Martin Parr.

MARTIN PARR. Clase Kitsch

Luca Fiore

Cuando en 1986 la Serpentine Gallery de Londres mostró por primera vez las imágenes de The Last Resort, supuso un shock para la crítica y para el público. «Martin Parr retrata lo peor de las personas», escribió el crítico David Lee en Art Review: «Comen y beben ansiosamente comida basura, tirando los envases y los envoltorios de una forma capaz de poner en crisis la conciencia liberal. Nuestra histórica clase obrera, normalmente retratada con magnanimidad, se convierte en el objetivo de un público más sofisticado. Aparecen gordos, torpes, sin estilo, soporíferamente conformistas e incapaces de afirmar ningún tipo de identidad individual. Llevan ropa de mercadillo y, al más puro estilo conservador, se muestran resignados a su mísero destino. Sólo los bebés y los niños sobreviven al ridículo y en muchas de las imágenes es su presencia la que da a la desesperada visión de Parr un toque de poesía». Robert Morris, en las columnas del British Journal of Photography, afirmaba en cambio: «Es un mundo de pesadilla, viscoso y claustrofóbico, donde la gente aparece inmersa entre bolsas de patatas, nadando en pozas negras y contaminadas, escrutando un sombrío horizonte de degradación urbana».
En 2008, más de veinte años después, el Guardian incluía The Last Resort en la lista de las “Mil obras de arte que hay que ver antes de morir”: «La serie de fotografías de New Brighton, una localidad costera degradada en el Wirral (una península al noreste de Inglaterra, ndr), se muestra hoy llena de humor comprometido y apasionado, y saca a la luz los recesos de la clase obrera británica, recordándonos hasta qué punto resultaban (y resultan) extraños para la fotografía artística».

Martin Parr nació en 1952 en Epsom, un suburbio al sur de Londres. Estudió fotografía en el Politécnico de Manchester y con The Last Resort se enfrenta, a los 34 años, a su primera gran exposición. En sus ojos lleva las imágenes de los pioneros de la fotografía en color, William Eggleston, Stephen Shore y Joel Meyerowitz. Se hizo con su Makina Plaubel 6x7 y se fue a New Brighton para contar las vacaciones de los ingleses. Niños manchados de helado, una chica que aprieta con fuerza el dispensador del ketchup, paseos, baños de multitudes y días de sol en la piscina. Parr usa el flash también de día para exaltar los colores y anular las sombras en los rostros. La primera impresión es que son imágenes improvisadas, descuidadas. Pero aunque pueden ser improvisados y descuidados los sujetos, la atención a la composición es máxima. El objetivo no tiene miedo de la complejidad visual y juega con la riqueza de los detalles. Un tono rojo, la posición de un brazo, un traje de baño… para que coincida con la lata de Coca-Cola. El fotógrafo no quiere encontrar el orden en el caos sino representar el desorden tal como es.
«La mayor parte de los fotógrafos están muy unidos a situaciones exóticas y a personas que se encuentran en circunstancias extremas y dramáticas», declaró Parr en una entrevista con Martin Gayford: «Pero creo que la vida ordinaria es mucho más interesante de lo que piensa la gente. La familiaridad tiende a suscitar desprecio, pero un supermercado o un centro comercial pueden ser lugares verdaderamente extraordinarios».

En 1994, el debate interno en la Magnum Photos, con motivo de su candidatura para entrar en el club, se recuerda como la controversia interna más áspera de la historia de la agencia cooperativa fundada por Robert Capa y Henri Cartier-Bresson. «Fui uno de los primeros en romper esa tradición humanística arraigada en la anterior generación de fotógrafos. Alguno me definió como aprovechado, cínico, incluso fascista». El propio Cartier-Bresson dijo de él que venía de otro planeta. Las reglas de la agencia establecían que los miembros votaran por mayoría la aceptación de los candidatos y a Parr le encanta recordar que los votos a favor fueron el 66,6 por ciento: «En política eso se considera un éxito arrollador...».

