El levantamiento (Cristiada, 2ª parte)

Pablo Mijangos y Franco Cinello

En 1927, México vivía una situación crítica provocada por los sucesivos ataques que desde el gobierno de la nación se lanzaban contra la esencia de su identidad. Todo un pueblo, unido por un mismo grito: “¡Viva Cristo Rey!”, se levantó en armas contra el poder.
Al tiempo en que Calles esperaba suprimir el “fanatismo” del pueblo cortándolo de raíz, un sector del pueblo en el occidente de México se levanta en armas. La “causa” era clara: luchaban por la apertura de cultos, por la religión y su libertad. La rebelión militar, iniciada el 1° de enero de 1927, consiguió arraigar en Zacatecas, Jalisco, Colima, Nayarit, Michoacán, Querétaro y Guanajuato, zona desde la cual se expandió a los alrededores y a centros más alejados. La sublevación fue masiva y unánime en todos los pueblos y rancherías de la región. Sin embargo, y pese a las primeras derrotas infringidas al movimiento, los militares no tenían los medios para lograr su objetivo de vencer a los sublevados. La represión y la búsqueda de una solución militar al conflicto echaban leña al fuego y propagaban la insurrección por las cuatro esquinas de la meseta central. Enfurecido por una represión sangrienta y por una verdadera persecución religiosa - todo sacerdote capturado en los campos era fusilado, todo acto religioso se consideraba un delito que podía castigarse con la muerte -, el pueblo se lanza activamente a la lucha, directa o indirectamente. Por cada cristero combatiente, “bravo”, hay 9 pacíficos, “mansos”.

El jefe
En poco tiempo los combatientes levantados en enero de 1927 se convierten en guerrilleros. A principios de julio de 1927, eran ya 20,000, operando espontáneamente y sin organización. México tiene entonces 15 millones de habitantes en 2 millones de kilómetros cuadrados y un ejército de 50 a 70 mil hombres. Armados con fusiles tomados al enemigo, bien montados y siempre escasos de municiones, en su movimiento es notoria la ausencia de un jefe que les diera su nombre (no como ocurriera con Zapata y los zapatistas o Villa y los villistas). Aquellos insurgentes se llamaban al principio los “populares” o también los “defensores” o los “liberadores”; después los soldados del gobierno les dieron un mote que pasó a la historia. Como atacaban y morían ante el pelotón de ejecución al grito de ¡Viva Cristo Rey!, los llamaron Cristo-Reyes y después cristeros. Así fue como el ejército reconoció al jefe de esos insurgentes indomables.

Un pueblo en lucha
Durante todo el conflicto, los cristeros consiguieron conducir un movimiento sin cuadros exteriores e imaginaron un programa político en el seno de un pueblo. El cambio que el pueblo propugnaba se parecía poco a aquel que soñaba para él la “vanguardia” que imponía, haciendo uso de la fuerza, su revolución, su aculturación. Frente al anticlericalismo radical de los triunfadores de la “Revolución Mexicana”, el pueblo tomó las armas para defenderse. El ejercito estaba integrado hasta por mujeres y niños, movilizados en el aprovisionamiento, los contactos y la información, y condujo su combate bajo todos los frentes: producción, educación, moralización, salud, religión.
Un pueblo humilde, a menudo engañado por un poder que en vez de servirlo persigue sus propios intereses, pobre, pero decidido a salvar su dignidad. Todo se le pudo robar, pero no su pertenencia. A mediados de 1927, Luis Gutiérrez decía: «No queríamos abandonar la Iglesia en manos de los militares. ¿Qué haríamos sin ella, sin sus fiestas, sin sus imágenes, pues escuchaban pacientes los lamentos? El Gobierno nos quitó todo, nuestro maicito, nuestras pasturas, nuestros animalitos, y como si le pareciera poco, quiere que vivamos como animales, sin religión y sin Dios. Pero esto último no lo verán sus ojos, porque cada vez que se ofrezca hemos de gritar de a de veras: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva la unión popular!».

Guerrillas
El delegado apostólico Leopoldo Ruiz y Flores señalaba la falta de unidad bajo un solo mando y de un líder para el levantamiento. En 1928, Enrique Gorostieta, militar de carrera que había servido en el ejército federal bajo el presidente Huertas, personaje bastante misterioso, liberal y masón, adoptó la causa de los cristeros a pesar de no compartir su fe. Tras una eficaz campaña en los seis estados del centro-oeste, Gorostieta dio a conocer su plan de Los Altos el 28 de octubre de 1928, el día de la fiesta de Cristo Rey, en el que aceptaba el cargo de jefe militar del movimiento libertador. Su intención era devolver la libertad al pueblo mexicano y lograr la reconstrucción política de la nación, apoyándose en el texto original de la Constitución de 1857 sin las Leyes de Reforma. Enseguida se consolidó como jefe nacional de la insurrección y en poco tiempo se volvió un ejecutante notable de la guerra de guerrillas, que caracterizaría a la contienda. Tenía confianza en los “libertadores” y en el apoyo de todos los mexicanos, a quienes invitaba a unirse a la lucha que llevaría como lema “Dios, Patria y Libertad”.
A mediados de 1928, dos años después de los inicios de la crisis, los cristeros no podían ser ya vencidos militarmente; y el gobierno menos todavía. Sostenido por Estados Unidos, que no podían permitirse la perspectiva de un vacío político en un país difícilmente estabilizado desde 1920, después de diez años de disturbios, dueño de las ciudades, de las vías férreas y de las fronteras, el presidente Calles resistía bien. La Iglesia Católica esperaba pacientemente, pues en otoño el general Obregón sucedería a Calles y ya se habían entablado negociaciones con él. Sin embargo, tras su reelección en julio de 1928, que no fue más que una formalidad - de ningún modo democrática -, fue asesinado por un joven católico, José de León Toral.

Un acuerdo necesario
La desaparición de Obregón pospuso un acuerdo casi concluido entre el Estado y la Iglesia. Entre tanto, la división creciente entre las facciones obregonistas y callistas desembocaría en un golpe militar pronto aplastado con el apoyo de Estados Unidos, acontecimiento que jugaría en favor de los cristeros. A principios de 1929, ya eran los propios senadores quienes se alarmaban e interpelaban al gobierno: «Hace ya dos años que combatimos a estos hombres y no hemos para nada acabado con ellos. ¿Será que nuestros soldados no saben combatir a los campesinos o que no se quiere terminar con la rebelión? ¡Entonces que se hable de una vez por todas y dejemos de echar aceite sobre el fuego! ¡No olviden que con tres estados más que se levanten de veras... cuidado con el poder público, señores!», exclamaba el senador Lauro Caloca, del estado de Zacatecas (13 de febrero de 1929). El cónsul norteamericano en Guadalajara, capital del occidente del país, en plena zona cristera, planteaba claramente el problema: «Es enteramente improbable que se logre la pacificación, a despecho de todos los esfuerzos del presidente y de los militares, antes de que se solucione la cuestión religiosa». Y su embajador Dwight Morrow, amigo personal de Calles, anotaba el 3 de mayo de 1929 que «si el gobierno no llega a un acuerdo con la Iglesia que permita la reanudación del culto, toda perspectiva de regreso a la normalidad está muy alejada».