Sabino Cassese

Sabino Cassese:«La política, entre incertidumbre y anticuerpos»

«Nos hemos convertido en rostros en la multitud, no en una comunidad». El jurista Sabino Cassese explica por qué, entre la niebla de este momento político, hay un 69% que puede marcar la diferencia. De Huellas de Febrero
Maurizio Crippa

Jurista de fama internacional, juez emérito del Tribunal Constitucional, gran experto de la administración pública (esa “máquina infernal” a la que tantos ciudadanos atacan, alimentando a veces una visión populista y justicialista), Sabino Cassese, 82 años, es sobre todo un ciudadano apasionado.

Ciudadano del mundo, pero íntimamente italiano. Uno de los pocos, y entre los más lúcidos, en defender con buenas razones una democracia hecha de partidos y representación en un tiempo en el que muchos prefieren jugar al “cuanto peor, mejor”. Una democracia hecha de Parlamento e instituciones, pero también de pueblo y de convivencia civil. Y lo hace, entre otras cosas, desde su columna en el Corriere della Sera y en múltiples entrevistas en el diario Il Foglio, así como en otras cabeceras nacionales. Le hemos pedido que juzgue el momento político actual, sus riesgos y oportunidades, y sobre todo una idea de qué implica,hoy y para todos, comprometerse por el bien común.


Profesor, ¿qué impresión tiene hasta ahora la campaña electoral italiana? Demasiadas veces esta circunstancia coincide con el momento en que la política ofrece su peor cara, una carrera hacia la deslegitimación mutua en vez de una confrontación entre programas y cómo llevarlos a cabo. ¿Depende solo de nuestro modelo político, o es un síntoma de algo más profundo?

En esta fase preelectoral se registran falta de objetivos, valores y programas, “desconexión” de la realidad y promesas fáciles. Todas señales de una incertidumbre. Las fuerzas políticas no saben medir su apoyo electoral, no saben a qué electorado apelar, dada su movilidad (que se corresponde con la “licuación” de los partidos), no tienen dirigentes colegiados que discutan. De ahí esta situación dominada por las ambigüedades. Existe ciertamente una censura respecto a la partitocracia, ese régimen que ha dominado durante cincuenta años la vida política italiana, con el multipartidismo, con gobiernos débiles y transeúntes, pero también con un partido bisagra, la DC, y su capacidad de ampliar el consenso, primero con el centro-izquierda (desde 1962) y luego con la política de Solidaridad Nacional, gracias a políticos como Gronchi y Aldo Moro.

Palazzo Montecitorio

Muchos observadores ven en peligro los fundamentos mismos de la democracia. Hay partidos que quieren abolir la democracia representativa. Pero no solo eso. Parece que se han perdido los motivos de fondo del vivir en común. En la presentación en Roma del libro de Julián Carrón Dov’è Dio?, usted mismo planteó la gran «cuestión de las fuerzas unificadoras » y los «presupuestos que el Estado liberal no puede garantizar por sí mismo». ¿Contamos con los anticuerpos necesarios para afrontar esta crisis? ¿Cuáles son?
Partamos del diagnóstico. Domina el mito de que la democracia directa es más democrática que la delegada o representativa, la representación actual es débil y está deslegitimada, falta un diálogo entre el pueblo y la élite o clase dirigente, los canales de transmisión tradicionales (partidos y sindicatos) están en crisis (actualmente los afiliados a los partidos son menos de una cuarta parte que hace setenta años), se ha difundido la idea de que democracia es solo electoralismo, mientras que democracia también puede decir poliarquía (gobierno de varias personas de idéntico rango, ndt), pluralismo, epistocracia (un sistema de votación en que se otorga mayor valor a los votos de quienes pueden probar su conocimiento del sistema económico-político-social, ndt). Todo ello revela una debilidad en los fundamentos, constituidos por lo que llamamos valores o principios. De modo que todo acaba en una niebla indistinta donde solo vale la regla “uno vale uno”. Los anticuerpos son muchos. Uno es el pluralismo, que forma parte de la tradición de las fuerzas que se opusieron al Estado en su fase de crecimiento, socialismo y movimiento popular. Otro es el disenso organizado o –si se prefiere– la existencia de countervailing powers, los llamados “poderes compensatorios”.

¿Puede ser que el mundo se esté volviendo demasiado complejo para los instrumentos de los que dispone hoy la política? Usted ha dicho muchas veces que, incluso para acabar con protestas estériles o antidemocráticas, haría falta una mejor “política deliberativa”, que sepa decidir mejor y más deprisa. En cambio parecen prevalecer los “atajos” del populismo o del personalismo, y aparecen líderes muy poco preparados, ¿por qué?
Faltan lugares de preparación, de formación y debate. Cuando había que preparar la Constitución, las fuerzas políticas, los hombres de la cultura, los intelectuales, se reunían para ir preparando el terreno, aclarar ideas. Pensemos en el Código de Camaldoli, fruto del trabajo de los intelectuales católicos sobre la Constitución. Hoy se cree que la gestión colectiva, el cuidado del bien común, es algo accesible a cualquiera, que se puede abordar sin preparación alguna. Del fontanero esperamos que sepa arreglar el grifo que gotea, pero al político no le preguntamos si sabe hacer su trabajo, que es mucho más complicado.

Hoy se cree que la gestión colectiva, el cuidado del bien común, es algo accesible a cualquiera, que se puede abordar sin preparación alguna.

