Una calle de Damasco

Regreso a Damasco

La amistad con un colega italiano. Después, en Rusia, el encuentro con CL. Historia de cómo SOULAIMAN, médico, decide regresar a su país en guerra para mostrar a todos lo que le ha cambiado la vida
Luca Fiore

Fuera suena una bomba. Viene de la zona de Jobar, que está bajo control de los terroristas. La casa es pequeña. Los niños miran. Van a abrazar a su madre. «Papá, ¿qué ha sido eso? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Vamos a morir?». Otro estruendo. El miedo de un país entero, Siria, se refleja en esos pocos metros cuadrados. Los dos pequeños gritan y corren por la casa. «Calma, Dios está con nosotros. Nos protegerá». Se sientan en el suelo del pequeño pasillo. Otra explosión. ¿Habrá llegado a algún vecino? ¿Habrá muerto alguien? Esta zona de Damasco es la más peligrosa. Allí, en el centro histórico, la gente vive casi como si no hubiera guerra. Pero aquí… Aquí el ruido del conflicto hace temblar las paredes, cuando aún están en pie. «Me sentía como dentro de un túnel oscuro buscando cómo salir de esa pesadilla. Luego, de pronto, vi el icono de Jesús en la habitación de enfrente. Veo su rostro sin miedo que me mira y me dice: “No temas, yo estoy aquí contigo y para ti”. Les aferraba con fuerza y juntos esperábamos a que todo terminara. Mientras esperaba, volvieron a mi mente los momentos en que había visto la presencia de Dios en mi vida. El camino recorrido con mis amigos en Rusia. Aquellos instantes me hicieron fuerte».
¿Por dónde empezar a contar la historia de Soulaiman? ¿Por el encuentro de 2008 con Andrea, un médico de Milán que fue a Damasco por motivos laborales? ¿O por la solicitud de inscripción a la Fraternidad de CL que firmó el pasado mes de agosto, antes de regresar definitivamente bajo las bombas de Siria, después de pasar tres años en Rusia?
Empecemos por una noche de febrero de 2012. Moscú, calle Pokrovka 27, Biblioteca del Espíritu. Fuera el termómetro marca varios grados bajo cero. Soulaiman lleva tres meses en Rusia. Solo conoce alguna palabra en inglés. Su mujer y sus dos hijos se habían quedado en Siria. Jean-François Thiry le acogió, pero no entendía lo que quería. Pensaba que estaba buscando trabajo, pero no era así. Soulaiman ya tenía un trabajo: es médico militar en el ejército sirio, hematólogo. Llegó a Moscú para una formación que hubiera querido hacer en Italia, pero desde que comenzó la guerra solo había tres destinos posibles: China, Irán y Rusia. Eligió esta última por motivos que pueden parecer obvios, pero uno de ellos era esta idea: «Al menos allí algún cristiano habrá». Fue a la Biblioteca del Espíritu por sugerencia de Andrea, al que había conocido en Damasco unos años antes. Se habían hecho amigos. «Me llamaba la atención cómo miraba a sus pacientes y cómo me miraba a mí. Incluso le invité a mi casa para que conociera a mi familia», cuenta Soulaiman. Así que, después de unos días de malestar moscovita –de Damasco llegaban noticias de ataques y muertes–, escribió a su amigo italiano, que le dio aquella dirección: «Ya verás, allí conocerás a mis amigos. Como a mí, a ellos también les interesa ser cristianos en serio». Salió de la Biblioteca del Espíritu con una invitación a la Escuela de comunidad.

