La cárcel Due Palazzi de Padua.

Los últimos son los más amados

Queridos amigos:
Esta mañana, gracias a nuestros jefes, que tienen la buena costumbre de compartir con nosotros todo lo que les parece interesante para leer y comentar, hemos tenido la ocasión de aprender algo que nos afecta en primera persona a nosotros, “los últimos”.

Hugo, Michele, Massimiliano y yo, compañeros de trabajo, nos hemos metido un momento en la sala de reuniones, como solemos hacer, esta vez para comentar el mensaje del Santo Padre, que nunca deja de enviarnos una palabra dulce a los que cumplimos condena por los errores cometidos contra la sociedad a la que pertenecemos, ayudándonos a entender cada vez mejor que hoy, más que ayer, que seguimos perteneciendo a ella.

Algunas palabras nos han llamado la atención, pues es una reflexión que nos ayuda a captar ciertos detalles que para muchos son invisibles. Cómo me gusta esa parte de El principito donde dice que «lo esencial es invisible a los ojos».

Es verdad, nosotros estamos en la cárcel, cumplimos condena, pero os aseguramos que no estamos presos en este lugar. Lo fuimos en un tiempo, exactamente igual que mucha gente que vive “en libertad”. La prisión no es el lugar donde estás obligado a vivir. La prisión la puedes encontrar en cualquier lugar en que te encuentres, incluso en los espacios más inmensos, en la mayor riqueza, o en la felicidad que siempre habíamos imaginado. La libertad es un hecho objetivo, pero os aseguro que no es solo material. La libertad es la sonrisa que encontramos todos los días cuando un agente nos abre la puerta para permitirnos ir a trabajar, cuando nos miran con disgusto cada vez que las familias se reúnen los días especiales. Se ve su tristeza por nosotros, que no podemos. La verdadera libertad es esta: encontrar personas que nos donan todo sin ni siquiera darse cuenta, y sobre todo sin pedir nada a cambio.

No eludimos nuestras penas. Lo que nos ha sucedido es solo un don gratuito y nuestras condenas a veces son motivo de envidia para mucha gente. Lo noto en la mirada de personas que vienen a vernos. En principio vienen para ver el trabajo que hacemos, pero al final todos nos dicen lo mismo: «Lo que más nos llama la atención de todo esto son vuestras sonrisas perennes. No hay ojos tristes».

Precisamente gracias a todo esto hemos podido llegar a entender que lo que tenemos es un don. Este tiempo en que nuestras vidas se detienen nos ha dado a conocer lo que llevamos dentro, quiénes somos, nuestros límites y debilidades, y hemos renacido con todos nuestros sueños, como hombres hechos de cosas verdaderas. Hugo saborea un deseo verdadero de estar con su mujer y sus hijos. Massimiliano sueña con salir y crear una familia con su novia, que le acompaña desde hace doce años. Michele está a punto de salir y le da miedo sentir nuestra ausencia. Esto le asusta porque nosotros también somos su familia, hemos renacido y crecido juntos. Yo amo a mi mujer y a mi hija, y sueño con poder algún día comerme con ella una pizza a la orilla del mar y contarles lo fácil que es darse cuenta de los continuos dones que recibimos.

No creo que estemos privados de nuestra libertad, de esta libertad de la que estamos hablando. Un querido amigo nuestro, hace tiempo, escribió un libro cuyo libro nunca olvidaré. Es la pregunta más hermosa que alguien podría hacerme o hacerse: ¿Vienes por la libertad?

Mi profesora Francesca, cada vez que hacíamos una tarea en clase, me decía: «no corras, no pienses en llegar el primero, no son los primeros los que alcanzan Su corazón». Hoy lo entiendo perfectamente, y es precioso ser el último para Él. Así nos sentimos aún más amados.

Querido Papa, cada vez es más verdadero lo que usted nos dice. La puerta de nuestra celda parece algo surrealista. Desde hace años, cada vez que la cruzamos lo hacemos siempre sonriendo, con tanta paz en el corazón, tanta serenidad, pero sobre todo con tanto amor, que es el único arma capaz de superar todo el mal que llevamos dentro. Realmente es verdad que Él es amor. Rezamos mucho por usted, y para que estas palabras suyas puedan llegar al corazón de tantos otros “últimos” como nosotros. Que cada vez que pasen por la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y oración al Padre, este gesto pueda significar su paso por la Puerta Santa.

Michele, Massimiliano, Hugo, Guido; Padua