Perdonar, incluso en tiempos de apartheid

Luca Marcora

En 1996 en Sudáfrica la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, constituida por Nelson Mandela, recogió testimonios de la violencia cometida durante los años del apartheid. El periodista americano Langston Whitfield (Jackson), enviado del Washington Post, conoció entonces a la poetisa Anna Malan (Binoche)...

«Estuve en Sudáfrica en los años 70 -recuerda el cineasta John Boorman- durante el peor periodo del apartheid. Visité varios pueblos y fue una experiencia realmente conmovedora. Me hice amigo de mucha gente, blancos y negros, que luchaban contra el apartheid a riesgo de ser encarcelados y torturados. Me emocioné mucho cuando Mandela consiguió acabar con todo esto sin baño de sangre. Antjie Krog escribió después el libro Country of my Skull, donde relata su seguimiento del trabajo de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. Ella misma, una afrikáner, tuvo que enfrentarse a los horrores que se habían cometido en nombre de la raza. Y ese inmenso drama humano detallado en este experimento, algo inédito hasta entonces».

El trabajo de esta Comisión consistió en intentar reconciliar a la población sudafricana mediante el perdón. En tres años, el tribunal, no por casualidad presidido por un religioso, el obispo anglicano Desmond Tutu, recogió 22.000 testimonios de crímenes cometidos por ambos bandos durante los años del régimen y concedió la amnistía a los que estaban manchados por crímenes de matriz política o ideológica, a cambio de contar la pura verdad. Pero sobre todo puso a víctimas y verdugos unos frente a otros, dándoles la ocasión de pedir o conceder al otro su perdón.

En el film, Langston tiene dudas respecto a este método. El periodista americano tiene que entrevistar al coronel De Jager (Gleeson), el agente más cruel y sanguinario del régimen. Langston quiere hacer confesar al ex militar, reducido a único chivo expiatorio, la implicación del gobierno anterior en los crímenes, para sacar a la luz toda la verdad y castigar a los culpables. Anna, por su parte, siempre ha defendido la causa negra, teniendo incluso que luchar contra su propia familia para acabar con los prejuicios seculares de una sociedad cerrada y violenta. Esta mujer está en paz. Para ella se trata de afirmar la verdad para devolver la dignidad perdida a la gente de color. Pero esta verdad tiene un precio muy alto, que obliga a ambos protagonistas a ponerse en discusión, porque también a ellos les afecta profundamente. Langston descubre que es imposible resolver el problema solo dividiendo entre culpables e inocentes. De verdad hace falta ese perdón tan inimaginable como al mismo tiempo real, como un niño que abraza al verdugo de su familia. Y Anna se da cuenta de que su conciencia no puede estar tranquila estando solo del lado adecuado, porque solo ha conocido la superficie de los hechos y el dolor del otro nunca la ha tocado. Así, cuando entre ellos salta la inevitable chispa que parece conducir al film hacia la clásica historia de amor de Hollywood, los dos protagonistas se encuentran en realidad obligados a afrontar la verdad de sí mismos. También en esa circunstancia, que para Anna significa contarle la verdad a su marido, y para Langston dejarla marchar y descubrir el lugar al que pertenece, su propia familia en América.

Verdad y perdón: realmente son la ocasión de una auténtica vida nueva, pero también del redescubrimiento de algo tan antiguo como el hombre. «Cuando, en el '95, Mandela y Tutu constituyeron la Comisión -escribe el crítico Michele Gottardi- tenían delante un objetivo histórico, superar más de 300 años de sumisión de los indígenas e intentar una mediación entre los diversos componentes del nuevo estado sudafricano. Pero el intento también consistió en construir un sentimiento de perdón compartido que superara el valor de catarsis propio del ubuntu de la tradición negra sudafricana, ese respeto al otro y a uno mismo que pone el acento en el reconocimiento del otro como parte de uno mismo, condición necesaria para la reconciliación». La verdadera victoria consiste justamente en esto: volver a mirar al otro como un bien.

In My Country, de John Boorman con Samuel L. Jackson, Juliette Binoche, Menzi 'Ngubs' Ngubane, Brendan Gleeson, Menzi Ngubane, Sam Ngakane, Lionel Newton, Owen Sejake