta, Riccardo Muti dirige el Va, pensiero corrigiendo paternalmente las imperfecciones de dicción. Luego se para y les abraza. No sé si seré capaz de comunicar el alcance de este acontecimiento: todos los presentes estaban conmovidos, desde el Maestro a Bruno Vespa, del Nuncio al Embajador.
Por fin empieza el concierto. Todos en pie para escuchar los dos himnos nacionales, el italiano y el keniata. George, director de una de nuestras escuelas, comenta después: «Nunca había oído el himno cantado en mi idioma de un modo tan conmovedor. Se ve el inmenso trabajo que hay detrás de una actuación así». La belleza vuelve a despertar el amor a la patria en una tierra maltratada por los enfrentamientos tribales después de las elecciones, que se han cobrado miles de muertes.
Llegan las arias de Verdi y Bellini. La mayoría de los espectadores nunca había escuchado un concierto de música clásica, pero la belleza no puede no dejar huella. Todos quedan impresionados por la unidad de los instrumentos y, al mismos tiempo, por la variedad de sonidos de instrumentos musicales nunca vistos. Para terminar, el Va, pensiero, con Muti girado hacia los 200 niños, y ellos con los ojos fijos en el Maestro, sin necesidad del texto... ¡Se lo saben de memoria! Cinco mil personas piden con gran insistencia el bis.
Termina el concierto, pero todos se quedan en el parque. «Ha sido un gran acontecimiento que en primer lugar nos ha sorprendido a nosotros», cuenta Leo Capobianco, responsable de Avsi Kenya. «Como me decían algunos profesores de la Little Prince, “el hecho de que nos hayais implicado en un hecho tan extraordinario muestra un afecto y una estima por nosotros y por nuestros niños que era impensable”. Ha sido evidente la belleza que estos niños están aprendiendo, que han expresado en el canto. Por eso vale la pena todo el esfuerzo que hemos hecho para apoyar a estos pequeños, cuya pobreza humana encuentra en la escuela un lugar en el que poder descubrir quiénes son y la amplitud del deseo que tienen. Me viene a la mente la intuición inicial de la que surgió la Little Prince (y todas nuestras escuelas), es decir, que un lugar bello, no sólo como estructura, vence más que cualquier proyecto o plan estratégico. El misionero es uno que lleva en sí mismo la novedad que nace de su encuentro con Cristo. Esto le hace capaz de comunicar. Nosotros somos unos pobrecillos, pero a través de nuestras pobres vidas, llenas de contradicciones y límites, casi sin darnos cuenta, conquistamos para Cristo a nuestros hermanos los hombres. A los 53 años uno todavía se puede conmover hasta las lágrimas. Se me ha ocurrido que podríamos preparar un taller de música en nuestras escuelas. Quién sabe».