Jacques Derrida.

Menos mal que existe lo imposible

Mattia Ferraresi

Jacques Derrida decía que lo imposible es salir de lo posible. No una negación sino una introducción, una hipótesis de liberación de todos los intentos de agarrar lo imposible con las sogas de la programación y de lo previsible. Sobre el tema de lo imposible, el filósofo Silvano Petrosino, profesor de Teoría de la Comunicación y Filosofía Moral en la Universidad Católica de Milán, vuelve de manera cíclica en sus reflexiones, y con motivo del décimo aniversario de la muerte del filósofo francés ha publicado en Avvenire un texto donde no solo reivindica la legitimidad de su discurso dentro del panorama de la racionalidad –circunstancia negada por los críticos que redujeron al filósofo de la diferencia a un malabarista de los conceptos, un apátrida en la ciudad de la razón– sino que destaca su pertinencia «sobre todo hoy, en un mundo dominado por los “protocolos”», donde «a menudo nos hacemos insensibles ante la sorpresa de un posible que ya únicamente pensamos a través del cálculo y la previsión».
Hay modelos matemáticos que prevén la difusión de los movimientos revolucionarios, el resultado de las elecciones, los cambios de la opinión pública sobre el matrimonio o la comida biológica; la ciencia conductual dirige las decisiones de los consumidores hacia opciones más eficientes, sofisticados algoritmos nos sugieren con quién estrechar amistades, qué grupos de música escuchar, a quién invitar a cenar, qué pedir, qué camino tomar para no encontrar atascos, la intrusiva tecnología conocida como “big data” tiene un modelo para explicar y prever cualquier fenómeno. Si para algo no existe es porque aún no ha sido puesta a punto, solo es cuestión de tiempo. Según Christian Rudder, fundador de una de las web de contactos más populares, OkCupid, «los datos hoy pueden mostrarnos cómo luchamos, cómo amamos, cómo envejecemos, quiénes somos y cómo cambiamos. Todo lo que tenemos que hacer es observar». En un mundo como este, lo imposible de Derrida es impensable, y quizás también inútil. Salir de lo posible no ha lugar, es una opción en paro, y el análisis de los datos de desempleo nos podrá explicar exactamente por qué motivo.
Petrosino nos explica en esta entrevista que la reflexión de Derrida sobre lo imposible es esencial para volver a descubrir que en el fondo de la experiencia humana hay algo que no se puede reducir a ningún intento de programación.

Empecemos por el principio. ¿Qué entiende Derrida por “imposible”?
Lo imposible, obviamente, aquí no se entiende como algo que no se puede hacer. Beberse el mar es imposible, sin duda, pero Derrida no habla de esto. La figura de lo imposible coincide con lo que no es fruto de una deducción, con lo imprevisible. Y eso es particularmente interesante en una sociedad que no solo está dominada por la tecnología sino que también ha desarrollado ciertas ciencias, como por ejemplo la estadística o ciertos ámbitos de la matemática, hasta el punto de generar la ilusión de que es posible una previsión total. Es una pretensión muy seria. Ante las explicaciones estadísticas, antes se decía que más allá de un cierto límite no se podía llegar a calcular las decisiones de las personas. Ahora se hace exactamente eso. Y se piensa que se puede hacer porque tenemos ordenadores lo suficientemente potentes como para trabajar con una cantidad de datos enorme.

¿De qué modo la filosofía de lo imposible pone en crisis esta impostación?
La filosofía siempre confirma la idea de un residuo, es decir, que existo eso que en términos socráticos podemos definir como un no saber esencial. Afirma que existe algo ignoto que no se puede reducir a lo que todavía no conocemos. Porque si lo ignoto solo fuera pura negatividad, los ordenadores llegado un cierto punto lo descubrirían, lo harían conocido. Yo lo digo con un eslogan: existe el otro. Hay algo que no se puede reducir a ti mismo ni a tus cálculos. Un mundo donde todo se puede reducir a nuestros cálculos es un mundo cerrado, completo, representado por la figura perfecta y limitada del círculo. Pero el círculo no es el símbolo del hombre; el hombre es una recta, una trayectoria.

Pero en la realidad hay evidencias de una dimensión irreductible de la experiencia.
Sin duda. Heidegger dice que el hombre es “lanzado” a la existencia sin saber por qué. La huella de esta dimensión ignota, ulterior, siempre se ha reconocido al nivel del nacimiento y de la muerte, precisamente por ello la ciencia trata de manipular estos dos aspectos. Pero hay otros que se descartan o se reducen. El enamoramiento y el asombro, por ejemplo, porque nadie puede decidir enamorarse de una persona o asombrarse ante algo. La otra figura que se nos escapa es la del loco, que en la tradición siempre es un hombre de Dios. El psicoanálisis de verdad tenía en cuenta este vínculo entre locura y divinidad, pero ahora el psicoanálisis ha sido reemplazado por los fármacos, que inhiben los síntomas de la locura, la circunscriben, la mantienen bajo control.

¿Cuáles son las consecuencias existenciales de la pretensión de eliminar el “residuo” que la filosofía confirma?
Se elimina la dimensión dramática del vivir. Se glorifica la espontaneidad, pero siempre una espontaneidad medida, controlada, sin excesos. Roland Barthes decía que vivimos en la sociedad del “to like” y no en la del “to love”. Este es el principio: tú renuncia a tu verdadero deseo y serás resarcido con un goce medio pero seguro. Es la misma lógica del totalitarismo: renuncia a la libertad y a cambio obtendrás la seguridad y un cierto grado de placer, pero siempre controlado, previsible.