Como un príncipe. «Empecé a ir a sus encuentros, pero debido al idioma las conversaciones eran bastante pobres. Sin embargo, con ellos me sentía seguro y querido. Su mirada hacia mí era igual que la que había visto en Andrea. En Pascua fui a cenar a una casa de chicas de los Memores Domini. No entendía bien qué eran, pero allí me enteré de que también Andrea pertenece a los Memores. Me sentí tratado como un príncipe, acogido. Les dije: “No sé cómo servís vosotras a Dios, pero me habéis transmitido un sentido de pertenencia y de presencia”. Aquella noche lloré de alegría».
Pasan los meses y Soulaiman va conociendo a Comunión y Liberación. «Mi vida comenzó a cambiar y empecé a ver la belleza. La situación en Siria empeoraba, pero yo ya no estaba desesperado». En el verano de 2013 pudo volver a su patria de vacaciones. «En mi corazón llevaba un espíritu nuevo y una nueva vida», relata. «Estaba dispuesto a trabajar por mis hermanos en Siria, pero al mismo tiempo me preguntaba: ¿cómo puedo mostrar el amor de Dios a una madre que ha perdido a su hijo, o a un hijo que ha visto cómo una bomba mataba a sus padres, o a una familia que ha tenido que dejarlo todo? Había conocido el movimiento, ¿pero cómo podía testimoniar el amor del que me sentía objeto?».
Al cabo de un tiempo, Soulaiman se traslada a San Petersburgo. Allí también es acogido por la pequeña comunidad de CL, que admira su curiosidad y entusiasmo. En aquellos meses se celebra un encuentro con Julián Carrón. El médico sirio le cuenta el drama que está viviendo, la complicada situación de su familia y de su país. Espera del líder de CL una palabra que le anime, que le quite un peso del corazón. Pero Carrón ata en corto: «Tienes que madurar en la fe». Necesitará semanas para recuperarse de aquella respuesta. «¿Pero cómo?», se preguntaba: «¿Acaso no se da cuenta de mi situación? ¿Y me dice que debo madurar?». Pero esas palabras empiezan a roerle como la carcoma. Se convierten en el tema de discusión con sus amigas Memores de Moscú.
Cuando, en la Navidad de 2015, su amigo Andrea va a verlo a Rusia, le pregunta si quiere ayuda para marcharse a Italia con su familia. «Le respondí que quería volver a mi casa, a Siria. Allí había muchas personas que esperaban algo de mí. No solo mi mujer y mis hijos, sino también amigos y pacientes. Comprendí que se me pide esto y que, gracias al encuentro con mis nuevos amigos, tendría la fuerza necesaria para hacerlo».
De vuelta a Damasco, lo primero que quería hacer era mudarse con su familia a un barrio más seguro. Tardó poco en comprender que no tenía dinero para hacerlo. Así que todas las mañanas, para ir al hospital donde trabaja, tiene que atravesar una zona controlada por los terroristas. «Son siete minutos de miedo. La cruz que ondea colgada del retrovisor me da fuerza y esperanza. A veces vuelven a mi mente los rostros de los hermanos y hermanas que conocí en Rusia: sus voces y sus ojos me hablan. La imagen de su sonrisa me sostiene y me recuerda a Jesús».

Amigos de la infancia. El trabajo en el hospital es un desafío diario. Faltan medicinas. «Es un gran dolor para mí. Miro a esta gente, los veo morir. Quisiera hacer algo por ellos, pero no puedo. Con Tareq y Bashar, dos amigos de la infancia, hemos decidido abrir una pequeña farmacia para recoger las medicinas que vamos encontrando. Estamos empezando, pero queremos abrirla pronto». En el hospital termina de trabajar a las 16h. Luego Soulaiman va a un barrio de Damasco donde acaba de abrir una pequeña clínica privada. A las nueve de la noche vuelve a casa, a tiempo para darle las buenas noches a Elías y Mishia, sus hijos de 13 y 11 años.
El de la farmacia no es su único proyecto con Tareq y Bashar. Antes de Navidad organizaron una fiesta para 300 niños. «Con la ayuda de AVSI les regalamos gorros y ropa de abrigo para el invierno. Y les hablamos de la presencia de Dios en nuestra vida. Luego hicimos otra fiesta con varias familias desplazadas que han huido de otras zonas del país. También llevamos regalos y pusimos el árbol de Navidad para los niños de Oncología». A los teléfonos de las amigas de Moscú llegó un video con las imágenes de niños bailando al ritmo de un tambor. La única luz de la habitación era una antorcha eléctrica. Había un hombre vestido de Papá Noel y otro de payaso. Los niños no paraban de reír. Fuera, la guerra.
«Todos los jueves nos reunimos con un grupo de chavales de enseñanza superior en el Centro cristiano», cuenta Soulaiman. «Hablamos de la fe. De vez en cuando llevo para leer algunos párrafos de los textos que leíamos en la Escuela de comunidad en Moscú. Los chicos agradecen poder leer estas cosas. Hemos preparado con ellos algo para el 21 de marzo, que aquí es el día de la madre».
Los primeros en sentir curiosidad por la vitalidad de Soulaiman fueron precisamente Tareq y Bashar. Inmediatamente le preguntaron por qué había decidido volver a Siria. Él respondió que había encontrado unos amigos especiales y que la amistad con ellos le había hecho entender que su tarea era regresar. En realidad, nadie en Rusia tuvo nunca el valor de sugerirle que volviera a vivir bajo las bombas. Pero Soulaiman empezó a desearlo.

Giussani en Youtube. «Tareq y Bashar me preguntaban qué era este movimiento. Me preguntaban cómo había podido cambiarme de esta manera. Yo intentaba explicárselo. De vez en cuando les leo algo de los textos que me llegan de Giussani o Carrón. Un día me dijeron que querían saber cómo era don Giussani, así que les mostré un breve video en YouTube y se alegraron mucho». Pero evidentemente ese breve video no basta, si bien es cierto que Bashar, cuando volvió a su casa, fue a buscar en internet más información sobre don Giussani. Encontró así otro video de diez minutos, subtitulado en árabe. «Me dijo que, a pesar de la edad, se veía que aquel hombre, cuando hablaba de su experiencia, lo hacía con una gran energía».
La curiosidad permanece. En los próximos meses serán los Ejercicios de la Fraternidad en Líbano. Soulaiman está en el ejército y no puede salir del país. Pero Tareq y Bashar han decidido ir.