Escuela y método. Apuntes de dos conversaciones (1993 y 1997)

Apuntes de dos conversaciones con Luigi Giussani

La Escuela de comunidad y la presencia
Síntesis de un encuentro de los responsables de Comunión y Liberación Educadores (CLE) con don Luigi Giussani (1993)

1. La Escuela de comunidad es el desarrollo de una experiencia que empieza antes de la Escuela de comunidad misma, el desarrollo de un acontecimiento que siempre está antes de la Escuela de comunidad: está antes de la primera página y antes de cualquier página, antes de cualquier frase de cualquier texto.
Hay algo previo: si vives lo que viene antes, si participas de ello, si estás insertado en ello, implicado con ello, entonces la Escuela de comunidad vibra y al hablar comunicas a los otros una experiencia viviente, comunicas una vida; de lo contrario, empleas simplemente ciertas palabras, trasmites a los chicos sólo tus palabras.

2. El problema –que todavía no tenemos suficientemente claro– es que es necesario hundir las raíces de todo nuestro obrar en la conciencia de que pertenecemos a una realidad totalmente nueva.
Si intentáramos buscar el fundamento y los criterios de nuestra acción fuera de esa energía consagrada por la presencia de Cristo y de su Iglesia, nos volveríamos frágiles en último término, como hojas agitadas por el viento: entonces la inestabilidad, el resentimiento y una impotencia última calificarían al nuestro actuar. Esta observación para un cristiano es totalizadora. No se puede hablar de educación del hombre o de creación del instrumento estable para la educación (la escuela) si el fundamento del que extraer los criterios, las perspectivas de desarrollo y el lugar del que esperamos obtener la energía para ponerlos en práctica no es la Iglesia de Dios; la Iglesia tal como vive –por gracia del Espíritu– en nosotros y en trono a nosotros en la compañía a la que Dios nos ha confiado, como dijo con una frase preciosa el cardenal Ratzinger comentando la Carta de san Pablo a los Romanos (Rm, 6).
«La compañía a la que Dios nos ha confiado». El fundamento, el punto de partida, la fuente de los criterios, y por lo tanto, de la fuerza necesaria para identificarlos y desarrollarlos, la concreción misma de la educación, tiene que estar aquí. El principio formal, la forma que el fundamento da a los criterios debe partir de nuestra conciencia de pertenecer a esta realidad concreta, a la realidad de Cristo tal y como nos toca en la compañía a la que hemos sido confiados. Es un principio que hay que tener bien presente cuando hablamos de cultura, construcción de la sociedad y educación del hombre; es un punto de partida sin retorno ni equívoco posible.

3. La regla para profundizar en el acontecimiento que nos ha alcanzado de forma tan persuasiva es “seguir”. Seguir quiere decir comprometer toda muestra personalidad con quien nos ha salido al encuentro. Hay muchos modos de vivir la vida de Cristo; la historia de la Iglesia lo demuestra. El encuentro con una realidad diferente de las otras, que se nos impone porque es más persuasiva, más cargada de promesa, es una ayuda particular que se nos da para amar y testimoniar lo que ha ocurrido en el mundo: Dios se ha hecho hombre.
¿Cómo podemos vivir lo que ha ocurrido? Siguiendo con todo nuestro yo lo que hemos encontrado, siguiéndolo con toda nuestra personalidad, con la inteligencia, el afecto y la energía de la libertad, que es el factor decisivo. No debemos confundirnos más, debilitar nuestra ya frágil capacidad de resistencia, extraviarnos ulteriormente yendo detrás de muchos maestros. Sólo siguiendo al maestro que Dios me ha dado, la obediencia puede dilatarse como un hecho histórico. De lo contrario, en la Iglesia no existiría la riqueza que hay, desaparecería la singularidad de nuestro rostro. Es esencial no confundir nuestra fragilidad eligiendo nosotros a los maestros, como dice san Pablo en la Carta a los Tesalonicenses: «Eligiendo los maestros a nuestro gusto o placer». Lo que nos ha alcanzado es algo objetivo.

