Militares por las calles de Bangui, la capital.

«En medio de conflictos y violencia, somos literalmente “hospital de campaña”»

Maria Acqua Simi

De repente se han situado en las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo. Revueltas, ataques armados, represalias, cientos de muertos, incluso la amenaza de un genocidio y posibles intervenciones militares desde el exterior. La República Centroafricana parece precipitarse de pronto hacia un abismo. ¿Qué está pasando? La realidad es que la situación se remonta ya a varios meses atrás, en uno de los países más pobres del mundo que siempre ha sido escenario de enfrentamientos entre facciones, tribus y grupos religiosos, y que en los últimos tiempos se ha hecho incandescente.

En marzo los grupos armados rebeldes denominados Seleka (mayoritariamente musulmanes), apoyados por mercenarios procedentes del Chad y de Sudán, tomaron el poder mediante un golpe de Estado, destituyendo al presidente François Bozizé. Hace unos días, el 5 de diciembre, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución que permite a los militares franceses y a varios Estados africanos el uso de la fuerza en este país para defender a los civiles de la violencia sectaria. Por una parte están los rebeldes que secuestran, asesinan, saquean y queman las casas de la gente. Por otra, las milicias de defensa “anti-balaka”, que se pasean por los pueblos armados con machetes y cuchillos en busca de rebeldes y musulmanes (porque desgraciadamente la población empieza ya a identificar ambas cosas). Estas últimas son patrullas que han surgido entre las filas de los que ya empiezan a cansarse de los abusos continuados por parte de los rebeldes, y en muchos casos están formadas por cristianos animistas.

La situación empeoró en las pasadas semanas, cuando el presidente de transición Michel Djotodia “prohibió” los Seleka: grupos de rebeldes armados dedicados al vandalismo y a la violencia. Sólo en la capital, Bangui, se han producido cientos de muertes, y un informe de Human Right Watch destaca que al menos mil viviendas han sido destruidas y que han sido víctima de las llamas los tribunales, los archivos y las sedes policiales. Según el historiador Achille Lodovisi, especializado en relaciones internacionales, «una población empobrecida, hambrienta y privada de todo es una presa fácil para las bandas que tratan de alimentar el conflicto con la ideología de la intolerancia religiosa». Y es que todo lo anterior hay que añadir una pobreza extrema, a pesar de la enorme riqueza de materias primas del suelo y del subsuelo centroafricanos. Paradójicamente, su abundancia es precisamente la condena de este país: atado con doble cuerda a las viejas potencias coloniales europeas, empezando por Francia, y en el punto de mira de China e India, que quieren poner sus manos sobre estos recursos, todo lo cual deja al país como víctima de una clase política corrupta e incapaz de gestionar el bien común.

Sin embargo, “sobre el terreno” no falta quien intente instaurar un diálogo entre las partes. «Los rebeldes llegan, lo saquean todo, y no atienden a razones», explica el padre Aurelio Gazzera, misionero carmelita en Bozoum, adonde estos días han llegado casi 4.500 refugiados a pedirle ayuda. Ellos se encargan de curar heridas, dar sepultura a los muertos, proporcionar materiales de primera necesidad. A personas que lo único que tienen en común es que huyen de los Seleka.

El padre Aurelio, en cambio, les busca a ellos, a los Seleka. Quiere hablar con ellos e intentar mediar. A pesar de que ya le han amenazado, incluso han intentado dispararle, pero ni él ni sus amigos desisten. Dicen que no se trata de heroísmo: «Hay que intentarlo. Dialogar, en estas condiciones, es un acto de caridad y de verdad, de justicia y también de misericordia. Debe ser un diálogo claro, respetuoso con las víctimas: no hay que esconder los actos criminales de los rebeldes, pero hay que intentarlo». El padre Aurelio, y como él el padre Federico, encargado de la misión en Bangui, repite que lo más importante es «educar las conciencias, empezando por el respeto recíproco».

Un ejemplo de hace unos días. A la cita con el jefe de los rebeldes de Seleka se presentaron diez personas, entre ellas el padre Aurelio y algunos representantes de los refugiados. Ese encuentro tuvo lugar porque los Seleka querían que la gente que había huido de sus casas regresara a sus pueblos. «Los días previos, los rebeldes habían entrado en varias casas por la noche, asesinando a la gente y robándolo todo», cuenta el sacerdote. La cita era a las 14 horas, pero el coronel de los Seleka no acudió. Un rato más tarde, llamó: «Me he dormido, voy para allá». Los refugiados que estaban con el sacerdote insistieron en esperar porque temían las represalias. Pero el padre Aurelio fue perentorio: «Nos vamos, ya le veremos mañana». ¿Por qué? «Es importante que esta gente empiece a tomar conciencia de su propia dignidad, y que exija respeto». Que no sucumban al miedo. Y así fue como a la mañana siguiente se reunieron con el coronel. «Y se presentó puntual...», dice el padre Aurelio con una sonrisa.

Otro problema son las milicias anti-balaka. «A menudo atacan a los musulmanes porque estos siempre han protegido a los rebeldes, al contrario que los cristianos, que son continuamente atacados. Pero así sólo crece la tensión inter-religiosa. Por eso también con esta gente intentamos dialogar, aquí acogemos a todos, sin distinción». Una de las principales preocupaciones de este sacerdote son los jóvenes que viven y estudian en las escuelas que gestionan estos misioneros. «Hace unos días me reuní con algunos alumnos musulmanes de nuestro centro. Me alegré mucho de verles y ellos de verme a mí. Lo primero que me dijeron fue que estaban muy disgustados por toda esta tensión. Así que les invité por la tarde a jugar un partido de fútbol… Un pequeño signo de esperanza».

Esperanza. La misa que testimonia el padre Federico: «En Bossangoa hay casi 41.000 refugiados, de los cuales 34.000 están en la diócesis de la catedral. En Berbérati se ha perdido la cuenta de los que han muerto». En Bangui, la capital, la situación no es diferente. «Estamos acogiendo a más de 600 personas. La mayoría son niños muy pequeños con sus madres. Pero hay también muchos jóvenes. Conseguimos darles un poco de comida a casi todos. Mientras tanto, rezamos juntos el Rosario para pedirle a María el don de la paz. Por suerte, tenemos también un médico y podemos atender a los heridos», afirma el padre Federico Trinchero.
Los misioneros se reinventan a sí mismos como cocineros, electricistas, enfermeros y encargados del orden. «Mucha gente está durmiendo en el patio que hay entre la iglesia y el refectorio. Y están igual las demás parroquias y comunidades religiosas de la ciudad. Hoy no hemos podido ir a clase, y creo que durante unos días lo más prudente será no ir. Ayer mismo, Karine, una mujer joven, dio a luz a un niño precioso, su tercer hijo. El pequeño nació en nuestra iglesia, así que para nosotros hoy ya es Navidad; lo siento por vosotros, que aún debéis esperar unos días». Y añade, recordando al Papa Francisco: «Non hay duda. Somos literalmente una “iglesia hospital de campaña”… ¡Qué privilegio!».

Al preguntarle si está desesperado o asustado, responde que no sin vacilar: «Nos ha tocado vivir esto. Es un don que no queremos despreciar. Sentimos causar tanta preocupación a tanta gente, pero vuestras oraciones, vuestra amistad, nos sostiene más de lo que podáis imaginar».