Huellas n. 9 Octubre 2020

El espectáculo

No hay mayor espectáculo que ver florecer una humanidad. Claro que casi siempre sucede como algo tenue, escondido. Va creciendo poco a poco, paso a paso, casi sin que nos demos cuenta. Es un camino que, salvo excepciones, se desarrolla lejos de los grandes escenarios y de las luces de los focos. Pero llegado a un cierto punto se hace evidente. Cuando te encuentras delante de una persona en camino, madura –y nadie dice que sea una cuestión de edad–, lo ves. Se impone. Más aún en una situación complicada como la que estamos viviendo desde hace meses, que parece hecha adrede para atemorizarnos, para bloquear cualquier iniciativa y hacer que se desvanezca en la nada cualquier ímpetu.

Pues bien, en estas semanas de marejada aguda, entre la oleada de la pandemia y los intentos por volver a empezar, hemos visto a muchas personas así, sin miedo y por tanto en marcha. Sobre todo en el Meeting de Rímini, al que hemos decidido volver justamente para profundizar en esa dinámica imprevista que ha permitido a cientos de hombres y mujeres del mundo entero dar espacio a una creatividad impensable: organizadores e invitados, los que trabajaban desde Rímini y los que lo seguían todo desde decenas de plazas repartidas por el mundo. Una cadena de movimientos sorprendentes, pero sobre todo una serie de personas que diciendo “yo” han tomado la iniciativa sin dejarse frenar por las dificultades. ¿Qué ha permitido algo así? ¿Cuál es el origen de estos movimientos?

Pero la clave es la misma en el resto de la revista. Desde los testimonios hasta las cartas, o el relato que llega de Estados Unidos, donde viven una víspera electoral más dramática que nunca. Siguiendo la huella de hechos y episodios que han tenido lugar estas semanas en lugares muy diferentes, pero unidos por un dato: allí hay gente que trabaja, vidas no vencidas por el nihilismo, esa niebla traicionera que envuelve nuestras jornadas entre el vacío y la sospecha («¿pero vale la pena?, ¿para qué?»), sino pegadas a la realidad. Una realidad vivida «intensamente», como dice esa expresión tan querida de don Giussani, porque en ella emerge poco a poco –hasta llegar a prevalecer– algo distinto. Entonces, la verdadera aventura se convierte en conocer cada vez más ese algo distinto. Y estar dispuestos a seguirlo, a dejarse cambiar. Porque eso es lo que hace florecer lo humano.