Carrón: «Una nostalgia que está ya llena de presencia»

Andrea Avveduto

Ha visitado el Meeting, siguiendo los encuentros y visitando las exposiciones, y este lunes ha sido protagonista en el escenario del auditorio. El responsable de CL, don Julián Carrón, se confronta con las palabras de Mario Luzi, lema de este año, y con todo lo que está sucediendo estos días en Rímini.

¿Qué experiencia tiene del lema del Meeting de este año?
La que hace cualquier hombre que vive consciente de sí y que no puede no sorprender esta ausencia en su vida cotidiana. Siempre nos falta algo. Incluso cuando las cosas van bien. Incluso cuando estamos de vacaciones: la ausencia está siempre. Y si esto pasa después del encuentro cristiano, esta ausencia crece de manera exponencial. Porque se introduce tal nostalgia de Cristo que la ausencia no solo no disminuye, sino que crece. “Te busco día y noche”, dice el Salmo. La experiencia de la ausencia es el signo más evidente de su presencia.

¿Qué diferencia hay entre la ausencia y el vacío?
El vacío es totalmente distinto. No tiene ninguna capacidad de apertura a otra cosa. No tiene nada. Y si no tiene nada, quiere decir que uno necesita llenarlo con otra cosa que le dé una razón para vivir. La ausencia, en cambio, es algo que nos reclama constantemente. A veces, el vacío y la ausencia pueden ser parecidos. La cuestión es entender si esta ausencia no es un vacío sino Alguien que me está llamando, Alguien de quien siento nostalgia; o si es solo un vacío sin fondo, oscuro, donde no sé qué hacer, donde debo buscar cualquier forma de distraerme o llenarlo con otras cosas, porque de otro modo no lo soportaría. En cambio, la nostalgia está ya llena de una presencia.

En estos días de Meeting, ha salido a la luz una evidencia: ante un corazón liberado de prejuicios e ideologías, siempre en búsqueda, como nos ha recordado el Papa Francisco, se hace palpable la presencia de un misterio que nos pone juntos en un camino común. ¿Puede ayudarnos a entender qué ha sucedido?
Simplemente, lo primero que nos une es nuestra naturaleza común, sentir esta ausencia, este deseo, esta necesidad que tenemos dentro. La hemos visto después de las Torres Gemelas, tras los atentados de París… La gente se reúne. Es un intento de juntarse. El problema es que luego no dura. Si no se encuentra una respuesta que dé un fundamento estable a nuestra unidad, se dispersa y cada uno vuelve a su individualismo. Ya no hay capacidad de percibir la comunión, una unidad entre nosotros. Solo si se responde con una respuesta adecuada a esta ausencia encuentra un fundamento adecuado nuestro estar juntos.

¿Esta apertura al mundo es el camino al que el Papa llama continuamente a los cristianos?
En cierto modo sí. Solo si nos sentimos ante todo al lado de los demás, que son como nosotros, que tienen el mismo deseo, la misma ausencia que nosotros, nos descubrimos compañeros. El problema es cómo miramos a los demás, si miramos solo con los prejuicios que tenemos por ciertos aspectos de su vida, de sus costumbres, o si vamos al corazón de ellos. Cuando Jesús encuentra a la samaritana, lo que le interesa no es solo su error sino la sed de esa mujer, su carencia. Cuando encuentra a los que no tienen pan, no solo le interesa responder a su hambre: justo después les habla de otra cosa, porque sabe que el pan no basta para responder a todo lo que les falta. Les habla del pan de la vida: «Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre», no podréis tener vida en vosotros. Esto es lo que, luego, podemos llegar a los demás. Pero el primer paso es reconocer lo que nos une, a todos. Y testimoniar a los demás lo que nos ha sucedido, porque eso es lo que responde a su nostalgia. Si hacemos eso, entramos constantemente en diálogo, como dice el Papa, y solo este diálogo es capaz de darles también a ellos la posibilidad de descubrir lo que a veces, a tientas, están buscando.

En este sentido, ¿cómo se plantea la figura de Abrahán?
La figura de Abrahán es el inicio de este drama. Porque antes de Abrahán, faltando este “tú” que responde a esta ausencia, todo era previsible. Lo que decía Guccini: «No soy cuando no estás y me quedo con mis pensamientos». Nosotros podemos pensar que esto es algo solo espiritual, para los que quieren ser más “buenos”. No, esto es para ser hombres. Cuando todo esto decae, entonces vemos que no es solo algo para gente “más espiritual”. Es para alguien como Abrahán, que encontró una presencia que despertó toda la capacidad de su yo. ¿Qué pasa cuando esta presencia, histórica, de Dios decae porque el hombre, llegado a cierto punto, la siente hostil? Volvamos a antes de Abrahán. Volvamos al entumecimiento del que hablan tantos de nuestros coetáneos. Al aburrimiento, al vacío. Al contentarse con lo “previsible”. Solo si lo imprevisible entra en la vida, la vida se hace verdaderamente dramática, y verdaderamente interesante. Porque si no, como dice Eliot, «perdemos la vida viviendo». Solo si entra una presencia, podemos ganar la vida viviendo. De otro modo estamos condenados a perderla viviendo.