Refugiados que huyen de Iraq.

«¿Pero yo para qué vivo?»

¿Qué tienen que ver los refugiados en Iraq con los chavales que empiezan el instituto? Cuando organizar un evento para recaudar dinero enseña un método: partir siempre de la realidad que nos provoca.

Todo empezó este verano, viendo el sufrimiento de los miles de refugiados en Iraq, obligados a abandonar sus casas, su tierra. Soportándolo todo por no renegar de aquello que constituye su identidad: la pertenencia a Dios. Delante de este dolor, en mí empezó a nacer un ímpetu de protesta y conmoción a la vez.

Luego empezó el curso. El primer día de clase, quedé con Guerzo (el adulto que guía al grupo de bachilleres en mi instituto), Marta y Mary para tomar un café y ver si queríamos continuar este año con la experiencia de GS en el centro. Fue un momento para retomar de nuevo las razones de nuestra amistad. Allí surgió la necesidad de extender a todos la invitación a adherirse a lo que nos hace ser cada vez más nosotros mismos. ¿Cómo invitar a los de primeros, que llegan siempre un poco asustados al mundo de la secundaria? Nos planteamos la necesidad de invitarles no solo al “raggio”, el encuentro semanal de GS donde tienen lugar las palabras, sino invitarles también a la vida, mediante algo que les permitiera adherirse a la provocación que en ese momento la realidad nos estaba lanzando a la cara. ¿Y qué había más provocador que la emergencia en Iraq?

Así, en un pequeño bar, empezó esta aventura, que nos llevaría a construir algo más grande que nosotros mismos. Dos días después participamos en la reunión de responsable de GS en Lombardía y nos enteramos de que los chicos del Sacro Cuore habían hecho un manifiesto donde expresaban la misma provocación que habíamos tenido nosotros. El título era: “Y nosotros, ¿por quién estamos dispuestos a dar la vida?”. Esa pregunta me hizo caer en la cuenta de lo que me hace sentirme unida a esos hombres, que están tan lejos, de los que podría no interesarme nada. Los cristianos iraquíes tienen el mismo corazón que yo, la misma humanidad. Por tanto, si veo que ellos hacen algo así, yo también me siento llamada a preguntarme: y yo, ¿por qué estaría dispuesta a morir? O mejor dicho, ¿para qué vivo?

Estas preguntas, tan grandes y tan profundas, nos animaron a proponer la idea de organizar un evento para recoger fondos destinados a los refugiados. No solo lo propusimos en nuestro instituto y a la comunidad de CL, se lo propusimos a todos. Para llevarlo a cabo, necesitábamos mano de obra. Se trataba de hacer de esta iniciativa algo bello y atrayente. Fue verdaderamente impresionante ver cuántos quisieron ayudarnos, de muchos de los cuales nunca me lo habría esperado.

El proyecto fue creciendo, con miles de peripecias, batallas, sacrificios, desilusiones y enfados por nuestra parte. Me encontraba delante de algo evidentemente más grande que yo: adultos que no nos cortaron las alas, alumnos que estudiaban por las noches porque por la tarde iban a repartir el manifiesto por la calle, a recoger donaciones, a ensayar, a preparar el acto… Dos actores aceptaron venir gratuitamente. La administración nos concedió la sala sin tener que pagar. Incluso un funcionario nos ayudó a montarlo todo. Un padre se recorrió Milán en bicicleta durante sus descansos laborales para echarnos una mano. Muchos se pusieron a cocinar. Una amiga mía estuvo ensayando los cantos con 38º de fiebre y las piernas que apenas la sostenían. Sin duda, he visto cosas más grandes que yo. Y durante el esperado acto volví a sorprenderme viendo a la gente que venía.

Pero hubo un momento en que me entristecí porque nadie me reconocía como el origen de todo aquello. Ni siquiera subí al escenario a decir algunas palabras al terminar el acto. Sentía cierto malestar porque la organización se me había escapado de las manos. Pero toda mi mezquindad y mi enfado no ha podido hacer otra cosa que venirse abajo delante de la imponencia de lo que sucedía alrededor. Ahora me doy cuenta de que si no se me hubiera escapado de las manos, esta iniciativa habría tenido un horizonte mucho más pequeño y reducido. Durante el acto no tuve que hacer gran cosa: sencillamente estaba detrás de un mostrador. Pero aceptar mi pequeña tarea me permitió estar más apegada al significado de aquel evento, que no era en primera lugar una recogida de fondos.

Ahora es como si nada hubiera terminado. A menudo, durante la organización, abatida por el cansancio y sobre todo por el peso del estudio en quinto de liceo clásico, pensaba: «Bueno, en cuanto acabe todo me dedicaré a estudiar, pues me habré quitado de encima esta enésima cosa que hacer». Solo de pensarlo me parecía que empezaba a saborear anticipadamente la libertad que sentiría cuando todo acabara. Pero en un cierto momento me pregunté: «Pero entonces, ¿por qué lo hago?». De hecho, hay algo que no podrá acabar y es la experiencia que he descrito aquí.
La experiencia de cómo se ha generado esta gran belleza, es decir, cómo me he dejado provocar y mover por la realidad. Ahora he entendido que el camino al que se refiere Carrón es la realidad que te provoca, en el sentido de que con cada cosa que sucede el Misterio te llama por tu nombre.

Miriam, Milán