Escena de "Un lugar donde quedarse".

¿Qué cuenta el cine sobre la familia?

Luca Marcora

En 2012, con motivo del VII Encuentro mundial de las familias, la diócesis de Milán y el Pontificio Consejo para la Familia propusieron la proyección de una serie de películas como ocasión para profundizar y debatir. Obras casi siempre problemáticas, que suscitaron algunas reacciones abiertamente negativas: «Este film no habla de familia, lo que propone no se puede plantear como modelo de familia», fue una de las objeciones más habituales que se escucharon en estos cine-forum.

La visión de estas películas no pretendía indicar un modelo concreto al que imitar sino sobre todo mostrar un dato: que hoy la identidad de la familia está dramáticamente en crisis. Y el cine, con su mirada hacia la realidad, no podía dejar de interceptar esa profunda mutación social. ¿Qué es lo que cuentan estas películas y por qué es útil verlas? Coincidiendo con la celebración del Sínodo de la familia, retomamos dos de ellas y proponemos verlas llevando en el corazón la invitación del Papa Francisco a ir hacia las periferias del mundo y de la existencia.

Un lugar donde quedarse (Away we go, 2009), dirigida por aquel Sam Mendes que en el año 2000 destrozó la familia media americana con American Beauty y que aquí presente la historia de una pareja en crisis con un embarazo inesperado. John (Burt Farlander) y Maya (Verona de Tessant) inician un viaje en busca del mejor lugar donde criar a su hija pero solo se encuentra con situaciones grotescas. En un principio, los padres de él no les acogen porque están a punto de hacer un viaje a Europa que llevan mucho tiempo posponiendo, un capricho evidentemente más importante que el nacimiento de la nieta. No les va mejor en los encuentros sucesivos: entre parejas más o menos abiertas, más o menos aparentemente felices, los protagonistas se ven obligados a preguntarse qué significa dar vida a una nueva criatura a la que criar y educar juntos, en un mundo que parece poblado tan solo por gente inmadura.

En un mundo mejor (Hævnen, 2010) de Susanne Bier narra la difícil adolescencia de Christian (William Jøhnk Nielsen), que tiene una relación tensa y conflictiva con su padre, al que considera responsable de la prematura muerte de su madre, y Elias (Markus Rygaard), hijo de un “médico sin fronteras”, siempre comprometido en algún país del mundo, en proceso de separación de su esposa. Dos soledades que se encuentran en una amistad dramática, donde el vacío educativo que han dejado los adultos hará estallar el dolor y la rabia de estos chicos abandonados a sí mismos.

Estas dos películas, dos ejemplos entre otros muchos posibles, ciertamente no hablan de la “familia modelo” ni de sus valores tradicionales. Pero hablan de una grave dificultad a la hora de enfocar su identidad: ¿qué es una familia? ¿En torno a qué se puede construir?

En Un lugar donde quedarse, emerge entre los protagonistas el deseo de una unidad, aunque con unos contornos un tanto confusos, pero que se traduce en la necesidad concreta de un espacio, un lugar físico hecho de personas junto a las cuales poder construir esta unidad. En un mundo mejor muestra en cambio los vacíos que demasiado a menudo se sufren en esos lugares: la paternidad ausente, la dramática falta de los padres pone de manifiesto la necesidad urgente de figuras verdaderamente adultas, capaces de generar ese lugar en el que una familia puede nacer y desarrollar su papel educativo.

Dice el Papa Francisco en su mensaje al Meeting de Rímini: «Un mundo en tan rápida transformación requiere de los cristianos que estén disponibles para buscar formas o modos para comunicar con un lenguaje comprensible la novedad perenne del cristianismo. También para esto hace falta ser realistas. “Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino”». Ese es el valor de películas como estas.

El cine narra la realidad de nuestro tiempo, registrando la crisis de identidad del hombre moderno, pero no faltan los enfoques positivos, aun pequeños y frágiles, sobre los cuales poder volver a empezar y construir algo. Partiendo precisamente de estas preguntas apenas planteadas, es posible comenzar ese diálogo auspiciado por el Papa para anunciar al mundo la gran novedad del hecho cristiano.