Hay un tema decisivo y cada vez más evidente: la desafección de los jóvenes hacia el compromiso político e incluso hacia el voto. También ha hablado de esto el presidente de la República, Sergio Mattarella. ¿Qué le diría a un joven para animarle a dedicarse a la cosa pública?
La política es ante todo un asunto de la “polis”, de la comunidad. Por tanto, no hay que dirigirse a los individuos sino a los grupos. Si están estudiando, les diría: ¿te preocupa tu escuela?, ¿quieres hacer algo para mejorarla?, ¿quieres colaborar para mantenerla limpia?, ¿quieres reunirte con tus amigos y pensar juntos sugerencias para el jefe de estudios, o para los profesores? Y lo mismo con tu barrio, tu ciudad, el país donde vives.

¿Cómo explicaría a un joven qué es el bien común? ¿Qué ejemplos le pondría?
El bien común es algo que nos toca a todos, partiendo de las condiciones materiales de la vida. Si la escuela está sucia, ¿quieres limpiarla? Si un compañero tiene una dificultad, ¿quieres intentar ayudarle?

Senado

El Papa Francisco, en su precioso discurso de octubre en Cesena, hizo un elogio de la «plaza» como «lugar emblemático» donde «se “amasa” el bien común». Hoy la “plaza mediática” se ha convertido en sinónimo de gritos y enfrentamientos. Pero es más bien el lugar por excelencia del diálogo, de la democracia, de la elección, del compromiso positivo. ¿Le convence esta visión del Papa?
La plaza es la metáfora de nuestro vivir en común. Quiere decir vivir con otros, colectividad, amor por la cooperación, sentido del deber con el resto del mundo, voluntariado. Eso es lo que nos falta porque, como profetizó un sociólogo hace más de medio siglo, nos hemos convertido en “rostros en la multitud”, dejando de ser una comunidad, una sociedad.

El Papa habla también del político como “mártir”, porque a veces debe poner en discusión y dejar sus ideas por un objetivo compartido, ¿qué le sugiere esta afirmación?

Como decía, política significa compromiso colectivo, mientras que hoy se ve más bien como algo “sucio”. Está claro que también hay ambiciones individuales, pero se mezclan con el deseo de ser útiles para los demás.

Ya que hemos tocado este tema, también a la luz de su experiencia, ¿sigue existiendo una contribución “específica” que los católicos podamos ofrecer a la vida pública?
En el mundo católico existe un bien que no debe desaparecer y que puede ser fecundo para el resto de la sociedad: el sentido de comunidad. Ecclesia es la asamblea del pueblo. Pues bien, eso es lo que falta cada vez más. Hay jóvenes solos, ancianos solos, adultos solos. La ecclesia une de tal manera que va más allá de los vínculos funcionales o estrictamente profesionales. Y luego hay una actitud negativa respecto al trabajo. ¿Ha notado la importancia que se le da en el espacio común al tema de las pensiones, es decir, al no trabajo? Creo que este es uno de los fenómenos más preocupantes. Constituye un palo en la rueda para el avance del país porque hace que la economía sea menos productiva, pero también representa un aspecto negativo desde el punto de vista social, porque una mujer o un hombre que trabajan están comprometidos en la sociedad y con la sociedad. A la gran masa de pensionistas que no hacen nada les diría: daos a conocer a aquellos que os rodean. ¿Por qué en muchos otros países se ve a simpáticos ancianos que por la mañana están en la puerta de las escuelas regulando el tráfico, asegurándose de que los niños crucen la calle sin peligro? ¿Acaso esto no es un símbolo de compromiso social, que contrasta con el egoísmo del jubilado que considera que ya ha dado lo que tenía que dar y ahora solo espera recibir? Precisamente el sentido comunitario de la tradición cristiana podría contribuir a desacreditar esto, que llamaría “ideal del no trabajo”, porque el trabajo es ante todo una contribución que ofrecemos a nuestra comunidad.

En el mundo católico existe un bien que no debe desaparecer y que puede ser fecundo para el resto de la sociedad: el sentido de comunidad. Ecclesia es la asamblea del pueblo. Pues bien, eso es lo que falta cada vez más.

En una reciente entrevista en Il Foglio, ha hablado usted de una cuestión que ha llamado “cesión” respecto a lo sucedido desde 1993. Hasta ahora el pueblo elegía, bien o mal, tanto a los parlamentarios como a las fuerzas de gobierno.
Ahora, con el nuevo sistema de voto, vamos a devolver al Parlamento y al jefe del Estado la función de establecer quién gobernará. ¿Qué cambia con esta inversión?

1993 es una fecha límite. De 1948 a 1993 se pensaba que las elecciones debían elegir un Parlamento, a su ez encargado de elegir un gobierno. Desde 1993 se afirmó la idea de que las elecciones debían elegir también al gobierno (la noche electoral sabemos quién gobernará). En cierto sentido, la fórmula electoral mayoritaria ha privado al Parlamento de poder elegir al gobierno. Ahora estamos en otro punto. La fragmentación política (los tres polos) y la fórmula electoral (mixta, pero predominantemente proporcional) devuelven al Parlamento la tarea de formar gobiernos. Paradójicamente, ahora un tercio del electorado pide a voces más poder para el pueblo. Ahí hay una tensión que corre el riesgo de romper muchas reglas de nuestra convivencia porque, por un lado, la fórmula proporcional comporta necesariamente una delegación en el Parlamento y, por otro, la exigencia de una democracia directa comporta el rechazo a la delegación…

¿Qué es lo que le da más esperanza, mirando los próximos meses de la vida pública italiana?
El hecho de que, si la participación política activa es del 8%, la social es del 24%. Una cuarta parte de los italianos está comprometida en la sociedad de forma activa. Y el hecho de que la participación política pasiva es del 77%. Hay una brecha entre el 8 y el 77% que debería decir mucho a los políticos de profesión, porque ese 69% de diferencia abre todo un campo a los que quieran conquistar al electorado, a los que quieran hacer que la sociedad civil reviva en la política.