4. Factores fundamentales de la experiencia
a) El método del testimonio.
El método del testimonio es la presencia en el ambiente de vida y de trabajo de un sujeto humano nuevo: la curiosidad al ver a dos o veinticinco personas que viven de modo diferente de los demás suscita la pregunta.
Para ser presencia en el ambiente la mayor ayuda es el uso que hacemos de la Escuela de comunidad. ¿Cómo podríamos hacer Escuela de comunidad sin pedir a Dios? ¿Sin oración? ¿Cómo se puede hacer Escuela de comunidad sin tratar de entender, sin empezar a comprender la correspondencia entre lo que se estudia y nuestra experiencia personal? ¿Cómo se puede hacer Escuela de comunidad sin advertir la lógica interna del texto? Y ¿cómo se puede hacer Escuela de comunidad sin tener ganas de decirle a nuestro compañero: ¡ven tú también!?
Por tanto, la oración, la comprensión que llega a tocar el afecto del corazón y la pasión de comunicar son partes integrantes de una Escuela de comunidad. No es verdadera “escuela de comunidad” si faltan estos factores.
b) La verificación.
Verificación es una palabra que no hay que usar en vano porque está llena de peso, el mismo «peso» que tiene la razón; es el metro con que la razón se abre paso, camina hacia sus certezas. La verificación es un trabajo, es la comparación de la propuesta con las exigencias constitutivas del corazón.
¿De qué manera ocurre esta comparación?
Debe haber un sujeto que genera una relación, que genera, por lo tanto, un fenómeno nuevo en el que el chico se siente implicado y que le interpela. Por ello, el primer factor de la respuesta es que lo que propones sea vida para ti, que tú seas responsable de lo que dices, consciente del motivo por el que lo que dices, que tengas bien claro que la verdad es adequatio rei et intellectus, es decir, que es verdadero lo que corresponde a las exigencias fundamentales del corazón y a la conciencia de sí.
Tienes que haberlo experimentado, tienes que tratar de experimentarlo y pedir al Espíritu la capacidad de comunicarlo a los chicos, porque hay una desproporción entre lo que sientes, lo que ves y a lo que te adhieres, y el misterio de la libertad y el alma del chico. Hay una desproporción entre tú y este misterio que te hace estar en vilo, que te hace percibir tu incapacidad. Por tanto, tienes que rezar. Si lo haces, entonces la respuesta a la experiencia que propones emerge, brota como Dios quiere, según la disponibilidad de la libertad del alumno y según la capacidad de su mente.
Tú propones algo como expresión clara de lo que vives e invitas al chico a reflexionar, a pensar y compararse bien con lo que le dices para ver si corresponde con aquello a lo que su corazón está destinado. Es él quien tiene que percibir esta idoneidad, esta correspondencia de la propuesta con la vida; tiene que percibirla, es decir, reconocerla él. Para que pueda reconocerla es muy importante sugerir que también la compare con lo contrario; es decir, ¿cómo puede solucionar los ímpetus de su corazón al margen de esta propuesta? ¿Cómo puede dar respuesta a lo que pide su naturaleza? Tiene que ser él mismo quien perciba que fuera de esta propuesta sólo encuentra ceniza, la nada. Tiene que ser él quien comprenda que fuera de aquí no encuentra respuesta, sólo el intento de explotarlo, de poseerlo y usarlo, tanto sentimental como políticamente.
La respuesta que el chico da es responsabilidad suya. Es muy importante mantener la dialéctica en la relación, una continua solicitación a aclarar el sentido y las razones de la propuesta, para ayudarle a tomar conciencia de su responsabilidad.
Esta dinámica de la relación es esencial para que el chico pueda decir que sí, decir que no, o seguir en la duda aunque sin culpa por su parte.
Por tanto, no está dicho que el calor o la claridad de la propuesta encuentren una respuesta positiva. Siempre hemos llamado a la educación «riesgo educativo» porque es la comparación con una libertad que tiene que mover tanto la razón como la afectividad.
c) Una compañía educativa.
Hay muchas compañías; no os digo: «elegid», sino «adherios» a la compañía en la que Cristo os ha puesto, que Cristo os ha hecho encontrar y que ha sido la primera en resultaros persuasiva.

