Así sucedió, sin demasiadas sutilezas

Luca Marcora

«El centro es uno solo, es Jesús, Jesucristo», dijo el Papa Francisco durante la audiencia del pasado 7 de marzo: una invitación a la conversión, a volver a mirar a esa Presencia que sencillamente nos pide ocupar el centro afectivo de cada uno de nosotros. En estos días de Cuaresma, volvemos a proponer un film que ha sabido narrar de un modo auténtico y libre de todo sentimentalismo el escándalo de aquel hombre que en la historia pretendió ser Dios: El Evangelio según san Mateo, de Pier Paolo Pasolini.

La historia es conocida. El Cristo de esta película, dedicada «a la querida, alegre, familiar memoria de Juan XXIII», tiene la voz de Enrico Maria Salerno y el rostro de Enrique Irazoqui, un estudiante catalán de literatura que había ido a Roma para conocer a Pasolini y este le eligió para el papel principal debido a sus rasgos, parecidos a los cuadros de El Greco. Al salir de las salas, las reacciones a la película fueron contrapuestas. Algunos esperaban la inminente conversión de su autor, otros veían en la obra una relectura del mensaje cristiano en clave socialista, otros incluso sencillamente lo consideraron un producto ambiguo de los años del diálogo entre cristianos y marxistas.

Entre los muchos comentarios, las palabras del cineasta Leandro Castellani son las que mejor describen el intento de Pasolini de acercarse al texto del evangelista Mateo. Castellani sitúa la película en la línea de las “sacras representaciones” populares: «Entre los sinópticos, el director elige el evangelio “crónica”, el evangelio informativo, e identifica a los intérpretes y personajes entre sus contemporáneos: rostros de poetas e intelectuales, campesinos del sur, trabajadores de la periferia metropolitana, con los estigmas ostensibles de su tiempo, exponentes de esa humanidad a menudo rechazada en los márgenes de lo civil que pulula por sus novelas, como Chavales del arroyo o Una vida violenta, por sus poesías, por sus películas, empezando por Accattone. A esta gente el cineasta no les hace tanto interpretar como personalizar a las figuras de la narración evangélica, con el solo hecho de vestir sus ropas, a veces incluso “sufridas” con evidente malestar y cierto embarazo, como una especie de miseria enmascarada. Las palabras no son recitadas, declamadas, ilustradas, propuestas, sino sencillamente dichas, repetidas, como en el rito» (L. Castellani, Temi e figure del film religioso, Editrice Elle Di Ci, Turín 1994, p. 28).

Pasolini adapta su estilo al registro de la crónica que es el evangelio de Mateo, utilizando la película como un cuaderno en el que anotar los hechos que se desarrollan ante los ojos de la cámara. El inicio, una trasposición literal de los versículos 18-25, muestra a María ya encinta ante el incrédulo José, sin contextualizar después la historia. Como si dijera: «Así sucedió». O bien la secuencia del sermón de la montaña, filmada con el primer plano de Cristo en breves encuadres yuxtapuestos entre sí, aun a costa de evidentes saltos lógicos en la ambientación de fondo. «Así dijo Él», respetando plenamente la estructura de la narración evangélica, que refiere un episodio conocido que no necesita explicación ni descripción del contexto en que sucede. O más aún, al poner en escena los milagros, Pasolini representa lo extraordinario mediante la simple yuxtaposición de dos momentos, el antes y el después, limitándose a constatar el hecho prodigioso acontecido.

Esta última elección revela posteriormente la actitud de fondo del cineasta italiano al llevar a imágenes la vida de Jesús: «Yo no creo que Cristo sea hijo de Dios porque no soy creyente, al menos conscientemente. Pero creo que Cristo es divino: creo por tanto que en él la humanidad es tan alta, vigorosa, ideal, que va más allá de los términos comunes en la humanidad». El intelectual marxista y no creyente no consigue comprender la dinámica de los acontecimientos narrados por Mateo. Sin embargo, no puede dejar de constatar y narrar que en un cierto punto de la historia llegó un Hombre que dijo ser Dios, que vivió y murió, y de cuya resurrección ha llegado el anuncio hasta nosotros. Como hemos oído estos días a quien siempre indicó Quién debe ser el verdadero centro de nuestra vida: «Amigos, esto, sin muchas sutilezas, es lo que sucedió».

El Evangelio según san Mateo (IT/FR 1964) de Pier Paolo Pasolini
con Enrique Irazoqui, Margherita Caruso, Susanna Pasolini, Mario Socrate, Settimio Di Porto, Otello Sestili