El huracán María sobre el Caribe

Después del huracán. ¿De qué sirven estos días?

En la isla de Puerto Rico, tres semanas después del ciclón María, cuanto más tiempo pasa, más difícil es de aceptar

Queridos amigos:
Después del huracán María que asoló nuestra isla el pasado 20 de septiembre, el escenario es desolador. Basta decir que hay zonas que están irreconocibles. Recintos, árboles, bosques enteros, postes de la luz, farolas, carteles, semáforos, tejados y a veces casas enteras, ¡sencillamente ya no están! Y eso que yo he visto poco porque, al no tener televisión ni internet, solo sé lo que he podido conocer personalmente.

Llevamos muchos días sin ningún contacto con el mundo exterior, todavía estamos en casi toda la isla sin luz (a los 18 días del huracán, se reactivó el 8% de la red), sin teléfono ni internet. Hace diez días que tenemos agua, y somos afortunados porque solo ha llegado a la mitad de la población. En los grandes centros, las filas para adquirir gasolina por fin se empiezan a aliviar, pero siguen siendo imposibles para entrar en los supermercados o en las farmacias. En los pueblos de montaña el ejército se encarga de hacer llegar agua y alimentos.



Desgraciadamente ha habido muchos muertos (16 causados directamente por el huracán; 34 si contamos también los decesos por escasez de bombonas de oxígeno, falta de diálisis y otros desastres ligados al huracán). Muchos lo han perdido todo por los deslizamientos, las inundaciones, porque todavía existen muchas casas de madera y con techos de láminas. En Barranquitas, una de las localidades que ha permanecido más tiempo aislada, una mujer, madre de tres hijos, se suicidó presa de la desesperación al ver que ya no tenía casa. La gente se ayuda como puede, también contamos con el apoyo del ejército (incluso del americano, pues somos territorio estadounidense), los bomberos, las asociaciones civiles, el personal de diversas agencias estatales. Pero la necesidad sigue siendo enorme y a veces la soledad y la desesperación ganan la partida.

Los colegios y universidades deberían retomar su actividad oficialmente el 23 de octubre, pero no es seguro, dependerá de la llegada del agua y de la luz. Solo se ha vuelto a trabajar en las oficinas que no se han visto dañadas gravemente y donde hay generadores de corriente potentes. Todavía hay muchísima gente sin trabajo (y por tanto sin salario). Algunas familias que conocemos ya saben que seguirán sin trabajo cuando la emergencia termine. Creo que será lo mismo para nuestros universitarios, cuando la mayoría trabajaba al menos a media jornada para pagarse los estudios.

Cuando pienso en el día del huracán, me doy cuenta de que en esos momentos no me resultó difícil decirle a Jesús: «Haz que hoy te reconozca en esta circunstancia». La conciencia de la excepcionalidad del evento, el agotamiento físico (sacamos agua durante horas), estar juntos con los amigos de la casa de los Memores, todo hacía más sencillo aceptar lo que estaba pasando.

Luego llegaron las molestias y la imposibilidad total para tener noticias e informar a nuestros amigos y familiares. A todo ello se sumaron los miedos e incertidumbres. ¿Habrá agua y comida para todos? ¿Qué haremos si se acaba la gasolina? ¿Cómo hará la gente para comprar productos de primera necesidad si no tiene dinero líquido?



Con el paso de los días, se abrió paso la gran tentación: medir. Me invadió una gran sensación de impotencia e inutilidad. ¿De qué sirve que yo esté aquí? ¿Para qué valgo? ¿Qué puedo hacer? ¿De qué sirve este tiempo de inacción, estas horas y estos días sin ver a nadie de fuera de casa? Hasta llegar a la gran pregunta: ¿pero qué sentido tiene todo esto? ¿Pero dónde estás tú, oh Dios? ¿Por qué nos pide esto? ¿No es acaso injusto el dolor y la fatiga que le pides a este pueblo?

Ante una situación así no bastan recetas, por primera vez te das cuenta de lo pequeño que es nuestro corazón, y nuestro “sí”, de cuánto nos resistimos al gran sacrificio que supone decir “tú” a Cristo presente en una circunstancia que no te gusta, Él que se hizo hombre precisamente por esto, no para quitarnos la fatiga del vivir sino para acompañarnos en la fatiga del vivir.

«No son las cosas bellas o las personas bellas, o los bellos momentos los que nos llaman, los que nos atraen. Es siempre Cristo quien nos llama a sí a través de todo, esto es lo que hace bellas las cosas, las personas, lo que hace eterna cualquier experiencia». No podéis imaginar cuánto me he resistido, cuánto he luchado, protestado, gritado, rezado y ofrecido a raíz de estas palabras que escuché en verano al padre Mauro Giuseppe Lepori. ¡Qué sencillez de corazón hay que tener para adherirse a esa extraña lógica de la muerte-resurrección que atraviesa en el fondo la vida de todos!



¡Pero qué gracia es pertenecer a esta historia del movimiento, donde se nos ofrece un camino para no caer abatido en medio de las circunstancias de la vida! Como nos ha testimoniado Silvia, una mujer que perdió a su marido hace menos de dos años y que me escribió uno de los pocos mensajes que milagrosamente me han llegado estos días: «Estoy bien, solo han caído árboles en el techo y se han mojado los muebles de la habitación y de la cocina. Nada grave. Sé que estoy acompañada cuando rezo las Horas. Tengo la certeza de rezar con otros, aunque sea en momentos distintos. “Cuando soy débil, soy fuerte en el Señor”».
Entonces, de pronto te das cuenta de que esta historia nuestra “salva” de verdad, que el “sí” dicho a Cristo con sencillez en la circunstancia concreta es realmente el inicio de un mundo nuevo, que es el acontecer de una posibilidad de salvación para todos.

Queridos, no os preocupéis por nosotros porque estamos realmente bien y no hemos sufrido daños, por la solidez de la casa y por la situación en que se encuentra, y porque Dios, conociendo nuestra fragilidad, nos ha ahorrado pruebas más duras.

Pinuccio, Cayey (Puerto Rico)