Portada del DVD "La gran ilusión".

Al otro lado de la trinchera: hombres

Luca Marcora

La gran ilusión es un film que habla de la guerra sin mostrarla directamente. El director Jean Renoir (1894-1979), hijo del pintor impresionista Pierre-Auguste, cuenta así la génesis de este film, considerado hoy entre lo mejor del cine mundial: «La mía era una banal historia de evasión. Una de las razones que me animó a hacer de esta historia una película fue mi irritación al ver cómo eran tratados la mayoría de los sujetos implicados en una guerra. ¡Figuraos! La guerra, el heroísmo, las estrellas, las cruces, las trincheras, todo un abanico de motivos al uso y estereotipos de lo más penoso. O bien se profundizaba en el drama y no se salía nunca del fango, que era igualmente una exageración, o la guerra se convertía en un escenario de opereta».

Boëldieu y Maréchal son abatidos mientras vuelan y se convierten en prisioneros de los alemanes. Pero esta escena no se ve. Renoir sencillamente la omite; la cámara les deja en el punto de partida y los muestra en una mesa con el alemán Von Rauffenstein, que les trata con el respeto debido a los militares de la misma graduación. Una escena inicial sorprendente: ¿la guerra no debía hacerse entre enemigos enfrentados y movidos únicamente por el odio mutuo?

Renoir responde que no, y lo afirma una y otra vez durante toda la película. En el campo de prisioneros, franceses, alemanes e ingleses, prisioneros y carceleros muestran su humanidad, hecha de amistad y de convivencia. Sin olvidar que están en guerra: no faltan intentos de huida, revueltas bajo las notas de la Marsellesa en cada victoria francesa y las consiguientes represiones para mantener el campo en paz. Pero lo que nunca se pierde es la conciencia de estar, ante todo, delante de hombres. Afirma Renoir: «Los personajes de La gran ilusión son la réplica exacta de cómo éramos nosotros, la “generación del 14”. Yo era oficial durante la Gran Guerra y conservo un vivo recuerdo de mis compañeros. No nos animaba ningún odio hacia nuestros enemigos. Eran buenos alemanes, igual que nosotros éramos buenos franceses». Todo el film no es otra cosa que un ardiente llamamiento a superar las divisiones para salir al encuentro del otro, para construir junto a él un mundo sin guerra, fundado sobre un humanismo auténtico.

Este mundo, cuando se realizó la película, ya estaba irremediablemente acabado. La figura de Von Rauffenstein, reducto de un mundo pasado, encerrado en su busto de hierro para poder mantenerse en pie, se convierte en símbolo del crepúsculo del siglo XX, con todos sus valores e ideales, por los que incluso el enemigo era en primer lugar un hombre al que honrar. Y hasta del cual se podía llegar a ser amigo, fuera de las rígidas reglas de la guerra. Pero en 1937 los tiempos habían cambiado profundamente: nuevos vientos de guerra se alzaban en la Alemania nazi, el odio había ocupado el lugar del honor y el enemigo se había convertido en un obstáculo que había que eliminar lo antes posible. Una nueva “gran ilusión” atenazaba Europa y el mundo.

La gran ilusión (La grande illusion, FR 1937) de Jean Renoir
con Jean Gabin, Dita Parlo, Pierre Fresnay Erich von Stroheim, Marcel Dalio, Julien Carette, Georges Péclet, Werner Florian, Jean Dasté, Sylvain Itkine, Gaston Modot