Leopardi en las Arenas de Barcelona

Lucas Benenti

El pasado 4 de noviembre, en el Fórum del Fnac Arenas de Barcelona, se presentó el libro Cantos seleccionados de Giacomo Leopardi (Ediciones Encuentro), contando con la presencia de Ada Castells –escritora y periodista, ganadora del Premi Sant Joan–, e Ignacio Carbajosa –autor del epílogo, catedrático de literatura bíblica–, en un ambiente de amistad y de diálogo.

El corazón del acto estuvo determinado por la pregunta del moderador, Jorge Martínez, escritor y filósofo: «¿por qué detenernos a presentar un libro de un autor como Leopardi, muerto en 1834?». Una primera pista nos la proporciona la misma sala, situada al fondo de la librería, abierta a todo el mundo. ¿Qué interés hay en que todo el que pase por la FNAC pueda acercarse y escuchar? ¿Qué tiene que decir este autor del siglo XIX al hombre de hoy? Ya desde el inicio, se afrontó el interrogante actual que revela la contradicción de la tentativa entre la «realización del sueño humanista» como afirmación del valor humano, y la paradójica incomprensión y confusión en la que se va sumiendo poco a poco la sociedad, tal y como muestra la falta de certezas o «caída de las evidencias» de este momento histórico, donde la fractura entre el deseo y la realidad es patente, tal como citó Ada Castells. La lectura de Leopardi interesa, decía la escritora, «porque propone un diálogo en el que aprendemos a mirar las preguntas esenciales», porque nos vuelve a plantear las exigencias más fundamentales, romper nuestra «autocensura», y preguntarnos: ¿hay algo que esté a la altura de mi deseo?

Con la lectura de dos cantos, guiados desde entonces por Ignacio Carbajosa, se nos mostró el Leopardi más profundo y humano, con todas sus preguntas y deseo a flor de piel, moviéndose entre dos polos, uno más leal con su experiencia que otro. Aunque al final del primer poema, con un punto de deslealtad «impostado, superpuesto, como un recuerdo amargo» (Giussani, Mis lecturas) se deje vencer por un pesimismo también propio de la cultura romántica y crea que todo es sueño que con la muerte acaba, no puede dejar de sorprender la agudeza y profundidad con la que muestra y exalta la desproporción del corazón, de la soledad, del amor… hasta tal punto que hace que parezcan nuevos.

En el Canto XXVI, el Pensamiento Dominante, Leopardi nos dirige la mirada a «la idea fija que nunca se le va […] que es esta exigencia de felicidad, de verdad, de justicia, la promesa que te nace por ejemplo cuando te enamoras […], una nota dominante que no te abandona», como en la Gota de Chopin. Una nota que Leopardi describe como dominadora de mi mente, terrible y el más valioso don del cielo, como un «primer amor». Y ante la pregunta ¿por qué la soledad?, «qué sola se quedó mi mente desde entonces, cuando tú la tomaste por morada»: la soledad no se produce cuando alguien se va, sino «desde que tú, pensamiento dominante, has entrado en mi mente, yo ya soy nostalgia de ti». De hecho, define el pensamiento dominante, encontrar el sentido, como la única disculpa ante el sufrimiento, que hace la vida más amable que la muerte. O hablar del enamoramiento como aquello que introduce un diálogo: «contemplar aquella de quien contigo he estado razonando. […] Belleza angelical, tú sola fuente de cualquier hermosura, tú la sola belleza verdadera». Para Leopardi este pensamiento dominante es una compañía constante. «Solo un pensamiento vive entre nosotros […] que dieron eternas leyes al corazón humano», que, como citó Carbajosa, remite a la frase de San Agustín «Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti».

Es en el canto XVIII, A su dama, donde Leopardi expresa su intuición más profunda, después de la muerte de las mujeres de las que se había enamorado, pues se pregunta: ¿quién eres tú que me sales al paso con Silvia, con Aspasia... pero que no eres ellas, puesto que fallecen? ¿Pero tú quién eres? Así, con una lealtad última sorprendente, le lanza este poema a la belleza, a la cara beltà, a la querida belleza. Como Carbajosa parafraseaba, «no sé dónde andas [cara beltà], tú me inspiras amor pero desde lejos, como escondiendo tu rostro, pero yo lo quiero es tu rostro verdaderamente. ¿Dónde estás?».

Leopardi –señaló Ada Castells– «nos ayuda a comunicarnos con los demás porque es la historia de un alma, de un deseo. […] Encarna el grito delante de la reducción del hombre a la que estamos sometidos», devuelve la pregunta ¿qué deseo?, ¿qué espero? Y es que el genio de Leopardi –profeta, como Giussani lo describe, puesto que expresa el destino del hombre de forma que el grito confirma la espera–, es justamente esto, volver a destapar la necesidad más profunda del hombre, tuya y mía, volver a mirar a este corazón que clama por un infinito y que grita por una Belleza, por un Amor sin límites. Podemos entonces estar agradecidos al poeta, considerarlo como compañero de camino o, mejor, como un verdadero amigo puesto que nos muestra «el objeto último de mi cuidado» (Canto XXVI). Como citó Carbajosa del contemporáneo Francesco de Santis: «Leopardi produce el efecto contrario de aquello que se propone. No cree en el progreso, y te lo hace desear; no cree en la libertad, y te la hace amar. Llama ilusión al amor, la gloria, la virtud, y te enciende un deseo inagotable. […] Es escéptico, y te hace creyente».

Cantos seleccionados
Giacomo Leopardi
Ediciones Encuentro
208 páginas
15€