Siervo de su majestad, siervo de Dios

Luca Marcora

En la Inglaterra de 1500 el rey Enrique VIII quiere divorciarse de su esposa, Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, pero para ello debe romper con la Iglesia de Roma. Tomás Moro se niega a apoyarle, poniendo en peligro no solo su cargo en el reino sino hasta su propia vida…

Enrique VIII acaba de proclamarse jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, obligando a todo el clero a reconocerle y someterse a él sin vacilaciones. El duque de Norfolk se dirige a Tomás Moro, que ha renunciado a su cargo de Lord Canciller después de intentar sin éxito disuadir al rey de tomar tal decisión, dictada únicamente por cálculos de poder, un puesto que entre otros cargos incluía el de Keeper of the King’s Conscience, “custodio de la conciencia del rey”. Norfolk quiere entender por qué ha dado ese paso y entre ambos se desarrolla un diálogo fundamental, aparentemente extraño, con razonamientos que parecen responder solo a una lógica que solo busca contradecir al otro. Pero en realidad, Moro quiere mostrar a Norfolk las contradicciones entre seguir la propia conciencia y seguir la razón de Estado, pero siempre muy atento a no decir una palabra de más que pueda dar razones a quien lo quiera acusar de traición al reino.

Norfolk: «Bien, Thomas, explicadme, porque ahora os lo digo: a mí esto me parece cobardía».
Moro: «De acuerdo, os explicaré. Esto no es una reforma, esto es una guerra contra la Iglesia. El rey ha declarado la guerra al Papa porque el Papa no está dispuesto a declarar que la reina no es su esposa».
N.: «¿Y lo es? ¿Lo es?».
M.: «¿Me dais palabra de que lo que digamos aquí quedará entre nosotros dos?».
N.: «Ya le tenéis».
M.: «¿Y si el rey os ordenara que repitierais lo que yo haya dicho?».
N.: «Mantendría mi palabra».
M.: «En tal caso, ¿en qué ha quedado vuestro juramento de obediencia al rey?».
N.: «¿Estáis tendiéndome una trampa?».
M.: «No. Así son nuestros tiempos».
N.: «Muy bien. Estamos en guerra con el Papa. Y el Papa es un príncipe, ¿no?».
M.: «Sí. Y también el sucesor de san Pedro, nuestro único eslabón con Cristo».
N.: «Esa es vuestra fe. ¿Y estáis dispuesto a renunciar a todo, incluso al respeto hacia la patria, por vuestra fe?».
M.: «Sí, porque lo que importa es lo que creo, es decir, lo que sé. No es que lo crea simplemente, es que lo creo de corazón. Supongo que no me comprendéis».
N.: «En absoluto».

En este diálogo se condensa todo el sentido del film y de la historia de santo Tomás Moro. Ese “de corazón” subrayado con fuerza es el corazón de un hombre cierto, para el que lo único que realmente importa es no perder el vínculo con Cristo, un vínculo que pasa en último término por el Papa de Roma. El resto es solo cálculo, oportunismo o estrategia política. Pero esta certeza parece tan frágil, incluso inútil ante los hechos que suceden, pues Moro será ajusticiado, la ruptura entre Inglaterra y Roma será irreparable y por razón de Estado será eliminado incluso alguien que en un tiempo fue amigo, solo por mantener intacto el poder dominante. ¿De qué sirvió entonces el sacrificio de sir Thomas?

«Muero como humilde servidor de Su Majestad, pero primero de Dios»
. Son las últimas palabras de Moro antes de ser ejecutado. Las palabras de un hombre que renunció a obtener el mundo entero con tal de no perderse a sí mismo.

Un hombre para la eternidad (A man for all seasons, UK 1966) de Fred Zinnemann; con Paul Scofield, Wendy Hiller, Leo McKern, Robert Shaw, Orson Welles, Susannah York, Nigel Davenport, John Hurt, Corin Redgrave, Colin Blakely.
dvd Sony Pictures