Entre 1995 y 1999 el fotógrafo británico trabajó en Common Sense, que entró en el Guinness porque se expuso simultáneamente en 40 lugares de 17 países distintos. Son imágenes que retratan pequeños objetos de la cultura de consumo y fragmentos que muestran cómo se divierte la gente común. Detalles en la ropa y accesorios vistosos, rostros de mujer llenos de maquillaje, pilas de objetos en las tiendas para turistas, pastelerías, sex shop y tiendas de segunda mano. El fast food es un tema recurrente: las manos sucias de un niño que estruja un donut gigante, platos rebosantes de salchichas y huevos fritos o copas llenas de helado; una mujer con sobrepeso que sujeta un billete de cien dólares entre los dientes. Es la cultura del usar y tirar. El mundo pop antes de que se convirtiera en “icono” en manos de Andy Warhol. Nacen así, entre otras, Home and Abroad de 1993, Small World de 1995, Think of England de 2000 y Luxury de 2009.
La búsqueda de Parr comienza en el mundo que le rodea, el inglés, y luego se amplía desde el Medio Oeste de los Estados Unidos hasta el Extremo Oriente pasando por Europa. Uno de los temas de la cultura pop, de hecho, es el turismo, y Parr muestra las paradojas visuales de la clase media cuando está de vacaciones. Una de las imágenes símbolo es la de gente posando delante de la Torre de Pisa mientras fingen sostener la torre inclinada. Fotografía a los turistas que se hacen fotografías. En el turista de camiseta y bermudas, el ojo de Parr ve una parte de sí mismo, y en el fondo también de nosotros, que miramos su trabajo. ¿Quién no se ha hecho nunca fotos delante de un monumento? ¿Quién tiene la certeza de no haberse vestido alguna vez de manera un tanto ridícula? ¿Y la comida basura? ¿Acaso comemos siempre y sólo la comida recomendada? Es imposible ser irónicos sin conocer, y en cierto modo amar, el objeto de la propia ironía.

Las imágenes de Parr ponen en escena la globalización del mal gusto, voluntario o involuntario. Sin embargo, la crítica al espíritu británico es muy fuerte: «Entro en lucha cuando pienso en Inglaterra. Por un lado siento un gran afecto por cosas como las tradicionales English summer fête (festivales veraniegos; ndr). No puede haber nada más agradable, o más inglés, que tomar el té por la tarde en un pequeño pueblo de Dorset. Pero esas mismas personas que se juntan tienen opiniones intolerantes sobre Europa, que es lo que más me cabrea de la Gran Bretaña contemporánea. Yo soy un moderado de izquierdas, pero no hay nada más agradable que encontrarse con un tory. Aunque pensando en general, creo que hay algo equivocado. Mis sentimientos hacia la Gran Bretaña son una mezcla de afecto y preocupación. Con mi trabajo estoy tratando de expresar esta ambigüedad».

La inquietud que mueve el objetivo de Parr se expresa paradójicamente de un modo jocoso y divertido, como si dijera: nosotros somos esto, somos nuestros fracasos, pero no sólo somos estas cosas. «Tengo la sensación de que cuando cuentas historias tristes y deprimentes nadie te escucha», dijo en una entrevista con Quentin Bajac: «Por eso mis fotografías son alegres y llenas de color, accesibles, espero, porque quiero hacer partícipe al espectador, no quiero aburrirlo, quiero hacerle entrar en lo que yo hago, que así podrá tener una lectura más amplia. No espero que mi fotografía consiga cambiar algo, sería muy ingenuo por mi parte, antes la gente lo decía, ahora ya no». Esta ligereza, que nunca fue tal, sobre todo en los primeros años, y esta decepción por las consecuencias sociales del propio trabajo son lo que le diferencia del prototipo del “fotógrafo humanista” creado por la escuela Magnum, donde predomina una fuerte connotación ética que pretende contribuir a la solución mediante la denuncia de las injusticias sociales.

Sin embargo, es imposible pensar en Martin Parr fuera de la tradición de la fotografía documental. Ni desde el punto de vista temático, ni desde el punto de vista técnico. Las novedades y extravagancias crecen por encima de la aceptación de la gran tradición del fotoperiodismo. Pero ni las excentricidades ni la tradición bastan, normalmente, para explicar cómo nace una gran fotografía: «En la inmensa mayoría de los casos, cuando alguien mira al objetivo y es consciente de tu presencia, la foto no funciona. A veces sí. Lo hermoso de la fotografía es que existen todas estas reglas que en general son más que adecuadas pero que, en ciertos casos, se pueden infringir y la fotografía funciona, y tú no sabes por qué, o viceversa. Y das gracias a Dios, de otro modo, ¿qué gusto tendría ser fotógrafo? Tengo una idea bastante clara de cómo hacer una buena foto, pero obviamente las sorpresas nunca faltan, porque hay fotografías que nacen de la nada e inmediatamente funcionan, nunca entiendo por qué. Por eso sigo haciendo fotos, para intentar entender, para seguir buscando y captar ese espíritu».