Don Paolo Sottopietra, superior general de la San Carlos.

El don más hermoso que nos ha dado Dios

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En 1985 nacía la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo. El superior general, don Paolo Sottopietra, describe una realidad que hoy está presente en cuatro continentes.

La Fraternidad liga su nombre a San Carlos Borromeo. ¿Qué significa eso?
El nombre de San Carlos remite a los orígenes lombardos de nuestro fundador, don Massimo Camisasca. Precisamente don Massimo nos enseñó a mirar la pasión con que este gran obispo vivió por la vida de sus sacerdotes y por la Iglesia. San Carlos se dedicó con una atención meticulosa a las personas y situaciones que se le confiaban, cosa que también nosotros queremos aprender e imitar. También miramos cómo compartía la vida con sus colaboradores, su infatigable obra educativa, su libertad y coraje, que hicieron de él un verdadero padre para sus hijos.

¿Cómo entra en esta experiencia el carisma di don Giussani?
Sin don Giussani la Fraternidad no existiría. Se puede decir que nace como fruto del encuentro de don Massimo con el gran sacerdote ambrosiano que dio origen al movimiento de CL. Nosotros nos sentimos hijos de don Giussani y deseamos vivir la experiencia de la Iglesia siguiendo su enseñanza. Queremos pertenecer al movimiento que nació de él, vivirlo y servirle. De don Giussani hemos recibido el don del gusto por la vida cristiana, por su conveniencia, y la pasión por comunicarla. Podría continuar con el elenco de razones para estar agradecidos a él. Es una experiencia muy profunda la de tener un padre.

La Fraternidad tiene una impronta misionera. El Papa Francisco invita a ser una Iglesia en salida, ¿qué significa para vosotros hoy la “misión” a la luz de vuestra experiencia?
Cuando se vive en la comunidad cristiana una experiencia grande, que llena la vida de alegría, no se puede mirar a las muchas personas para las que Cristo no es nadie, o es solo un nombre, sin sentir el deseo de que lo conozcan. De esta experiencia tan sencilla nace la misión. Hemos sentido este anhelo desde nuestra juventud, con nuestros compañeros de colegio y universidad, y muchos de nosotros percibieron en esto una llamada de Dios que luego la Fraternidad ha educado y ha permitido que creciera. Así, desde los ámbitos más cercanos a nosotros estamos siendo enviados a conocer a los habitantes de la isla de Taiwán o a las llanuras de Siberia. Misión significa para nosotros invitar a todos a vivir lo que nosotros vivimos.

¿Hasta qué punto es importante la vida comunitaria?
Es un rasgo esencial de nuestro modo de ser. La comunión es la experiencia más elevada que un hombre puede vivir, porque está llamado a realizarse en la relación verdadera con Dios y con los demás. No podremos vivir nuestra misión solos. La casa, donde vivimos tres o cuatro, es un lugar que nos custodia. Aquí somos nosotros los primeros en experimentar la belleza de la amistad que proponemos a los demás. Aquí nuestra oración es sostenida y se nos ayuda en las dificultades que tenemos que afrontar. Aquí se disuelven muchos fantasmas y muchos miedos. Todo lo que hacemos encuentra en la obediencia a la casa su orden y por tanto su fecundidad. Creo que la vida comunitaria es el don más hermoso que Dios nos ha dado desde el mismo momento en que nos ha llamado al sacerdocio dentro de la Fraternidad. Y no tenemos nada más hermoso que eso para ofrecer a otros.

Parroquias, escuelas, universidades, cárceles y hospitales son lugares de misión donde estáis presentes. ¿Cómo se desarrolla el ministerio sacerdotal en ámbitos tan distintos?
El corazón de las personas con las que nos encontramos está lleno de los mismos deseos. Siempre nos hacen las mismas preguntas, que son las más esenciales. ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Cómo puedo entender qué quiere Dios de mí? ¿Puedes ayudarme a afrontar el sufrimiento, el mal? El contexto en que vive o trabaja la persona puede ser diferente, pero el verdadero encuentro con el otro sucede al nivel de estas grandes preguntas. Así podemos entrar en las casas de los ricos igual que en la de los pobres, en las cárceles como en las escuelas, en los hospitales como en las universidades, sin dar demasiado peso a una preparación específica. En cada lugar, sin embargo, tratamos de comprender la situación concreta de las personas que están allí, estar atentos a las necesidades que tienen, empezando por las más sencillas.

¿Cómo os interpela el desafío de la nueva evangelización?
Podríamos decir que nacimos del gesto con que Juan Pablo II nos envió al mundo, en 1984, durante una memorable audiencia que concedió al movimiento de CL por el treinta aniversario de su nacimiento. A este gran Papa le debemos también nuestro reconocimiento eclesial. De su pasión por la cultura europea hemos heredado la atención a los que han olvidado la tradición cristiana de la que proceden. A menudo son misiones difíciles, en Europa y en América del Norte. En estos países está viva la nostalgia de una vida verdadera, de relaciones humanas auténticas, de certezas en las que descansar, de ideales por los que desgastarse. Nosotros queremos estar también en estos lugares, para decir que todo esto tiene un nombre, Cristo. Para decir que es posible atravesar la costra de los prejuicios y objeciones que nos alejan de lo que deseamos, y recuperar la paz. A veces es más sencillo de lo que parece: la comunión cristiana tiene una fuerza que no viene de nosotros, despierta la esperanza.