Periferia de Damasco destruida por las bombas.

Sesenta minutos de terror

En solo sesenta minutos he entendido qué significa la guerra... La guerra puede reducir a toda una nación como Siria a unos cuantos metros cuadrados; la guerra puede hacerte recordar los últimos treinta años de tu vida en un par de minutos y convertir todos tus sueños en uno solo: seguir con vida.

Estaba leyendo en la habitación cuando de pronto se oyó un tremendo estruendo y entendí que acababa de estallar una bomba no muy lejos de nuestra casa. Miré a los ojos a mis hijos y vi en ellos miedo, sorpresa y muchas preguntas. «Papá, ¿qué es eso?, ¿una bomba aquí al lado? ¿Qué hacemos? ¿Dónde nos escondemos?». Después oímos un nuevo estruendo y los gritos de los vecinos. Yo no tenía respuestas, veía cómo mis hijos corrían por la habitación y se abrazaban a su madre. Pasaron cinco minutos y volvió a caer un proyectil. Los niños chillaron y corrieron fuera de la habitación. Yo los detuve e intenté calmarles, pero continuaban gritando: «Papá, las explosiones están cada vez más cerca, ¿vamos a morir?». Les contesté: «No os preocupéis, Dios está con nosotros, Él nos mantendrá a salvo». Nos sentamos en el suelo del pasillo y nos quedamos allí. Cayó una nueva bomba y no sabíamos qué estaba pasando en la calle, quién de nuestros amigos y vecinos habría muerto, quién estaría herido, quién habría perdido algún ser querido.

Me sentía como en un túnel oscuro y trataba de buscar una salida dentro de ese horror y, de pronto, vi en la pared el icono de Jesús. Él había estado conmigo todo ese tiempo, Él está aquí, he visto su rostro. En él no había una sombra de miedo, me miró y me dijo: «No temas, yo estoy aquí por ti y contigo». Abracé a mi mujer y a mis hijos, no conseguía decirles nada, solo los apreté contra mí y así, juntos, esperamos a que terminaran los bombardeos. Durante ese tiempo recordé toda mi vida y vinieron a mi mente tantos ejemplos que evidenciaban la presencia del Señor y aquellos momentos que he vivido con mis amigos en Rusia y que me han hecho más fuerte.

Una hora después empezamos a buscar noticias en internet y en la televisión. Había muerto una persona y otras ocho estaban heridas. Después recibí un mensaje de una de mis hermanas de la Fraternidad, en el que me decía lo mismo que Jesús me había dicho: «Yo estoy contigo». Un poco después, otra de mis hermanas me escribió una oración, el salmo 46.

Sí, la guerra puede arrancarnos de raíz el espacio y el tiempo, y el mal puede arrastrarnos a un pozo profundo. Pero Jesús es capaz de abrir nuestra vida al encuentro con un horizonte infinito, alzarnos desde nuestros sufrimientos, nuestra desesperanza y nuestro miedo hasta la alegría celestial.
Sulaiman, Damasco, Siria