Maduros, es decir, preparados para lo imprevisible

Alberto Beggiolini

A lo largo de las últimas semanas se han celebrado en España los exámenes de selectividad, que servirán para que miles de jóvenes decidan la carrera profesional con la que darán comienzo a su vida adulta. Estas pruebas también se celebran en Italia, bajo el nombre de “examen de madurez”. El periódico Il Gazzettino ha publicado una entrevista a Mario Dupuis, fundador de Casa Edimar, que acoge a jóvenes en riesgo de exclusión, donde educar significa «sacar a la luz el corazón».

¿Estos exámanes son realmente una prueba de “madurez”?
Depende. Si el examen se afronta de una forma adecuada, sí. Es decir, no pensando en el examen como un obstáculo a superar, sino como la gran ocasión para sintetizar todo lo que se ha aprendido hasta este momento de la vida.

¿No sólo nociones?
En absoluto, no se trata de un bagaje informativo sino de capacidad de juicio sobre la realidad. La educación depende de qué tipo de docentes se encuentran en cada centro. Si el chaval se encuentra con un profesor apasionado por su humanidad, por el desarrollo de su razón, de su corazón, entonces florece, se abre, casi independientemente de cuál sea su coeficiente intelectual. Se da entonces una apertura del corazón que se convierte en apertura de la razón, en curiosidad, en juicio crítico sobre la realidad.

¿Y si sucede lo contrario?
Si un profesor no transmite pasión alguna, sino que verifica sólo los procedimientos de adquisición de nociones varias, la razón de los alumnos queda bloqueada. Hoy es muy frecuente encontrarse con jóvenes así, con una razón “bloqueada” y un corazón triste. Puesto que el hombre es uno y no se puede dividir, cuando un chico está insatisfecho con su vida, no le interesa buscar un sentido ni ve a su alrededor testigos que se lo puedan transmitir, entonces no tendrá tampoco ganas de estudiar, le bastará con alcanzar el aprobado.

¿Estudian entonces el mínimo necesario para pasar el examen?
La desmotivación de los jóvenes a la hora de aprender es un signo de crítica hacia los profesores, no hacia el sistema, porque cada profesor está solo en su clase, en primera persona, más allá de cualquier reforma educativa, y los alumnos se dan cuenta de si se interesa por ellos o no.

¿Pero quién enseña a enseñar?
Existe un problema evidente relacionado con las competencias, y es un problema de la universidad. Pero también hay otro aspecto...

¿La vocación?
Así es. Es como si uno quisiera hacer un curso para ser padre o madre. Hay un componente de ternura y pasión por el destino de los chicos, una no-extrañeza hacia sus vidas, y eso nunca nadie lo podrá enseñar. Sin esto, se transmiten nociones, pero los chicos perderán una gran ocasión: la de encontrar a los maestros de su vida.

Maestros que no parecen abundar...
Si una sociedad se funda sobre un pueblo maduro, con un ideal grande, la experiencia humana será grande, y entonces se generan educadores. Si un pueblo está desanimado, inmaduro, somnoliento y desorientado, será imposible. La educación, como dice el Papa, es la primera emergencia.

Entonces los jóvenes se quedan sin modelos a los que mirar.
Sobre todo se quedan sin personas con autoridad. Los modelos se pueden ver también en una película, pero la película termina y uno se queda tan solo como estaba antes. Lo que los chicos necesitan es un encuentro con personas que sean una autoridad para su vida, no que les den instrucciones para el uso, sino que les acompañen en esta apertura de la razón, en una curiosidad del corazón.

¿No encontrar personas así puede ser fuente de malestar?
El mundo juvenil es un mundo que está gritando, aunque lo haga de manera desordenada, su necesidad de que no les dejen de lado, su necesidad de encontrar adultos creíbles, lugares donde encontrar una mirada que les dé esperanza para su vida, que suele estar o vacía, o llena de una instintividad salvaje o de un consumismo desenfrenado.

Se habla mucho de los profesores, ¿pero y los padres?
Sin duda, hay que hablar de todas las figuras que intervienen en la formación de un joven. Aunque la edad adolescente es la que se caracteriza por un cierto distanciamiento de la familia, el chaval tiene una mochila en la que lleva todo lo que su familia le ha proporcionado, y ahora es el momento de buscar entre todo lo que tiene ahí guardado y elegir lo que se queda para seguir su camino. Ésta es la criticidad.

Entonces, el distanciamiento de la familia no es algo que haya que mirar con miedo.
La crisis es un momento fantástico, pero dramático. Es el momento en que el chico empieza a usar su libertad, aunque la sociedad no enseña un uso correcto de la misma: la libertad normalmente está reducida a arbitrio, y los chicos no saben decir otra cosa que la libertad es hacer lo que a uno le gusta.

¿Es erróneo?
En sí mismo, no tanto. El problema es el criterio con que se dice que una cosa gusta o no. ¿Es algo que viene dictado por los medios de comunicación, por la mentalidad dominante, o por el propio corazón? Se trata de deseos, pero si no hay uno que nos ayude a entender lo que realmente tenemos, está claro que lo que vence es el consumismo o “lo que hacen todos”.

No parece que sea sólo cuestión de educación...
La educación no se puede limitar a un conjunto de reglas, la verdadera educación es lo que hace uno que saca a la luz el propio corazón. La acumulación de reglas, que a veces parece lo único que la escuela o la sociedad saben hacer, en realidad es un reconocimiento de la propia impotencia. El chaval que se equivoca, sólo si se da cuenta de que tiene dentro la energía necesaria para cambiar, puede aprender a conocer el valor de su propia vida.

¿Quién es entonces el verdadero educador?
Uno que se apasiona por el chaval que tiene delante.

Como apasionado por los chavales, ¿qué les dice a los que hacen el examen de madurez (selectividad) estos días?
La madurez es el primer momento en que se encuentran delante de lo imprevisible. Durante el curso, saben qué les pueden preguntar, en la prueba de madurez no. Por eso sienten ansiedad, pero esto tiene un aspecto positivo: la vida está hecha de hechos imprevisibles más que de cualquier otra cosa. Si no se acepta el desafío, no se camina.

Con la crisis actual, ¿es mejor seguir estudiando o no?
El que cree en sí mismo, en su talento, en su capacidad crítica, y está dispuesto a aceptar el desafío, que siga adelante. Pero también harán bien aquellos que, por el contrario, prefieran desarrollar sus competencias en el mundo del trabajo.

A sus 61 años, ¿se concibe usted como una persona “madura”? ¿Ha aprendido a valorar de manera justa las cosas?
Me concibo como una persona madura porque sé que no me hago a mí mismo, que llevo dentro el criterio verdadero para valorar las cosas, que es mi corazón, y sé también que a este corazón lo puedo traicionar, pero tengo una compañía que me corrige cuando lo hago. El hombre inmaduro es aquél que no pertenece a nadie y al que la vida le pesa.

Sin embargo, muchos siguen creyendo que ser maduros significa poder hacerse a sí mismos...
Nada más lejos de la realidad. Éste es el error dominante: uno debe hacerse a sí mismo, nadie puede hacerlo por él, no es posible delegar la responsabilidad, pero el criterio nace del corazón y el corazón necesita un lugar donde ser custodiado. Los padres custodian el corazón de sus hijos, un profesor custodia el de sus alumnos, y los amigos verdaderos custodian el del adulto.
(Publicado en Il Gazzettino de Padua el 21 de junio de 2011)