''Before This World'' de James Taylor.

El maestro retoma el camino

Walter Muto

A sus 67 años y después de un impasse creativo de más de una década, James Taylor reconoce con candidez que le interesa relativamente poco cuántas copias venderá de su nuevo trabajo. ¿Por qué entonces volver a ponerse a trabajar, tratar de buscar nuevas historias y el modo de contarlas con música, con absoluta delicadeza y poesía? Porque el corazón del hombre siempre es joven y puede fluctuar, puede retomar el camino y luego volver a caer, pero nunca dejará de sorprenderse ante la maravilla de vivir. Esto es lo que pasa en Before this world.

La gestación de este álbum no ha sido fácil. Desde 2002, Taylor prácticamente no había escrito ningún material original. Era como si la musa que le inspiró obras maestras como Mexico, You can close your eyes o Carolina in my mind lo hubiera abandonado. Entonces, hace un par de años, James pidió permiso a su mujer e hijos para aislarse por un tiempo en una chabola en la montaña, y otro periodo en una casa frente al océano, en Rhode Island. Allí, poco a poco, todo fue recuperado su forma, las historias volvieron a aparecer, y James pudo volver a esbozar su lírica y modelar sus delicados acordes. Así, en Angels of Fenway habla de su abuela, de la que heredó su pasión por el béisbol y por los Red Sox de Boston, que después de muchos años ganaron por fin el título en 2004; o de su larga dependencia de la heroína en Watchin' over me. El eco de Mexico y otras de sus canciones se percibe en Snowtime, relato de una jornada que pasó en Toronto, en diciembre, muerto de frío, y de pronto sintió que su corazón se caldeaba al escuchar la música latina que procedía de un callejón. En resumen, cosas de todos los días pero narradas como solo saben hacerlo los grandes, que saben hacer que lo cotidiano no sea banal, sino algo interesante para todos.

La realización del álbum también ha sido de andar por casa, bastante familiar. Taylor convocó en su casa a los músicos que ahora le acompañan en sus giras, como Steve Gadd, Jimmy Johnson o Mike Landau -batería, bajo y guitarra, tres de los mejores músicos americanos-, para grabar todas las canciones, con arreglos esenciales pero modelados y enriquecidos por sus maravillosos registros vocales. Algunos invitados de excepción completan la obra: el gran violonchelista YoYoMa y la voz de Sting hacen inolvidable la ya hermosísima suite compuesta por Taylor y ahora versionada como Before this world / Jolly Springtime. Este corte es seguramente una de las joyas de la corona de este álbum, también por las palabras que se unen a la música con una alquimia mágica: «Antes de que este mundo fuera como lo conocemos / antes de que la tierra y el mar estuvieran completamente formados / antes de que las estrellas fueran creadas para arder y brillar / mi pequeño amor, querida mía, / ¿quién puede fingir entender completamente, / quién puede creer saber exactamente cómo el mundo sigue girando?». El misterioso milagro de la Creación se abre paso entre las rimas y notas, y llena de conmoción a quien canta y a quien escucha, invitando a compartir esa alegría.

Pero tal vez la auténtica obra maestra de este álbum -que es memorable- sea Montana. Lo que al principio parece una simple elegía, una exaltación bucólica de lugares queridos, en realidad se convierte en la descripción de una mirada invadida una vez más por el misterio de la Creación: «¿Quién puede imaginar la fuerza que ha hecho que esta montaña se elevara en el cielo? Movimientos tectónicos, erosiones, mutaciones, todo por complacerse a los ojos de Dios». Junto a esto, la incapacidad para entender, para comprenderlo todo, y la necesidad de cosas concretas: «Basta por hoy, lo que ocupa mi mente es el trabajo de mis manos. Leña para el fuego y agua para el café, algo que yo todavía pueda entender». En todo ello, los afectos familiares se hacen indispensables, hasta el punto de que en Wild mountain thyme los que cantan con James son su mujer y su hijo.

Pocos días después de la publicación de este álbum, el Papa emérito Benedicto XVI recibió el honoris causa que le dio una ocasión para hablar de música. En su breve, incisivo y hermoso discurso citó los tres elementos que tienen que ver con la gran música, y que son el amor, el dolor y lo divino. Estas canciones llegan hasta allí: James Taylor, después de luchar contra sus dependencias, sus historias de amor y dolor, y su bloqueo para contar cosas nuevas, ha retomado el camino maestro, y nos narra un puñado de historias que tienen que ver con nosotros, a las que vale la pena dedicar un poco de tiempo, no solo para escuchar la belleza de las melodías y de los arreglos, sino también para intentar medirse con sus palabras, con los relatos que, como solo los grandes saben hacer, consiguen encajar perfecta e inseparablemente con la música, dando la impresión que no podría ser de otra manera.