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Una verdadera presencia
Los factores constitutivos de la Escuela de comunidad


Síntesis de una conversación con don Giussani (1997 )

La experiencia surge a partir de un encuentro con un tipo de humanidad distinto. Una Escuela de comunidad que prescindiera de este punto se reduciría a ideología o abstracción. Durante la Escuela de comunidad ciertamente hay que hablar de la vida, pero a la luz de la experiencia nueva que se va conociendo. De lo contrario, se habla de la vida tal como uno la piensa, la siente, en términos de reacción inmediata, en cualquier caso según un criterio distinto del de la pertenencia.
La Escuela de comunidad es el principal instrumento de la vida nueva, del modo de generar un yo nuevo.

El que guía
Todo depende de quien guía la Escuela de comunidad. Si quien guía es una verdadera presencia, entonces la inteligencia y el afecto se ven provocados de una manera distinta. Lo que es novedoso guía. Si, por el contrario, da una clase, no es una presencia, no mueve a nadie. Como máximo provoca una dialéctica, una discusión, unos pensamientos. Y al día siguiente, al levantarse por la mañana, todos esos pensamientos no tienen nada que ver con la existencia.
El síntoma de que la Escuela de comunidad está bien guiada es que uno sale distinto de cómo había entrado.
La Escuela de comunidad debe suponer un desarrollo del encuentro que hemos tenido: en ella se recapitula, y continuamente se impulsa, la vida entera como movimiento.
Sin existencialidad (sin un nexo entre la palabra y la realidad) no se puede hacer Escuela de comunidad: sólo cuando tiene un carácter existencial expresa una experiencia. Si no nos aclara algo que tiene que cambiar y no nos despierta el deseo de que este cambio suceda, no llega a ser Escuela de comunidad.

¿Cómo se hace Escuela de comunidad?
Pidiendo, de alguna manera rezando, puesto que la Escuela de comunidad debe resumir el fenómeno mismo del movimiento y de su desarrollo. Recordemos que no hay búsqueda de la verdad sobre nuestro Destino, sobre Dios, sin oración. Por tanto, es necesario rezar al comienzo del encuentro. Hace falta rezar también durante el encuentro, como forma del alma de quien pregunta y de quien responde, como postura humilde, alegre y segura de lo que porta.
La oración nos lleva también a descubrir que necesitamos el sacramento, en el cual el acontecimiento inicial vuelve a hacerse presente, se convierte en una Presencia.

¿Cómo se desarrolla la Escuela de comunidad?
En primer lugar es una escuela: un lugar y un método para aprender.
Aprender significa incrementar la conciencia de lo real.
Aprender implica comprender el texto y su significado, es decir, la relación que tiene con la realidad y las razones que sostienen dicha relación.
Es inevitable que para comprender haya que repetir (petere ad = tender a): aumentar la atención.
Repetir con atención equivale a ver.
¿Cuándo se comprende? Cuando se experimenta la correspondencia entre las palabras que se leen y se escuchan y lo que se vive.
De esta manera, la realidad, en la medida en que la abordamos, se convierte en epifanía de la conciencia de pertenencia.

Cuatro puntos de trabajo
I) Lectura inteligente del texto, atenta a la relación que establece con las cosas, a los juicios que provoca, a las razones que aporta.
II) Comunicación de la experiencia comparándose con el texto (todo puede tener que ver).
III) Una cultura que se desarrolla. La fuente de motivaciones y criterios debe estar en el interior de la experiencia original y no debe venir de fuera. Se es tanto más genial cuanto más se penetra en el acontecimiento que nos ha alcanzado, cuanto más se sigue.
IV) La síntesis del que guía: se transmite un ejemplo de la experiencia que quien guía ha tenido durante el desarrollo de la Escuela de comunidad.

El resultado: el deseo de comunicar
De una Escuela de comunidad concebida y vivida así nace un deseo afectuoso de comunicar, según tres modalidades: el testimonio y la misión; la atención a las necesidades, una caridad que llega hasta a la consistencia orgánica de las obras; la cultura: el ímpetu afectivo por comunicar inspira fantasía, descubrimientos lógicos, crea formas de expresar ciertos juicios y todos los instrumentos necesarios para llegar a tal fin.

[Publicado en Tracce Litterae Communionis, (2007), n. 1, pp. 1-4]